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Magnetismo invernal

Los días pasan y algo ha cambiado. Las hojas del suelo han desaparecido dando paso a un frío algo tibio y llevadero. Los días pasan y son más cortos mientras en el ambiente flotan ilusiones renovadas, fruto de la novedad de conocerse y amarse, fruto de un proceso químico del cerebro que filtra todos esos detalles que después comienzan a molestarnos de la otra persona, incluso el filtro funciona para uno mismo, no dejando pasar todo aquello que nos hace irritantes para otros. Para todo esto ya llegará su momento, todo en esta vida es transitorio, prepararse para ello conlleva un entrenamiento de risas, lloros, discusiones y lamentos con diferentes parejas. Jon y Lidia tenían su primera cita un sábado por la tarde. Ella quiso ser original e invitar a Jon a la mejor tarta de zanahoria al este de Chamartín. Jon no quiso discrepar y se adaptó a sus deseos, las tartas no eran lo suyo, hubiese preferido cena romántica con vino.

Semanas antes se habían conocido en accidentadas circunstancias. Ese momento dio comienzo a una conversación que llevó a un café, una llamada al trabajo de Jon para decir que estaba enfermo, otro café, y un paseo por el centro de la ciudad. Jon constató que no quería estar solo y propuso, con timidez y algo de incertidumbre, tomar algo otro día. Lidia accedió con algo de preocupación -¿estaría arrojándose a lo desconocido por el mero hecho de sentirse sola?¿No sería mejor estar sola un tiempo para centrarse en ella?-. Las dudas hicieron que ese segundo encuentro se alargase en el espacio y el tiempo, con la excusa manida de problemas de agenda. Compensaron esto con largas conversaciones a través de Zoom, Whatsapp y la ya anticuada llamada telefónica. Esto hizo que Lidia aparcase sus dudas y Jon sufriese la soledad con entereza digital y algo de Netflix.

Lidia fue caminando a la cafetería, le gustaba pasear por el barrio, las aceras amplias, los comercios abiertos y los árboles torcidos por la edad hacían que se sintiese como en casa. Jon fue en moto, disfrutaba callejeando con ella por la ciudad, y aparcó en la puerta de Mr. Carrot Cake, el lugar elegido por Lidia. Jon estaba nervioso, quería dar la mejor versión de sí mismo. Desde que esos ojos azules le miraron por primera vez, no pudo dejar de pensar en ella. Lidia repasó cada día la sonrisa que le había conquistado y recordó esos ojos tristones que sugerían una segunda cita, pero en realidad estaba cansada de mostrarse mejor de lo que era y había decidido ser ella misma en esa primera cita, sin vino pero con cafeína y mucho azúcar.

Se encontraron en la entrada, varios quiebros eligiendo la mejilla correcta precedieron un beso en los labios sin querer evitarlo. Ese primer beso se alargó con un abrazo y unos segundos de calidez que les hizo olvidar el frío tibio de ese invierno que comenzaba.

– ¿Entramos? –dijo él.

– Para eso hemos venido –dijo ella con una leve sonrisa ladeada.

Otro beso impidió su entrada, una mirada mutua a los ojos, una sonrisa de Jon que recorrió todas las partes del cuerpo de Lidia.

–¿Vais a entrar? –una voz desconocida, que intentaba entrar en el establecimiento, rompió el momento y estallaron risas nerviosas de la pareja.

– Sí, perdone –dijo Lidia cogiendo de la mano a Jon y entrando al maravilloso mundo de las tartas.

La tarde sería una de tantas y tantas otras que vinieron y se fueron, pero eso, queridos lectores, es otra historia de tantas.

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Resplandor

Jon llevaba una hora delante de la pantalla blanca. No conseguía centrarse en la escritura, la página en blanco se había convertido en su Everest personal. Siempre que se ponía a escribir, las palabras desordenadas bailaban por su mente y poco a poco se iban acompasando, formando ideas que comenzaban a bailar al mismo tempo y con la misma canción. A veces era un vals, otras veces folk, las más de las veces rock, pero ese día no conseguía que la música sonase cohesionada en su cabeza.

Jon ya había escrito varias novelas y sabía que el bloqueo del escritor siempre estaba latente. Solo esperaba que no le ocurriese como a Jack Torrance y le poseyese un alma maligna para liarse a martillazos con la gente. Por suerte, la casa estaba vacía, nadie corría peligro, hacía 4 años que se había divorciado y el único lazo que le unía a alguien era su hija.

Se levantó para no pensar en ella, le dolía no estar a su lado cada día, pero, paradójicamente, estar a su lado a cada momento había destrozado la relación con su madre. Puso una canción que siempre le inspiraba, I am the moon, de The white Buffalo, y se sentó mientras comenzaba el arpegio después de un órgano melancólico y distante. Se imaginó en el espacio, como si él fuera la luna persiguiendo al sol, un amor imposible que la luz separa y acaba sin final feliz. Comenzó a escribir una historia de amor… «no, eso ahora no va a funcionar, y menos con esta canción». Borró el párrafo que había escrito y comenzó de nuevo, seguía siendo la luna, pero sabía que nunca iba a conseguir alcanzar al sol «así mejor, es como me siento ahora», con el desamor estaba más a gusto, recordó el bulevar del desamor que aparecía en un libro de cuyo nombre no lograba acordarse. Las palabras comenzaron a bailar al son de la música, formaron ideas y los dedos de Jon no pararon. Tecleó durante horas y horas hasta que la mañana llegó tan pronto que hasta le dolió.

El sol iluminó su mirada a través de la ventana que se encontraba frente al escritorio. Quizás, por un momento, la luna y el sol sí estuvieron juntos.

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Senderos de gloria

Está muy generalizado pensar que la gloria se alcanza con hitos muy importantes; ser presidente del gobierno, un cirujano reconocido, el inventor de algo innovador, un futbolista que gana millones -en este caso la gloria puede ser extremadamente efímera- o descubrir América -si viajases en el tiempo, claro, aunque aquí tendrías dos hitos en uno-.

Para un servidor, la gloria es dejar huellas de simpatía y amor en los seres que importan, pero también en los que no conociste tanto. Si consigues que tu recuerdo arranque una sonrisa a una persona, habrás caminado por aquellos senderos de gloria que Kubrick nos mostró.

Pude ver esa gloria hace unos días, cuando una familia, entre vino y rosas, despedía a un hombre que caminó por aquellos senderos e inundó de recuerdos a las personas que le rodeaban. Recuerdos que perdurarán mientras dure la guerra que es la vida; una lucha constante donde la felicidad tiene que lidiar con batallas que en ocasiones pierde, pero si hasta el General Rommel aprendió de sus derrotas, ¿por qué no lo podemos hacer los demás?

Siempre he pensado que cuando alguien se va, el dolor que deja es proporcional al cariño que regaló. Lo importante, en ese momento, es no traspasar la delgada línea roja que delimita la cordura, asumir que una parte de ti se ha ido pero que queda una vida por delante para luchar como un infante de marina y disfrutar como un niño.

En definitiva, ponte la chaqueta metálica, lucha por la vida y ve abriendo senderos de gloria para los que vendrán y por los que se fueron. Este humilde escritor caminará por la vida y por la web intentando llenar de sensaciones las vidas ajenas, con mucho cariño y trabajo, y quizás algún día nos tomemos una copa de un vino llamado Sendero. Como diría mi hija: ¡Viva la vida!

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Olas de normalidad

Iván se levanta cada mañana con la certeza de la duda; cómo luchar contra el miedo de salir a la calle, la crítica gratuita a cómo llevas la mascarilla o si caminas lo suficientemente alejado de otro transeúnte. Son tiempos extraños en los que el miedo crea desconfianza y recelo -en ocasiones puedes ver a un ser humano dando un respingo al ver a otro ser humano por la calle, y alejarse como si su vida corriese peligro-, las personas se miran con incertidumbre, escudadas en una mascarilla que esconde sus expresiones.

El otro día, mientras pagaba en el supermercado, y daba las gracias a la cajera -ahora se sentía más agradecido que nunca al trabajo de las personas que sustentan la vida de los demás-, se dio cuenta que su sonrisa no había sido captada por la trabajadora. Es una pena haber perdido el contacto con las personas, incluso con los gestos, pero aún nos quedan las palabras, por eso Iván no perdía la oportunidad de ser amable, dar las gracias y pedir todo por favor. Ahora que es padre, quiere inculcar en sus retoños una forma respetuosa de vivir.

Sentado en el jardín, con un libro, música y el paisaje, del lugar que le había atrapado, esperaba a Julia, Paula y Jon de su paseo vespertino, lleno de colores naranjas, verdes oscuros, amarillos y rojos. Iván no quiso salir, estaba algo decaído, siempre le pasaba ese preciso día y no entendía cómo no conseguía controlarlo. Su padre había fallecido doce años atrás, pero el día de su muerte siempre se sentía un poco vacío. Su madre siempre le visitaba, sabía que esa fecha en el calendario era difícil para los dos y se distraían juntos con un café, charla y lectura. Esta vez, su madre le había llamado, la situación no era la más idónea para que ella saliese de casa y se juntase con los nietos, más valía prevenir.

Iván miró la portada del libro, 1984, de George Orwell, la edición que su padre le regaló a su madre. Antes del confinamiento su madre se lo dejó y aún lo tenía. Se lo había leído un par de veces, quería inspirarse para escribir alguna historia en el blog del periódico. Ahora trabajaba en un periódico nacional y la presión de la entrega era mayor que cuando trabajaba con Julia en el periódico del pueblo. Durante el confinamiento había escrito mucho y le pareció buena idea volver la vista a esta obra donde el control de la población es total, y así hacer una comparación con la situación mundial en la primavera de ese año. Lo hizo para que los lectores pudiesen ver que el confinamiento era por nuestro bien y que los límites a nuestra libertad no tenían nada que ver con el mundo de 1984, eso sí que es coartar la libertad.

Con todo lo que ha pasado, Iván espera que las personas se den cuenta que su libertad acaba cuando comienza la de otro, y si esa libertad tiene medida por ahora, pues habrá que respetarla, o ponerse mascarilla y así no asustarse cuando una persona dobla la esquina y se topa con otra. Si fuésemos responsables, aunque cometiésemos errores, todo iría mucho mejor, y así el estado no tendría que poner restricciones de las que nos quejaríamos. Aprendamos del pasado, un pasado que no sea de nadie y sí de todos, para que no pase como en 1984:

Quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado.

George Orwell, 1984

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Pequeñas historias de desescalada sin importancia I

Daniel siempre ha sido un auténtico ignorante en cuestiones de Jazz. Miles Davis, John Coltrane, Charlie Parker… eran nombres ensalzados por los entendidos y, por ende, admirados por los desconocedores de la materia. Daniel no era diferente, ponía discos de Jazz pero no era capaz de entender los matices, las melodías, los contratiempos… solo era capaz de disfrutar de la atmósfera que generaba en su pequeño salón.

La improvisación nunca ha sido su fuerte, por eso le daba miedo el Jazz; la sensación perpetua de equivocarse al tocar, el miedo a bloquearse y no seguir la armonía y, en definitiva, el pavor a saber que no sería capaz de tocar Jazz. Por eso abrazó el Rock, y en él estaba a gusto, se movía con la libertad del que se sabe seguro. Miles Davis diría que es un mediocre, y, si él lo decía de los rockeros de los años 70, por algo sería. El Jazz es la meta de cualquier músico, para Miles Davis fue su comienzo. Desde el Jazz fue evolucionando y combinando sonidos, estilos y melodías. Esto le hizo aún más especial, o eso decían los verdaderos entendidos.

Daniel ya podía salir a tomar algo a una terraza, encontrarse con los amigos, o eso creía, porque con las mascarillas casi no los reconocía, pero algo le impulsó a quedarse en casa, no estaba preparado. Llevaba dos meses sin salir, con el único acompañamiento de Miles Davis y sus discos más importantes, como Kind of blue, que le acompañaba en el desayuno, o Miles Ahead, que le acompañaba en la comida -este disco tuvo su polémica, en la portada aparecía una mujer blanca, en un barco, disfrutando de la brisa marina. A Miles no le gustó, así que cambiaron la portada con una foto de Miles y su trompeta-, y terminaba cenando con la banda sonora de la película francesa Ascensor al cadalso, donde la trompeta pausada de Davis acompañaba la tristeza de su protagonista, Jeanne Moreau. Todo fue improvisado mientras el genio del Jazz veía la película. Estas historias son las que realmente intimidaban a Daniel con respecto al Jazz.

De algún modo, Daniel no conseguía entender que la vida, al igual que el Jazz, es improvisación y, como tal, tienes derecho a equivocarte, solo tienes que volver a unirte con el contratiempo y acentuar las partes débiles del compás… o eso dicen.

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Pequeñas historias de cuarentena sin importancia V

María vivía sola en su piso de la calle Doctor Esquerdo, en Madrid. Disfrutaba de esa soledad, hacía mucho tiempo que había decidido no tener familia, nunca quiso y fue la mejor decisión. Mientras leía un libro a la luz de su lámpara de Ikea, recordó a Iván. Disfrutó mucho con él, tenían muchas cosas en común; la música, los libros, viajar… pero ella siempre supo que no podía darle el futuro que él quería. Tener hijos, formar una familia, la rutina, el coche grande y el perro no iban con ella. No se arrepintió de romper la relación, pero sí lamentaba la forma en que lo hizo. Debería haberlo hecho antes de conocer a Emilio, hubiese sido menos doloroso. Siempre que uno echa la vista atrás, encuentra esos momentos en los que las decisiones cambian el rumbo de la historia, intersecciones vitales que te llevan por caminos separados que en ocasiones se pueden volver a cruzar. Iván, Emilio, amigas y amigos se encontraban en caminos separados por el tiempo y la distancia. Los recuerdos y las sensaciones eran lo que quedaba.

María disfrutaba del tiempo en cuarentena, estaba leyendo mucho más y viendo películas aparcadas en el mueble del salón desde hacía años. Un día que se atrevió a ver las noticias, tuvo el impulso de ver una película, La jauría humana. La figura de Marlon Brando, como garante de la ley ante una masa enfervorecida que quería divertirse cazando a un ser humano, le encantaba, pero la película le recordaba el mundo en el que vivía, su degradación moral sigue en expansión, parece difícil detenerla, al igual que el cambio climático. Cambiar las cosas es siempre un deseo, pero, aunque ese cambio tiene que empezar por uno mismo, si se hace solo, no sirve para nada.

La soledad le gustaba, pero eso no era contradictorio con querer abrazar a las personas cercanas, y preguntarles qué tal estaban a menos de metro y medio. El teletrabajo ocupaba mucho la mente, más tiempo del horario laboral estipulado, pero cuando llegaba la calma de un día ajetreado delante del ordenador, los pensamientos aparecían de golpe, mezclados, impacientes y aglomerados por querer salir. Desgranarlos y procesarlos requería una copa de vino, Ben Harper, en el equipo de música, y mucha paciencia. Su mente seguía pensando en esas decisiones, María nunca se arrepintió de ellas, porque todo, mirado con el paso del tiempo, es mejorable, y ella prefiere no ceder al arrepentimiento, este solo produce dolor. Las decisiones tomadas son la sabiduría del futuro, sabes dónde te equivocaste, aprendes de ello y vas a otro lugar a comenzar de nuevo.

A veces, como diría Ben Harper, solo tienes que caminar lejos para dirigirte a la puerta. María seguía buscando esas puertas donde vivir y ser feliz, sin arrepentimientos, reproches ni dramas.

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¿Por qué ahora los huesitos saben distinto?

El otro día, mientras me comía un huesito, estaba pensando en cómo veía la vida cuando era un niño. En todas esas sensaciones que hacían que la cosa más nimia fuese especial. Los nervios que pasaba esperando a que llegara la hora de ver “Bola de dragón” deseando saber si Goku conseguía las dichosas 7 bolas o aprendía a realizar la “onda vital”, la fascinación que sentía por los “Caballeros del Zodiaco” y sus armaduras de oro, la alegría que sentía cuando mi padre me llevaba al parque, la emoción que me invadía en el cine cuando salía el anuncio de “movierecord” y sus luces de neón, y cómo disfrutaba con mis “playmobil” imaginando que estaban librando una batalla crucial para nuestro planeta. Todo eso, y mucho más, lo vivía de otro modo, con imaginación y una pizca de ingenuidad. Por supuesto, nunca voy a reconocer que veía “Candy Candy”, ni que lloré viendo “Marco”, eso lo hacía un chico que conocía del colegio.

Cuando recuerdo los “Playmobil” se dibuja una sonrisa en mi cara. Disfrutaba muchísimo con ellos y, como todo niño, tenía a mi preferido, el héroe, al que siempre se recurría cuando la batalla estaba perdida y había que salvar a la chica. Pero eso ha cambiado, los niños de antes teníamos “Playmobil”, los niños de ahora tienen una “Play” y un “Móvil”, con todo lo que eso conlleva. Un día vi a dos niñas jugando en un parque -hasta aquí todo normal- pero cada una estaba con una videoconsola e iban comentando las pantallas que se pasaban. Algo está fallando, pero no seguiré con este tema, no quiero parecer un viejo gruñón.

Recuerdo que era capaz de levantarme a las 7 de la mañana de un Sábado para ver la película de “Popeye” protagonizada por un desconocido Robin Williams. Para mí era todo un acontecimiento: “¡La película de Popeye!”, mi hermano y yo estábamos entusiasmados con la idea de levantarnos a verla. Nunca me paré a pensar en el hecho de que la pusiesen tan pronto, ahora tengo claro que nadie en su sano juicio se levantaría a esas horas para ver semejante bodrio.

Pero quiero volver al origen de todos estos pensamientos -sin hacer girar la peonza de Leonardo Dicaprio-, el huesito que me estaba comiendo. Me tomaréis por loco, pero no sabía igual. No lo recordaba con esa textura, aunque cuando era pequeño dudo que supiese qué era la textura en un alimento, ni recordaba el ardor que tuve en el estómago cuando lo acabé. Era como si no fuese un huesito y se hubiese convertido en una chocolatina más del montón. Era una sensación parecida a cuando volví a probar el “palulu”, antes era un pequeño manjar, cuando me lo daban parecía el niño del anuncio de IKEA (¡un palo!¡un palo!), ahora solo veía un palo de madera. No sabía si era yo el que había cambiado o era el “Huesito”, así que decidí probar uno de mis bollos preferidos de la infancia, el “cuerno”. Pero solo hizo crearme más dudas, porque, como todos sabemos, el “cuerno”estaba relleno de un sabroso chocolate líquido que, además de estar delicioso, caía una y otra vez sobre nuestras camisetas de naranjito. Ahora ese chocolate había desaparecido y lo habían cambiado por otro parecido a la nocilla pero sin llegar a ser tan bueno, es más, empalaga una barbaridad. Estaba claro que el “cuerno” había cambiado.

En conclusión, todo cambia -nosotros, los huesitos, el cuerno-, pero esas sensaciones siempre permanecen en nuestra memoria, y en ocasiones, un simple huesito puede hacer que volvamos a ser los niños que fuimos un día.

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