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Olas de normalidad

Iván se levanta cada mañana con la certeza de la duda; cómo luchar contra el miedo de salir a la calle, la crítica gratuita a cómo llevas la mascarilla o si caminas lo suficientemente alejado de otro transeúnte. Son tiempos extraños en los que el miedo crea desconfianza y recelo -en ocasiones puedes ver a un ser humano dando un respingo al ver a otro ser humano por la calle, y alejarse como si su vida corriese peligro-, las personas se miran con incertidumbre, escudadas en una mascarilla que esconde sus expresiones.

El otro día, mientras pagaba en el supermercado, y daba las gracias a la cajera -ahora se sentía más agradecido que nunca al trabajo de las personas que sustentan la vida de los demás-, se dio cuenta que su sonrisa no había sido captada por la trabajadora. Es una pena haber perdido el contacto con las personas, incluso con los gestos, pero aún nos quedan las palabras, por eso Iván no perdía la oportunidad de ser amable, dar las gracias y pedir todo por favor. Ahora que es padre, quiere inculcar en sus retoños una forma respetuosa de vivir.

Sentado en el jardín, con un libro, música y el paisaje, del lugar que le había atrapado, esperaba a Julia, Paula y Jon de su paseo vespertino, lleno de colores naranjas, verdes oscuros, amarillos y rojos. Iván no quiso salir, estaba algo decaído, siempre le pasaba ese preciso día y no entendía cómo no conseguía controlarlo. Su padre había fallecido doce años atrás, pero el día de su muerte siempre se sentía un poco vacío. Su madre siempre le visitaba, sabía que esa fecha en el calendario era difícil para los dos y se distraían juntos con un café, charla y lectura. Esta vez, su madre le había llamado, la situación no era la más idónea para que ella saliese de casa y se juntase con los nietos, más valía prevenir.

Iván miró la portada del libro, 1984, de George Orwell, la edición que su padre le regaló a su madre. Antes del confinamiento su madre se lo dejó y aún lo tenía. Se lo había leído un par de veces, quería inspirarse para escribir alguna historia en el blog del periódico. Ahora trabajaba en un periódico nacional y la presión de la entrega era mayor que cuando trabajaba con Julia en el periódico del pueblo. Durante el confinamiento había escrito mucho y le pareció buena idea volver la vista a esta obra donde el control de la población es total, y así hacer una comparación con la situación mundial en la primavera de ese año. Lo hizo para que los lectores pudiesen ver que el confinamiento era por nuestro bien y que los límites a nuestra libertad no tenían nada que ver con el mundo de 1984, eso sí que es coartar la libertad.

Con todo lo que ha pasado, Iván espera que las personas se den cuenta que su libertad acaba cuando comienza la de otro, y si esa libertad tiene medida por ahora, pues habrá que respetarla, o ponerse mascarilla y así no asustarse cuando una persona dobla la esquina y se topa con otra. Si fuésemos responsables, aunque cometiésemos errores, todo iría mucho mejor, y así el estado no tendría que poner restricciones de las que nos quejaríamos. Aprendamos del pasado, un pasado que no sea de nadie y sí de todos, para que no pase como en 1984:

Quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado.

George Orwell, 1984

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  Olas de nomalidad by Daniel Rodríguez Lorenzo is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License. Creado a partir de la obra en www.marionetaspensadoras.wordpress.com.

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Pequeñas historias de desescalada sin importancia I

Daniel siempre ha sido un auténtico ignorante en cuestiones de Jazz. Miles Davis, John Coltrane, Charlie Parker… eran nombres ensalzados por los entendidos y, por ende, admirados por los desconocedores de la materia. Daniel no era diferente, ponía discos de Jazz pero no era capaz de entender los matices, las melodías, los contratiempos… solo era capaz de disfrutar de la atmósfera que generaba en su pequeño salón.

La improvisación nunca ha sido su fuerte, por eso le daba miedo el Jazz; la sensación perpetua de equivocarse al tocar, el miedo a bloquearse y no seguir la armonía y, en definitiva, el pavor a saber que no sería capaz de tocar Jazz. Por eso abrazó el Rock, y en él estaba a gusto, se movía con la libertad del que se sabe seguro. Miles Davis diría que es un mediocre, y, si él lo decía de los rockeros de los años 70, por algo sería. El Jazz es la meta de cualquier músico, para Miles Davis fue su comienzo. Desde el Jazz fue evolucionando y combinando sonidos, estilos y melodías. Esto le hizo aún más especial, o eso decían los verdaderos entendidos.

Daniel ya podía salir a tomar algo a una terraza, encontrarse con los amigos, o eso creía, porque con las mascarillas casi no los reconocía, pero algo le impulsó a quedarse en casa, no estaba preparado. Llevaba dos meses sin salir, con el único acompañamiento de Miles Davis y sus discos más importantes, como Kind of blue, que le acompañaba en el desayuno, o Miles Ahead, que le acompañaba en la comida -este disco tuvo su polémica, en la portada aparecía una mujer blanca, en un barco, disfrutando de la brisa marina. A Miles no le gustó, así que cambiaron la portada con una foto de Miles y su trompeta-, y terminaba cenando con la banda sonora de la película francesa Ascensor al cadalso, donde la trompeta pausada de Davis acompañaba la tristeza de su protagonista, Jeanne Moreau. Todo fue improvisado mientras el genio del Jazz veía la película. Estas historias son las que realmente intimidaban a Daniel con respecto al Jazz.

De algún modo, Daniel no conseguía entender que la vida, al igual que el Jazz, es improvisación y, como tal, tienes derecho a equivocarte, solo tienes que volver a unirte con el contratiempo y acentuar las partes débiles del compás… o eso dicen.

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Pequeñas historias de cuarentena sin importancia V

María vivía sola en su piso de la calle Doctor Esquerdo, en Madrid. Disfrutaba de esa soledad, hacía mucho tiempo que había decidido no tener familia, nunca quiso y fue la mejor decisión. Mientras leía un libro a la luz de su lámpara de Ikea, recordó a Iván. Disfrutó mucho con él, tenían muchas cosas en común; la música, los libros, viajar… pero ella siempre supo que no podía darle el futuro que él quería. Tener hijos, formar una familia, la rutina, el coche grande y el perro no iban con ella. No se arrepintió de romper la relación, pero sí lamentaba la forma en que lo hizo. Debería haberlo hecho antes de conocer a Emilio, hubiese sido menos doloroso. Siempre que uno echa la vista atrás, encuentra esos momentos en los que las decisiones cambian el rumbo de la historia, intersecciones vitales que te llevan por caminos separados que en ocasiones se pueden volver a cruzar. Iván, Emilio, amigas y amigos se encontraban en caminos separados por el tiempo y la distancia. Los recuerdos y las sensaciones eran lo que quedaba.

María disfrutaba del tiempo en cuarentena, estaba leyendo mucho más y viendo películas aparcadas en el mueble del salón desde hacía años. Un día que se atrevió a ver las noticias, tuvo el impulso de ver una película, La jauría humana. La figura de Marlon Brando, como garante de la ley ante una masa enfervorecida que quería divertirse cazando a un ser humano, le encantaba, pero la película le recordaba el mundo en el que vivía, su degradación moral sigue en expansión, parece difícil detenerla, al igual que el cambio climático. Cambiar las cosas es siempre un deseo, pero, aunque ese cambio tiene que empezar por uno mismo, si se hace solo, no sirve para nada.

La soledad le gustaba, pero eso no era contradictorio con querer abrazar a las personas cercanas, y preguntarles qué tal estaban a menos de metro y medio. El teletrabajo ocupaba mucho la mente, más tiempo del horario laboral estipulado, pero cuando llegaba la calma de un día ajetreado delante del ordenador, los pensamientos aparecían de golpe, mezclados, impacientes y aglomerados por querer salir. Desgranarlos y procesarlos requería una copa de vino, Ben Harper, en el equipo de música, y mucha paciencia. Su mente seguía pensando en esas decisiones, María nunca se arrepintió de ellas, porque todo, mirado con el paso del tiempo, es mejorable, y ella prefiere no ceder al arrepentimiento, este solo produce dolor. Las decisiones tomadas son la sabiduría del futuro, sabes dónde te equivocaste, aprendes de ello y vas a otro lugar a comenzar de nuevo.

A veces, como diría Ben Harper, solo tienes que caminar lejos para dirigirte a la puerta. María seguía buscando esas puertas donde vivir y ser feliz, sin arrepentimientos, reproches ni dramas.

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