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Magnetismo invernal

Los días pasan y algo ha cambiado. Las hojas del suelo han desaparecido dando paso a un frío algo tibio y llevadero. Los días pasan y son más cortos mientras en el ambiente flotan ilusiones renovadas, fruto de la novedad de conocerse y amarse, fruto de un proceso químico del cerebro que filtra todos esos detalles que después comienzan a molestarnos de la otra persona, incluso el filtro funciona para uno mismo, no dejando pasar todo aquello que nos hace irritantes para otros. Para todo esto ya llegará su momento, todo en esta vida es transitorio, prepararse para ello conlleva un entrenamiento de risas, lloros, discusiones y lamentos con diferentes parejas. Jon y Lidia tenían su primera cita un sábado por la tarde. Ella quiso ser original e invitar a Jon a la mejor tarta de zanahoria al este de Chamartín. Jon no quiso discrepar y se adaptó a sus deseos, las tartas no eran lo suyo, hubiese preferido cena romántica con vino.

Semanas antes se habían conocido en accidentadas circunstancias. Ese momento dio comienzo a una conversación que llevó a un café, una llamada al trabajo de Jon para decir que estaba enfermo, otro café, y un paseo por el centro de la ciudad. Jon constató que no quería estar solo y propuso, con timidez y algo de incertidumbre, tomar algo otro día. Lidia accedió con algo de preocupación -¿estaría arrojándose a lo desconocido por el mero hecho de sentirse sola?¿No sería mejor estar sola un tiempo para centrarse en ella?-. Las dudas hicieron que ese segundo encuentro se alargase en el espacio y el tiempo, con la excusa manida de problemas de agenda. Compensaron esto con largas conversaciones a través de Zoom, Whatsapp y la ya anticuada llamada telefónica. Esto hizo que Lidia aparcase sus dudas y Jon sufriese la soledad con entereza digital y algo de Netflix.

Lidia fue caminando a la cafetería, le gustaba pasear por el barrio, las aceras amplias, los comercios abiertos y los árboles torcidos por la edad hacían que se sintiese como en casa. Jon fue en moto, disfrutaba callejeando con ella por la ciudad, y aparcó en la puerta de Mr. Carrot Cake, el lugar elegido por Lidia. Jon estaba nervioso, quería dar la mejor versión de sí mismo. Desde que esos ojos azules le miraron por primera vez, no pudo dejar de pensar en ella. Lidia repasó cada día la sonrisa que le había conquistado y recordó esos ojos tristones que sugerían una segunda cita, pero en realidad estaba cansada de mostrarse mejor de lo que era y había decidido ser ella misma en esa primera cita, sin vino pero con cafeína y mucho azúcar.

Se encontraron en la entrada, varios quiebros eligiendo la mejilla correcta precedieron un beso en los labios sin querer evitarlo. Ese primer beso se alargó con un abrazo y unos segundos de calidez que les hizo olvidar el frío tibio de ese invierno que comenzaba.

– ¿Entramos? –dijo él.

– Para eso hemos venido –dijo ella con una leve sonrisa ladeada.

Otro beso impidió su entrada, una mirada mutua a los ojos, una sonrisa de Jon que recorrió todas las partes del cuerpo de Lidia.

–¿Vais a entrar? –una voz desconocida, que intentaba entrar en el establecimiento, rompió el momento y estallaron risas nerviosas de la pareja.

– Sí, perdone –dijo Lidia cogiendo de la mano a Jon y entrando al maravilloso mundo de las tartas.

La tarde sería una de tantas y tantas otras que vinieron y se fueron, pero eso, queridos lectores, es otra historia de tantas.

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Año nuevo, vida constante

Jon ya tiene 20 años y recibe la nueva década como la empezó. No es de los que piensa que el 2020 ha sido un año catastrófico, porque realmente otros años lo han sido para mucha gente que a él le tocaba muy de lejos, pero les sentía cerca; inundaciones, incendios, guerras, masacres, cambio climático, etc… son sucesos que pasan año tras año y no condenamos el año correspondiente por ello. El 2020 ha sido un año malo para gente que estaba más cerca, las desgracias si se viven y se sienten afectan más, claro, pero Jon no se ha olvidado de todo lo demás.

Por eso, Jon no espera nada nuevo del 2021, porque, aunque hayamos cambiado un poco nuestro comportamiento con la tierra, cree que será pasajero y los mismos vicios de siempre volverán. Y volverán porque nos olvidaremos de la desgracia que nos ha rodeado, pensaremos que ya estamos a salvo y que hemos vencido esta batalla de la vida, pero Jon piensa que vendrán muchas otras, ya sean ajenas o propias.

Muchos se maravillan de cómo la naturaleza se ha abierto paso ante nuestra ausencia. La vegetación se adueñó de las calles, de los parques, de los centros comerciales, incluso de algunas casas solitarias. Los animales estupefactos llegaron a lugares que para su generación eran desconocidos, porque ya no estábamos, nos ocultamos en casa por miedo y precaución, contaminamos menos, charlamos más y echamos de menos a otras personas.

Dicen que el mundo ha cambiado, que las personas somos más conscientes del daño que hacemos al planeta. Jon sí cree que hay un cambio, pero no cree que dure, sabe que el ser humano mira siempre por sí mismo, sin pensar en las consecuencias, es muy difícil que todos rememos para el mismo lado, y eso a la larga se nota. Echar la vista atrás es necesario para aprender de nuestros errores, pero si echas un vistazo a la historia, vislumbras que los errores se repiten cíclicamente.

No todo es negativo para él, ahora sabemos que nos necesitamos, descubrir la ausencia de los amigos, la familia, incluso el trabajo, nos ha hecho valorar cosas que dábamos por sentado. Jon solo espera que el recelo que ve en los ojos de la gente por la calle, no se convierta en distanciamiento perpetuo. Ya ha habido suficiente distanciamiento en 2020. Para las batallas futuras tenemos que estar juntos, hablarnos, escucharnos y sentirnos porque solos es todo mucho más complicado. Que la mirada de un niño nos ilumine para encontrar esa chispa que necesitamos.

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Resplandor

Jon llevaba una hora delante de la pantalla blanca. No conseguía centrarse en la escritura, la página en blanco se había convertido en su Everest personal. Siempre que se ponía a escribir, las palabras desordenadas bailaban por su mente y poco a poco se iban acompasando, formando ideas que comenzaban a bailar al mismo tempo y con la misma canción. A veces era un vals, otras veces folk, las más de las veces rock, pero ese día no conseguía que la música sonase cohesionada en su cabeza.

Jon ya había escrito varias novelas y sabía que el bloqueo del escritor siempre estaba latente. Solo esperaba que no le ocurriese como a Jack Torrance y le poseyese un alma maligna para liarse a martillazos con la gente. Por suerte, la casa estaba vacía, nadie corría peligro, hacía 4 años que se había divorciado y el único lazo que le unía a alguien era su hija.

Se levantó para no pensar en ella, le dolía no estar a su lado cada día, pero, paradójicamente, estar a su lado a cada momento había destrozado la relación con su madre. Puso una canción que siempre le inspiraba, I am the moon, de The white Buffalo, y se sentó mientras comenzaba el arpegio después de un órgano melancólico y distante. Se imaginó en el espacio, como si él fuera la luna persiguiendo al sol, un amor imposible que la luz separa y acaba sin final feliz. Comenzó a escribir una historia de amor… «no, eso ahora no va a funcionar, y menos con esta canción». Borró el párrafo que había escrito y comenzó de nuevo, seguía siendo la luna, pero sabía que nunca iba a conseguir alcanzar al sol «así mejor, es como me siento ahora», con el desamor estaba más a gusto, recordó el bulevar del desamor que aparecía en un libro de cuyo nombre no lograba acordarse. Las palabras comenzaron a bailar al son de la música, formaron ideas y los dedos de Jon no pararon. Tecleó durante horas y horas hasta que la mañana llegó tan pronto que hasta le dolió.

El sol iluminó su mirada a través de la ventana que se encontraba frente al escritorio. Quizás, por un momento, la luna y el sol sí estuvieron juntos.

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Senderos de gloria

Está muy generalizado pensar que la gloria se alcanza con hitos muy importantes; ser presidente del gobierno, un cirujano reconocido, el inventor de algo innovador, un futbolista que gana millones -en este caso la gloria puede ser extremadamente efímera- o descubrir América -si viajases en el tiempo, claro, aunque aquí tendrías dos hitos en uno-.

Para un servidor, la gloria es dejar huellas de simpatía y amor en los seres que importan, pero también en los que no conociste tanto. Si consigues que tu recuerdo arranque una sonrisa a una persona, habrás caminado por aquellos senderos de gloria que Kubrick nos mostró.

Pude ver esa gloria hace unos días, cuando una familia, entre vino y rosas, despedía a un hombre que caminó por aquellos senderos e inundó de recuerdos a las personas que le rodeaban. Recuerdos que perdurarán mientras dure la guerra que es la vida; una lucha constante donde la felicidad tiene que lidiar con batallas que en ocasiones pierde, pero si hasta el General Rommel aprendió de sus derrotas, ¿por qué no lo podemos hacer los demás?

Siempre he pensado que cuando alguien se va, el dolor que deja es proporcional al cariño que regaló. Lo importante, en ese momento, es no traspasar la delgada línea roja que delimita la cordura, asumir que una parte de ti se ha ido pero que queda una vida por delante para luchar como un infante de marina y disfrutar como un niño.

En definitiva, ponte la chaqueta metálica, lucha por la vida y ve abriendo senderos de gloria para los que vendrán y por los que se fueron. Este humilde escritor caminará por la vida y por la web intentando llenar de sensaciones las vidas ajenas, con mucho cariño y trabajo, y quizás algún día nos tomemos una copa de un vino llamado Sendero. Como diría mi hija: ¡Viva la vida!

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Pequeñas historias de desescalada sin importancia I

Daniel siempre ha sido un auténtico ignorante en cuestiones de Jazz. Miles Davis, John Coltrane, Charlie Parker… eran nombres ensalzados por los entendidos y, por ende, admirados por los desconocedores de la materia. Daniel no era diferente, ponía discos de Jazz pero no era capaz de entender los matices, las melodías, los contratiempos… solo era capaz de disfrutar de la atmósfera que generaba en su pequeño salón.

La improvisación nunca ha sido su fuerte, por eso le daba miedo el Jazz; la sensación perpetua de equivocarse al tocar, el miedo a bloquearse y no seguir la armonía y, en definitiva, el pavor a saber que no sería capaz de tocar Jazz. Por eso abrazó el Rock, y en él estaba a gusto, se movía con la libertad del que se sabe seguro. Miles Davis diría que es un mediocre, y, si él lo decía de los rockeros de los años 70, por algo sería. El Jazz es la meta de cualquier músico, para Miles Davis fue su comienzo. Desde el Jazz fue evolucionando y combinando sonidos, estilos y melodías. Esto le hizo aún más especial, o eso decían los verdaderos entendidos.

Daniel ya podía salir a tomar algo a una terraza, encontrarse con los amigos, o eso creía, porque con las mascarillas casi no los reconocía, pero algo le impulsó a quedarse en casa, no estaba preparado. Llevaba dos meses sin salir, con el único acompañamiento de Miles Davis y sus discos más importantes, como Kind of blue, que le acompañaba en el desayuno, o Miles Ahead, que le acompañaba en la comida -este disco tuvo su polémica, en la portada aparecía una mujer blanca, en un barco, disfrutando de la brisa marina. A Miles no le gustó, así que cambiaron la portada con una foto de Miles y su trompeta-, y terminaba cenando con la banda sonora de la película francesa Ascensor al cadalso, donde la trompeta pausada de Davis acompañaba la tristeza de su protagonista, Jeanne Moreau. Todo fue improvisado mientras el genio del Jazz veía la película. Estas historias son las que realmente intimidaban a Daniel con respecto al Jazz.

De algún modo, Daniel no conseguía entender que la vida, al igual que el Jazz, es improvisación y, como tal, tienes derecho a equivocarte, solo tienes que volver a unirte con el contratiempo y acentuar las partes débiles del compás… o eso dicen.

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El coche como medio de expresión

Es algo intrínsico en el ser humano el querer mostrar cómo somos con nuestras posesiones, ya sea con la casa, el móvil, la ropa… siempre lo retocamos todo para mostrarnos diferentes a los demás, exclusivos, es nuestra forma de comunicarnos con el mundo sin hablar, solo nos expresamos con lo que nos rodea y nuestro lenguaje no verbal. Quizás, el máximo exponente de esta forma de comunicación sea el coche.

Todos, en mayor o menor medida, nos expresamos con nuestro coche. Al principio, nada más aprobar el examen de conducir, utilizamos el coche de nuestros padres. Empezamos poniendo un muñeco por aquí y una pegatina por allá, para que tus amigos vean que empiezas a marcar tu territorio. Si eres chico quitas todos los muñecos y chuminadas que tiene el coche de tu madre, pones la funda en el volante y la pegatina de los Rolling Stones en la parte de atrás , si eres chica dejas los muñecos o, si es el coche del padre, añades unos cuantos para crear ambiente -los muñecos son un buen sustitutivo de las velas, ya que estas son un riesgo con el coche en marcha-, además de las pegatinas de margaritas al lado de la matrícula. Pero cuando realmente nos expresamos es con la compra de nuestro primer coche. Desde el momento en que lo elegimos dice algo de nosotros, el color, la forma, la marca, todos esos pequeños detalles que elegimos para decir al mundo “aquí estoy yo”. Algunos lo primero que hacen es poner en la parte trasera el toro de Osborne con la bandera de España, “¿por qué? Porque soy eggpañol“, aunque no creo que aparezcan ahora por Cataluña con el toro por razones obvias, hay que expresarse, pero con moderación. Todos recordaréis la famosa pegatina de la discoteca “Penélope”, todo joven de los 80 tenía que llevar una, aunque no hubiesen pisado esa discoteca. He de reconocer que hubo un tiempo en el que quise tener una de esas pegatinas. ¿Había estado en esa discoteca? No. ¿Sabía dónde estaba? No. ¿Tenía edad para entrar en discotecas? No, pero daba igual, si querías molar y ser “guay del paraguay” tenías que llevarla en tu Renault 5. Como todavía no podia conducir intenté que mi padre la pusiese en su coche, con la esperanza de que algún día lo conduciría… iluso.

Más tarde se inventó el “Tuning“, eso si que es expresarse y lo demás son tonterías. Cuanto más estrafalario y más llamativo mejor, es verdad que para gustos colores, pero ¿los tienen que utilizar todos? Además se inventaron eso de llevar equipos de música en el maletero, una forma más de expresarse con la música que escuchan, esto me parece bien, pero ¿es necesario utilizar los Watios de una discoteca? Es la evolución lógica del típico personajillo que iba por el barrio con su “4 latas” y la música altísima, escuchando a Kamela, con las ventanillas bajadas para que oigamos bien -que considerado-, ya sea invierno o verano le da lo mismo, no sé que tomarán para soportar las inclemencias del tiempo. Desde aquí realizo una petición a esa clase de gente: “Subid las ventanillas, no nos interesa la música que escucháis, Cuando zarpa el amor no es un hit y cuando el altavoz distorsiona es por algo”.  Esto me recuerda a los que van en el metro con la música del movil y sin cascos, estos son la cantera de aquellos, pero no voy a profundizar en este tema porque me irrita demasiado.

No quiero terminar sin comentar algo que me parece muy curioso, seguro que os habréis fijado cuando, esperando en un semáforo, se pone al lado vuestro un “todoterreno” enorme y al conductor casi ni se le ve. Es muy común ver a gente pequeña con coches enormes, no sé si será por algún complejo por el tamaño, pero hay algunos que solo ven la carretera a través del hueco del volante. Es verdad que también hay gente que no es pequeña y lleva coches grandes, para esta clase de gente tiene una teoría mi compañera Noemí, ella dice que el tamaño del coche es inversamente proporcional al tamaño de su… cerebro, dejémoslo ahí, no sé si mi compañera habrá tenido una mala experiencia con algún todoterreno, o con algún conductor de dicho vehículo. Hay muchos más ejemplos de cómo se expresa la gente con su coche, pero no me quiero extender más. Si se os ocurre alguna os invito a compartirlo, ya sea en facebook, twitter o aquí.

Hace unos cuantos miles de años, un filósofo llamado Protágoras decía que el hombre es la medida de todas las cosas, creo que se equivocaba, la medida de todas las cosas es su coche.

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Exnovi@s

Todos sabemos lo que es tener un ex-novi@, pero las causas para que aparezca el prefijo “ex” pueden ser diversas. Hay un momento clave en todas las relaciones, quizás no sepamos cuando llega, pero es una de las causas de la mayoría de las rupturas: cuando realmente conoces a tu pareja. Ese preciso instante en el que, sin darnos cuenta, dejamos de intentar actuar como si fuéramos perfectos y comenzamos a ser nosotros mismos, con nuestros defectos y nuestras virtudes. Llegados a ese punto, solo pueden pasar dos cosas, que aceptes esos defectos y sigas queriendo a tu pareja, o te des cuenta que nos es lo que parecía. Como cuando te pones a traducir tu canción favorita, que está en inglés, y te das cuenta que estabas cantando “debajo de mi paraguas, aguas, aguas”. Siempre me acordaré cuando traduje la frase “I feeling in my fingers…..”, siempre  ponía esa canción cuando editaba en video las bodas de mis amigos, que vergüenza!!!, no lo volví a hacer… Está claro que en este caso te conviertes irremediablemente en “EX”. Por supuesto que también hay personas que, aún así, siguen con su pareja, pero solo hasta que aparezca alguien que lo sustituya, esos son los peores, porque en el lapso de tiempo que no han encontrado a nadie se hacen la vida imposible. Me sucedió un caso parecido, lo malo para mí es que tardé año y medio en conocerla, lo bueno para ellos, mi ex-novia y el sustituto, es que solo tardaron 3 meses -quizá me alegré un poco-. De todo se aprende.

Lo que me deja realmente anonadado son las parejas que están juntas desde que tenían 15 años. Cómo es posible que lleguen a los 30 y sigan queriéndose. Creo que las personas evolucionamos de forma distinta, ya sea por los estudios que cursemos o por las relaciones sociales que vayamos teniendo, pero hay amigos que a los 15 años comparten intereses, aficiones etc, pero cuando tienen 30 años no tienen nada en común. Si esto lo extrapolamos a una relación de pareja, creo que sería increíble que siguiesen juntos. Pues esas relaciones “haberlas haylas”, como las meigas, sin ir más lejos, tengo unos amigos que llevan desde los 16 años juntos y son tal para cual, me recuerdan un poco a Chandler y Mónica de “Friends”. Pero creo que son de los pocos que han crecido juntos y han ido por el mismo camino. Lo normal es que cada uno crezca de una manera y su forma de pensar vaya en diferentes direcciones.

El otro día viendo una película, de cuyo nombre no puedo acordarme, había una escena en la que el protagonista le contaba a un amigo que en la vida hay ciclos de 5 años, en ese tiempo te das cuenta que eras un imbécil -esta no era la palabra exacta, pero dejadme que me tome la licencia de cambiar el adjetivo por si este blog lo leen niñ@s-. No le quito razón, pues siempre lo he pensado, aunque mi ciclo varía, a veces incluso de un año para otro. Por eso es bueno echar la vista atrás en tu vida y en tus relaciones, así conseguirás ver todo desde todos los ángulos posibles, a lo mejor te das cuenta que eres imbécil, o quizás veas que eres un gran tipo, pero merecerá la pena comprobarlo. Seguramente me comporte como un cobarde y no vuelva a leer este blog, no quiero que se me quiten las ganas de seguir escribiendo. Pero lo que sí haré siempre es seguir viendo la vida desde todos los puntos de vista que pueda, porque creo que es el mejor modo de tomar las decisiones correctas, aún así me equivocaré…. nadie es perfecto después del primer año.

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¿CocaCola o Pepsi?

Siguiendo con mis disyuntivas alimenticias, hoy me ha invadido una pregunta: ¿CocaCola o Pepsi?  Toda la vida he bebido CocaCola; ¿Por qué? ¿Qué tendrá la CocaCola que ha todo el mundo le mola? Perdón, me dejé llevar y me he confundido, eso era la “Bola de cristal”.

Quizás sea por sus anuncios. ¿Os acordáis de esas masas humanas que cantaban, se abrazaban y se querían en mitad de un campo idílico? Todo era posible si bebías CocaCola, paz, amor… y el plus pa´l salón. Aunque en la época de los 80 eran mejores los anuncios de Pepsi. Hicieron el mejor fichaje posible: Carlton Banks. No me he vuelto loco, sé que todavía no existía  tan entrañable personaje encarnado por Alfonso Ribeiro. Con solo 13 años, aunque por su baja estatura aparentara 10, bailaba imitando a Michael Jackson mientras se refrescaba con la famosa bebida (http://www.youtube.com/watch?v=po0jY4WvCIc). Bueno, está bien, no hace falta ponerse así, el gran fichaje de Pepsi en 1984 fue Michael Jackson, pero en los 90 se vendieron muchos refrescos gracias a “cara-cartón”. A pesar de todo esto, en Europa se bebe más CocaCola que Pepsi, es más, el desconocimiento de la segunda llega hasta tal punto que en muchos lugares no saben ni pronunciar su nombre: dicen “Pesi”, o algo parecido. Para más información podéis preguntar a Fernando Torres.

He de reconocer que los anuncios de CocaCola han mejorado mucho, sobretodo desde que hicieron uno de los más originales. Todos recordaréis aquella voz en off  argentina diciendo: “para los gordos, para los flacos, para los altos, para los bajos, para los optimistas, para los pesimistas, etc… para todos… los adictos” (http://www.youtube.com/watch?v=SGGIxy981ew).  Lo último es cosecha propia, pero no me negaréis que la CocaCola es adictiva, en mi caso todavía me estoy quitando, seguro que Extremoduro hablaba de la CocaCola en su canción. No cabe ninguna duda que ese anuncio fue un punto de inflexión para los futuros spots de CocaCola, y creo que la culminación a esta originalidad fue el anuncio que hablaba de la generación de los 80 (http://www.youtube.com/watch?v=dPr421a-re4).  Ya me han llamado señor, he llevado rodilleras, y me encanta recordar que inventamos “guay”, “tope guay”, “super guay”, “guay del paraguay”… guayomini… Que tiempos aquellos cuando Eurovisión lo veían todos los españoles. Y no puedo acabar sin mencionar el anuncio de CocaCola en el que salía Matt Leblanc, “Joey” en la serie Friends (http://www.youtube.com/watch?v=UqenpPn1Ihw). ¿Qué narices hacía en medio del desierto, cogiendo del letrero la CocaCola, y subiendo a un autobús todo repeinado después de habérsela bebido? Eso si que es ciencia-ficción de la buena.

Ha llegado un momento en el que la CocaCola ha dado nombre al refresco de Cola. Es muy común ir a un bar, pedir una CocaCola y que nos digan: “tenemos Pepsi”, pero en realidad nos da igual. Por eso, por “cara-cartón” y porque tengo la esperanza de bailar como Michael Jackson algún día, me he cambiado a la Pepsi, me gusta ir contra corriente. Debería hacer lo mismo con Microsoft, pero los “Mac” son demasiado caros.

PD: como bailar como M.J. va a ser muy complicado, me conformo con hacerle una canción. Se llama “Peter Pan” (http://www.myspace.com/372635217/music/songs/Peter-Pan-68953287).

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¿Por qué ahora los huesitos saben distinto?

El otro día, mientras me comía un huesito, estaba pensando en cómo veía la vida cuando era un niño. En todas esas sensaciones que hacían que la cosa más nimia fuese especial. Los nervios que pasaba esperando a que llegara la hora de ver “Bola de dragón” deseando saber si Goku conseguía las dichosas 7 bolas o aprendía a realizar la “onda vital”, la fascinación que sentía por los “Caballeros del Zodiaco” y sus armaduras de oro, la alegría que sentía cuando mi padre me llevaba al parque, la emoción que me invadía en el cine cuando salía el anuncio de “movierecord” y sus luces de neón, y cómo disfrutaba con mis “playmobil” imaginando que estaban librando una batalla crucial para nuestro planeta. Todo eso, y mucho más, lo vivía de otro modo, con imaginación y una pizca de ingenuidad. Por supuesto, nunca voy a reconocer que veía “Candy Candy”, ni que lloré viendo “Marco”, eso lo hacía un chico que conocía del colegio.

Cuando recuerdo los “Playmobil” se dibuja una sonrisa en mi cara. Disfrutaba muchísimo con ellos y, como todo niño, tenía a mi preferido, el héroe, al que siempre se recurría cuando la batalla estaba perdida y había que salvar a la chica. Pero eso ha cambiado, los niños de antes teníamos “Playmobil”, los niños de ahora tienen una “Play” y un “Móvil”, con todo lo que eso conlleva. Un día vi a dos niñas jugando en un parque -hasta aquí todo normal- pero cada una estaba con una videoconsola e iban comentando las pantallas que se pasaban. Algo está fallando, pero no seguiré con este tema, no quiero parecer un viejo gruñón.

Recuerdo que era capaz de levantarme a las 7 de la mañana de un Sábado para ver la película de “Popeye” protagonizada por un desconocido Robin Williams. Para mí era todo un acontecimiento: “¡La película de Popeye!”, mi hermano y yo estábamos entusiasmados con la idea de levantarnos a verla. Nunca me paré a pensar en el hecho de que la pusiesen tan pronto, ahora tengo claro que nadie en su sano juicio se levantaría a esas horas para ver semejante bodrio.

Pero quiero volver al origen de todos estos pensamientos -sin hacer girar la peonza de Leonardo Dicaprio-, el huesito que me estaba comiendo. Me tomaréis por loco, pero no sabía igual. No lo recordaba con esa textura, aunque cuando era pequeño dudo que supiese qué era la textura en un alimento, ni recordaba el ardor que tuve en el estómago cuando lo acabé. Era como si no fuese un huesito y se hubiese convertido en una chocolatina más del montón. Era una sensación parecida a cuando volví a probar el “palulu”, antes era un pequeño manjar, cuando me lo daban parecía el niño del anuncio de IKEA (¡un palo!¡un palo!), ahora solo veía un palo de madera. No sabía si era yo el que había cambiado o era el “Huesito”, así que decidí probar uno de mis bollos preferidos de la infancia, el “cuerno”. Pero solo hizo crearme más dudas, porque, como todos sabemos, el “cuerno”estaba relleno de un sabroso chocolate líquido que, además de estar delicioso, caía una y otra vez sobre nuestras camisetas de naranjito. Ahora ese chocolate había desaparecido y lo habían cambiado por otro parecido a la nocilla pero sin llegar a ser tan bueno, es más, empalaga una barbaridad. Estaba claro que el “cuerno” había cambiado.

En conclusión, todo cambia -nosotros, los huesitos, el cuerno-, pero esas sensaciones siempre permanecen en nuestra memoria, y en ocasiones, un simple huesito puede hacer que volvamos a ser los niños que fuimos un día.

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