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Pequeñas historias de desescalada sin importancia I

Daniel siempre ha sido un auténtico ignorante en cuestiones de Jazz. Miles Davis, John Coltrane, Charlie Parker… eran nombres ensalzados por los entendidos y, por ende, admirados por los desconocedores de la materia. Daniel no era diferente, ponía discos de Jazz pero no era capaz de entender los matices, las melodías, los contratiempos… solo era capaz de disfrutar de la atmósfera que generaba en su pequeño salón.

La improvisación nunca ha sido su fuerte, por eso le daba miedo el Jazz; la sensación perpetua de equivocarse al tocar, el miedo a bloquearse y no seguir la armonía y, en definitiva, el pavor a saber que no sería capaz de tocar Jazz. Por eso abrazó el Rock, y en él estaba a gusto, se movía con la libertad del que se sabe seguro. Miles Davis diría que es un mediocre, y, si él lo decía de los rockeros de los años 70, por algo sería. El Jazz es la meta de cualquier músico, para Miles Davis fue su comienzo. Desde el Jazz fue evolucionando y combinando sonidos, estilos y melodías. Esto le hizo aún más especial, o eso decían los verdaderos entendidos.

Daniel ya podía salir a tomar algo a una terraza, encontrarse con los amigos, o eso creía, porque con las mascarillas casi no los reconocía, pero algo le impulsó a quedarse en casa, no estaba preparado. Llevaba dos meses sin salir, con el único acompañamiento de Miles Davis y sus discos más importantes, como Kind of blue, que le acompañaba en el desayuno, o Miles Ahead, que le acompañaba en la comida -este disco tuvo su polémica, en la portada aparecía una mujer blanca, en un barco, disfrutando de la brisa marina. A Miles no le gustó, así que cambiaron la portada con una foto de Miles y su trompeta-, y terminaba cenando con la banda sonora de la película francesa Ascensor al cadalso, donde la trompeta pausada de Davis acompañaba la tristeza de su protagonista, Jeanne Moreau. Todo fue improvisado mientras el genio del Jazz veía la película. Estas historias son las que realmente intimidaban a Daniel con respecto al Jazz.

De algún modo, Daniel no conseguía entender que la vida, al igual que el Jazz, es improvisación y, como tal, tienes derecho a equivocarte, solo tienes que volver a unirte con el contratiempo y acentuar las partes débiles del compás… o eso dicen.

Entrada patrocinada por Compañíaespreso, un café de cine para la oficina.

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Pequeñas historias de desescalada sin importancia I by Daniel Rodríguez Lorenzo is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License. Creado a partir de la obra en www.marionetaspensadoras.wordpress.com.

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Pequeñas historias de cuarentena sin importancia

Estefanía se ha levantado temprano un domingo. Su vida se ha vuelto más rutinaria desde que se confinó en su pequeño estudio del centro de Madrid. Ha decidido que saldrá a correr ahora que lo permiten, necesita salir y el no haber hecho deporte en años no es impedimento. Nadie le puede culpar.

Coge sus deportivas, las desempolva, las ata y comienza a bajar las escaleras de su edificio. Ya en la calle, estira sus músculos aletargados, todavía algo dormidos preguntándose qué pasará, que misterios habrá, todavía es de noche. Cuando sus zapatillas oxidadas golpean el asfalto, un sonido con eco llena las calles en calma. Todavía no ha salido el sol mientras Estefanía se siente atraída por la ciudad vacía, esta le invita a perderse por sus engranajes oxidados. Al doblar una esquina, ve a un matrimonio de ancianos observando su carrera, el marido abraza a su esposa y los dos miran con anhelo su carrera. Su mirada transmite miedo a lo desconocido, salir es un deseo peligroso para ellos.

Todo parece nuevo, una visión de calles desiertas que nunca ha vivido. Antes de esta situación, se encontraría con algún alma festiva volviendo a su casa tambaleante, quizás descargando sus penas y fracasos sobre la acera. Echó en falta a Lolo, un hombre sin hogar que siempre dormía en la puerta de una caja de ahorros abandonada desde 2009.

Su cuerpo comienza a protestar, no entiende por qué se le está castigando tanto después de semanas de encierro y Netflix, después de semanas recorriendo un triángulo vital de confinamiento: sofá, cocina y baño, con visitas esporádicas a la cama que a veces estaba demasiado solitaria.

Algunos dirán, claro, ahora todos salen a hacer deporte, y no les falta razón, lo que les falta es empatía, solidaridad y comprensión. En esta vida nunca se acierta para todos, lo importante es acertar para uno mismo respetando a los demás. Si quieres correr, corre, si quieres caminar, camina, si quieres montar en bicicleta, patinete o monociclo, hazlo, pero siempre con un metro y medio de respeto y, por qué no, alegría, que hace falta.