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Cacahuetes

El otro día estaba comiendo unos cacahuetes mientras veía la película Immortals y me puse a pensar -eso no dice nada bueno del film-, siempre cogía los cacahuetes completos, como si por estar así supiesen mejor, y los que sólo eran su mitad los comía cuando no tenía más remedio. Eso me recordó la historia de la media naranja, siempre, cuando estás soltero, te dicen que tienes que encontrar tu media naranja para, se supone, ser una naranja completa -como lo era naranjito-. Pero, ¿Por qué siempre tienen que decir eso? ¿Acaso cuando vas a trabajar eres media persona? -yo no lo diría muy alto porque, con los tiempos que corren, nos tomarían la palabra y, sin ningún tipo de vergüenza, nos pagarían la mitad del salario-. Deberíamos encontrar una naranja completa, al igual que hacemos con la bolsa de cacahuetes, cogemos el que está entero y el incompleto lo dejamos para el final.

Toda esta historia de la media naranja seguro que es invención de El Corte Inglés y Hollywood, como el día de San Valentín. Cuánto daño han hecho en este caso las películas románticas, tenéis que saber que los finales felices no existen, cuando tu novia te deja, porque cree que no eres su media naranja, y le organizas una sorpresa -la tuna cantando Clavelitos al pié de su balcón y tú con un ramo de flores esperando impaciente a que aparezca-, es seguro que te quedes con cara de tonto y empapado por el agua que ha caido inexplicáblemente desde el balcón, de ahí creo que viene la expresión: “la noticia le cayó como un jarro de agua fría”. Si no fuese así y la novia vuelve contigo, sin lugar a dudas ha cogido el cacahuete que quedaba al final de la bolsa.

Creo que todos somos ese cacahuete completo, pero en el momento en el que creemos que necesitamos nuestra otra mitad, nos convertimos en ese medio cacahuete del final de la bolsa que necesita que le completen. Ya somos completos, lo que necesitamos es ese cacahuete, naranja, langosta… que nos complemente.

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El coche como medio de expresión

Es algo intrínsico en el ser humano el querer mostrar cómo somos con nuestras posesiones, ya sea con la casa, el móvil, la ropa… siempre lo retocamos todo para mostrarnos diferentes a los demás, exclusivos, es nuestra forma de comunicarnos con el mundo sin hablar, solo nos expresamos con lo que nos rodea y nuestro lenguaje no verbal. Quizás, el máximo exponente de esta forma de comunicación sea el coche.

Todos, en mayor o menor medida, nos expresamos con nuestro coche. Al principio, nada más aprobar el examen de conducir, utilizamos el coche de nuestros padres. Empezamos poniendo un muñeco por aquí y una pegatina por allá, para que tus amigos vean que empiezas a marcar tu territorio. Si eres chico quitas todos los muñecos y chuminadas que tiene el coche de tu madre, pones la funda en el volante y la pegatina de los Rolling Stones en la parte de atrás , si eres chica dejas los muñecos o, si es el coche del padre, añades unos cuantos para crear ambiente -los muñecos son un buen sustitutivo de las velas, ya que estas son un riesgo con el coche en marcha-, además de las pegatinas de margaritas al lado de la matrícula. Pero cuando realmente nos expresamos es con la compra de nuestro primer coche. Desde el momento en que lo elegimos dice algo de nosotros, el color, la forma, la marca, todos esos pequeños detalles que elegimos para decir al mundo “aquí estoy yo”. Algunos lo primero que hacen es poner en la parte trasera el toro de Osborne con la bandera de España, “¿por qué? Porque soy eggpañol“, aunque no creo que aparezcan ahora por Cataluña con el toro por razones obvias, hay que expresarse, pero con moderación. Todos recordaréis la famosa pegatina de la discoteca “Penélope”, todo joven de los 80 tenía que llevar una, aunque no hubiesen pisado esa discoteca. He de reconocer que hubo un tiempo en el que quise tener una de esas pegatinas. ¿Había estado en esa discoteca? No. ¿Sabía dónde estaba? No. ¿Tenía edad para entrar en discotecas? No, pero daba igual, si querías molar y ser “guay del paraguay” tenías que llevarla en tu Renault 5. Como todavía no podia conducir intenté que mi padre la pusiese en su coche, con la esperanza de que algún día lo conduciría… iluso.

Más tarde se inventó el “Tuning“, eso si que es expresarse y lo demás son tonterías. Cuanto más estrafalario y más llamativo mejor, es verdad que para gustos colores, pero ¿los tienen que utilizar todos? Además se inventaron eso de llevar equipos de música en el maletero, una forma más de expresarse con la música que escuchan, esto me parece bien, pero ¿es necesario utilizar los Watios de una discoteca? Es la evolución lógica del típico personajillo que iba por el barrio con su “4 latas” y la música altísima, escuchando a Kamela, con las ventanillas bajadas para que oigamos bien -que considerado-, ya sea invierno o verano le da lo mismo, no sé que tomarán para soportar las inclemencias del tiempo. Desde aquí realizo una petición a esa clase de gente: “Subid las ventanillas, no nos interesa la música que escucháis, Cuando zarpa el amor no es un hit y cuando el altavoz distorsiona es por algo”.  Esto me recuerda a los que van en el metro con la música del movil y sin cascos, estos son la cantera de aquellos, pero no voy a profundizar en este tema porque me irrita demasiado.

No quiero terminar sin comentar algo que me parece muy curioso, seguro que os habréis fijado cuando, esperando en un semáforo, se pone al lado vuestro un “todoterreno” enorme y al conductor casi ni se le ve. Es muy común ver a gente pequeña con coches enormes, no sé si será por algún complejo por el tamaño, pero hay algunos que solo ven la carretera a través del hueco del volante. Es verdad que también hay gente que no es pequeña y lleva coches grandes, para esta clase de gente tiene una teoría mi compañera Noemí, ella dice que el tamaño del coche es inversamente proporcional al tamaño de su… cerebro, dejémoslo ahí, no sé si mi compañera habrá tenido una mala experiencia con algún todoterreno, o con algún conductor de dicho vehículo. Hay muchos más ejemplos de cómo se expresa la gente con su coche, pero no me quiero extender más. Si se os ocurre alguna os invito a compartirlo, ya sea en facebook, twitter o aquí.

Hace unos cuantos miles de años, un filósofo llamado Protágoras decía que el hombre es la medida de todas las cosas, creo que se equivocaba, la medida de todas las cosas es su coche.

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Abuelos

Recostado en el frío respaldo de un banco, viendo el mundo pasar, con la mirada perdida y la vida casi consumida. Piensas en el pasado, crees que ya no queda nada bueno por venir, quizás esperas, apoyado en tus años, que alguien quiera saber algo más de la vida porque de eso vas sobrado.

Sería una conversación larga, de esas que nunca quieres terminar, sobre los amores, los amigos, las personas… Lo que antes te parecía importante, ahora son “paparruchas” y lo que antes era algo lejano, ahora está más presente que nunca. Con tu bastón dibujas círculos en el suelo, ya ni te acuerdas de la primera vez que lo utilizaste, ahora se ha convertido en tu inseparable compañero.

Qué momentos pasabas con tus nietos recitándoles los cuentos que te inventabas, ellos te miraban espectantes, con esa cara de inocencia que vamos perdiendo cuando nos hacemos mayores, esperando que les sorprendas con cada palabra. Siempre adornabas tus fábulas con la entonación perfecta en el momento preciso, haciendo pausas en los lugares oportunos mientras tus nietos, impacientes, te rogaban que continuases. Esas tardes en el Retiro comiendo barquillos, navegando en el lago y viendo a tus nietos crecer. El tiempo pasó muy deprisa y esas tardes fueron menguando hasta desaparecer. Puede parecer triste, pero lo afrontas con entereza y comprensión, sabes que tu familia tiene que vivir su vida como  lo hiciste tú. Aunque ahora, cuando sientes la soledad, te das cuenta de lo mucho que echas de menos a tus propios abuelos, sientes esa empatía que en el pasado quedaba en el olvido. Siempre nos ocurre lo mismo, debe ser ley de vida, no nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que lo perdemos.

¿Tienes abuelos? Pues escúchalos, quiérelos, comparte tu vida con ellos, porque sin darnos cuenta, nos olvidamos de ellos y después no hacemos más que recordarlos.

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Exnovi@s

Todos sabemos lo que es tener un ex-novi@, pero las causas para que aparezca el prefijo “ex” pueden ser diversas. Hay un momento clave en todas las relaciones, quizás no sepamos cuando llega, pero es una de las causas de la mayoría de las rupturas: cuando realmente conoces a tu pareja. Ese preciso instante en el que, sin darnos cuenta, dejamos de intentar actuar como si fuéramos perfectos y comenzamos a ser nosotros mismos, con nuestros defectos y nuestras virtudes. Llegados a ese punto, solo pueden pasar dos cosas, que aceptes esos defectos y sigas queriendo a tu pareja, o te des cuenta que nos es lo que parecía. Como cuando te pones a traducir tu canción favorita, que está en inglés, y te das cuenta que estabas cantando “debajo de mi paraguas, aguas, aguas”. Siempre me acordaré cuando traduje la frase “I feeling in my fingers…..”, siempre  ponía esa canción cuando editaba en video las bodas de mis amigos, que vergüenza!!!, no lo volví a hacer… Está claro que en este caso te conviertes irremediablemente en “EX”. Por supuesto que también hay personas que, aún así, siguen con su pareja, pero solo hasta que aparezca alguien que lo sustituya, esos son los peores, porque en el lapso de tiempo que no han encontrado a nadie se hacen la vida imposible. Me sucedió un caso parecido, lo malo para mí es que tardé año y medio en conocerla, lo bueno para ellos, mi ex-novia y el sustituto, es que solo tardaron 3 meses -quizá me alegré un poco-. De todo se aprende.

Lo que me deja realmente anonadado son las parejas que están juntas desde que tenían 15 años. Cómo es posible que lleguen a los 30 y sigan queriéndose. Creo que las personas evolucionamos de forma distinta, ya sea por los estudios que cursemos o por las relaciones sociales que vayamos teniendo, pero hay amigos que a los 15 años comparten intereses, aficiones etc, pero cuando tienen 30 años no tienen nada en común. Si esto lo extrapolamos a una relación de pareja, creo que sería increíble que siguiesen juntos. Pues esas relaciones “haberlas haylas”, como las meigas, sin ir más lejos, tengo unos amigos que llevan desde los 16 años juntos y son tal para cual, me recuerdan un poco a Chandler y Mónica de “Friends”. Pero creo que son de los pocos que han crecido juntos y han ido por el mismo camino. Lo normal es que cada uno crezca de una manera y su forma de pensar vaya en diferentes direcciones.

El otro día viendo una película, de cuyo nombre no puedo acordarme, había una escena en la que el protagonista le contaba a un amigo que en la vida hay ciclos de 5 años, en ese tiempo te das cuenta que eras un imbécil -esta no era la palabra exacta, pero dejadme que me tome la licencia de cambiar el adjetivo por si este blog lo leen niñ@s-. No le quito razón, pues siempre lo he pensado, aunque mi ciclo varía, a veces incluso de un año para otro. Por eso es bueno echar la vista atrás en tu vida y en tus relaciones, así conseguirás ver todo desde todos los ángulos posibles, a lo mejor te das cuenta que eres imbécil, o quizás veas que eres un gran tipo, pero merecerá la pena comprobarlo. Seguramente me comporte como un cobarde y no vuelva a leer este blog, no quiero que se me quiten las ganas de seguir escribiendo. Pero lo que sí haré siempre es seguir viendo la vida desde todos los puntos de vista que pueda, porque creo que es el mejor modo de tomar las decisiones correctas, aún así me equivocaré…. nadie es perfecto después del primer año.

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¿CocaCola o Pepsi?

Siguiendo con mis disyuntivas alimenticias, hoy me ha invadido una pregunta: ¿CocaCola o Pepsi?  Toda la vida he bebido CocaCola; ¿Por qué? ¿Qué tendrá la CocaCola que ha todo el mundo le mola? Perdón, me dejé llevar y me he confundido, eso era la “Bola de cristal”.

Quizás sea por sus anuncios. ¿Os acordáis de esas masas humanas que cantaban, se abrazaban y se querían en mitad de un campo idílico? Todo era posible si bebías CocaCola, paz, amor… y el plus pa´l salón. Aunque en la época de los 80 eran mejores los anuncios de Pepsi. Hicieron el mejor fichaje posible: Carlton Banks. No me he vuelto loco, sé que todavía no existía  tan entrañable personaje encarnado por Alfonso Ribeiro. Con solo 13 años, aunque por su baja estatura aparentara 10, bailaba imitando a Michael Jackson mientras se refrescaba con la famosa bebida (http://www.youtube.com/watch?v=po0jY4WvCIc). Bueno, está bien, no hace falta ponerse así, el gran fichaje de Pepsi en 1984 fue Michael Jackson, pero en los 90 se vendieron muchos refrescos gracias a “cara-cartón”. A pesar de todo esto, en Europa se bebe más CocaCola que Pepsi, es más, el desconocimiento de la segunda llega hasta tal punto que en muchos lugares no saben ni pronunciar su nombre: dicen “Pesi”, o algo parecido. Para más información podéis preguntar a Fernando Torres.

He de reconocer que los anuncios de CocaCola han mejorado mucho, sobretodo desde que hicieron uno de los más originales. Todos recordaréis aquella voz en off  argentina diciendo: “para los gordos, para los flacos, para los altos, para los bajos, para los optimistas, para los pesimistas, etc… para todos… los adictos” (http://www.youtube.com/watch?v=SGGIxy981ew).  Lo último es cosecha propia, pero no me negaréis que la CocaCola es adictiva, en mi caso todavía me estoy quitando, seguro que Extremoduro hablaba de la CocaCola en su canción. No cabe ninguna duda que ese anuncio fue un punto de inflexión para los futuros spots de CocaCola, y creo que la culminación a esta originalidad fue el anuncio que hablaba de la generación de los 80 (http://www.youtube.com/watch?v=dPr421a-re4).  Ya me han llamado señor, he llevado rodilleras, y me encanta recordar que inventamos “guay”, “tope guay”, “super guay”, “guay del paraguay”… guayomini… Que tiempos aquellos cuando Eurovisión lo veían todos los españoles. Y no puedo acabar sin mencionar el anuncio de CocaCola en el que salía Matt Leblanc, “Joey” en la serie Friends (http://www.youtube.com/watch?v=UqenpPn1Ihw). ¿Qué narices hacía en medio del desierto, cogiendo del letrero la CocaCola, y subiendo a un autobús todo repeinado después de habérsela bebido? Eso si que es ciencia-ficción de la buena.

Ha llegado un momento en el que la CocaCola ha dado nombre al refresco de Cola. Es muy común ir a un bar, pedir una CocaCola y que nos digan: “tenemos Pepsi”, pero en realidad nos da igual. Por eso, por “cara-cartón” y porque tengo la esperanza de bailar como Michael Jackson algún día, me he cambiado a la Pepsi, me gusta ir contra corriente. Debería hacer lo mismo con Microsoft, pero los “Mac” son demasiado caros.

PD: como bailar como M.J. va a ser muy complicado, me conformo con hacerle una canción. Se llama “Peter Pan” (http://www.myspace.com/372635217/music/songs/Peter-Pan-68953287).

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¿Por qué ahora los huesitos saben distinto?

El otro día, mientras me comía un huesito, estaba pensando en cómo veía la vida cuando era un niño. En todas esas sensaciones que hacían que la cosa más nimia fuese especial. Los nervios que pasaba esperando a que llegara la hora de ver “Bola de dragón” deseando saber si Goku conseguía las dichosas 7 bolas o aprendía a realizar la “onda vital”, la fascinación que sentía por los “Caballeros del Zodiaco” y sus armaduras de oro, la alegría que sentía cuando mi padre me llevaba al parque, la emoción que me invadía en el cine cuando salía el anuncio de “movierecord” y sus luces de neón, y cómo disfrutaba con mis “playmobil” imaginando que estaban librando una batalla crucial para nuestro planeta. Todo eso, y mucho más, lo vivía de otro modo, con imaginación y una pizca de ingenuidad. Por supuesto, nunca voy a reconocer que veía “Candy Candy”, ni que lloré viendo “Marco”, eso lo hacía un chico que conocía del colegio.

Cuando recuerdo los “Playmobil” se dibuja una sonrisa en mi cara. Disfrutaba muchísimo con ellos y, como todo niño, tenía a mi preferido, el héroe, al que siempre se recurría cuando la batalla estaba perdida y había que salvar a la chica. Pero eso ha cambiado, los niños de antes teníamos “Playmobil”, los niños de ahora tienen una “Play” y un “Móvil”, con todo lo que eso conlleva. Un día vi a dos niñas jugando en un parque -hasta aquí todo normal- pero cada una estaba con una videoconsola e iban comentando las pantallas que se pasaban. Algo está fallando, pero no seguiré con este tema, no quiero parecer un viejo gruñón.

Recuerdo que era capaz de levantarme a las 7 de la mañana de un Sábado para ver la película de “Popeye” protagonizada por un desconocido Robin Williams. Para mí era todo un acontecimiento: “¡La película de Popeye!”, mi hermano y yo estábamos entusiasmados con la idea de levantarnos a verla. Nunca me paré a pensar en el hecho de que la pusiesen tan pronto, ahora tengo claro que nadie en su sano juicio se levantaría a esas horas para ver semejante bodrio.

Pero quiero volver al origen de todos estos pensamientos -sin hacer girar la peonza de Leonardo Dicaprio-, el huesito que me estaba comiendo. Me tomaréis por loco, pero no sabía igual. No lo recordaba con esa textura, aunque cuando era pequeño dudo que supiese qué era la textura en un alimento, ni recordaba el ardor que tuve en el estómago cuando lo acabé. Era como si no fuese un huesito y se hubiese convertido en una chocolatina más del montón. Era una sensación parecida a cuando volví a probar el “palulu”, antes era un pequeño manjar, cuando me lo daban parecía el niño del anuncio de IKEA (¡un palo!¡un palo!), ahora solo veía un palo de madera. No sabía si era yo el que había cambiado o era el “Huesito”, así que decidí probar uno de mis bollos preferidos de la infancia, el “cuerno”. Pero solo hizo crearme más dudas, porque, como todos sabemos, el “cuerno”estaba relleno de un sabroso chocolate líquido que, además de estar delicioso, caía una y otra vez sobre nuestras camisetas de naranjito. Ahora ese chocolate había desaparecido y lo habían cambiado por otro parecido a la nocilla pero sin llegar a ser tan bueno, es más, empalaga una barbaridad. Estaba claro que el “cuerno” había cambiado.

En conclusión, todo cambia -nosotros, los huesitos, el cuerno-, pero esas sensaciones siempre permanecen en nuestra memoria, y en ocasiones, un simple huesito puede hacer que volvamos a ser los niños que fuimos un día.

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Carta para los Reyes Magos

Hola majestades, este año solo escribo a Melchor y a Gaspar porque mi padre me ha dicho que Baltasar está en la puerta del supermercado, que necesita ahorrar.  Hoy le he visto cuando he ido a la compra con mi madre, y ya le he pedido un juego de la Playstation 3. Me ha dicho que no lo tenía pero que, si quería, podía ir a la Puerta del sol los Martes y los Jueves y así elegir entre todos los juegos que tiene en su alfombra. Debe ser mágica porque, además de tener juegos de videoconsolas, mi padre dice que vuela cuando viene la policía. Mi madre se enfadó mucho cuando me vio hablando con Baltasar y me llevó a casa, pero que conste que no he sido malo.

Mi madre me ha dicho -ella siempre me está diciendo cosas, es muy pesada- que no os pida muchas cosas porque, con la crisis, no estáis pasando por un buen momento. Pero como ella siempre me da todo lo que le pido, probaré con vosotros y os pediré una bicicleta, la Xbox porque con la Playstation 3 no tengo suficiente, un móvil con internet y un chandal nuevo, y para mi padre, una Nintendo DS, porque últimamente se pasa todo el día en casa y no puedo ver la tele. Para él todos los días son Domingo, y si no se pasa todo los Lunes al sol. Ya sé que son muchas cosas, pero le he dicho a mi hermana que este año no os mande la carta y que yo os pediría sus regalos. Pero como lo estáis pasando mal, no os pediré más cosas, soy así de generoso. Ya le dejaré jugar conmigo al juego que me dé Baltasar. Cuando ella sea mayor lo entenderá.

Espero que el año que viene hayáis solucionado vuestros problemas para poder pediros más cosas, y para que mi hermana os pueda escribir.

Felices Fiestas.

Daniel.

PD. Por cierto, mi madre dice que la crisis también les afecta a ellos, así que, cuando vengáis a dejar los regalos, no os comáis el turrón y los polvorones. Mi madre no puede comprar más y a mí me gustan mucho.

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Lluvia (continuación)

 
 Esa cafetería tenía ese olor característico, mezcla de fritanga y chocolate pero aderezado con un toque de alcohol, puesto que eran las 7 de la mañana del Domingo y la cafetería estaba a rebosar de gente que no era madrugadora precisamente. Aunque sí parecían algo enfermos. Debía ser la fiebre del sábado noche.

Puede sonar a tópico pero, allí sentado, entre tanta gente, me sentía terriblemente solo. De todas formas esa sensación no duró mucho porque los de la mesa de al lado hicieron que me sintiese como parte de su conversación, puesto que hablaban para que todo el bar les escuchase. Sin lugar a dudas lo estaban consiguiendo. Posiblemente era el efecto causado por haber pasado toda la noche escuchando música a un volumen brutal – como el disco de Barón Rojo -. Aunque no fuera muy apropiado, no tuve más remedio que escuchar lo que decían. Así estaría entretenido durante un rato y no dejaría volar mis pensamientos hasta sitios insospechados.

Se notaba que estaban algo bebidos -es un eufemismo,  estaban borrachos como cubas- o por lo menos eso quería pensar. Eran dos chicos y una chica. Ella estaba hablando sobre la frustración que sentía porque los hombres no le apreciaban por su interior. Para dar peso a sus argumentos se dedicaba a enseñar su cuerpo a los dos chicos, y a cualquier persona del bar que la mirase, con la excusa de enseñar algún tatuaje.  Conmigo había conseguido lo que quería, que la apreciase por su interior. Aprecié las palabras vacías que solo buscaban el piropo fácil de sus dos acompañantes babeantes, que por supuesto decían que sí a todo con la esperanza de intercambiar más que palabras con ella, y su propia satisfacción. Aprecié sus temas de conversación, perdón por la confusión, su tema de conversación. Y por supuesto, aprecié en ella a la chica con la que nunca querría estar, a pesar de sus maravillosos tatuajes. En definitiva, alguien con mucho qué decir sin decir nada.

Hubo un momento en el que creí ver lo que estaba pasando, uno de los chicos creía tener posibilidades con ella. ¿Cómo lo deduje? Pues me quedó bastante claro cuando empezó a emular a su partenaire femenina y se quitó la camiseta para enseñar sus músculos. No lo hizo porque sí, la chica estuvo especialmente convincente para conseguir que lo hiciese. Solo tuvo que rozarse un par de veces y enseñarle un par de tatuajes -la verdad es que hacían buena pareja-. El otro chico miraba la escena con una sonrisa algo maliciosa, como si estuviese saboreando el momento. Y así era, llegó el momento de descubrir su as en la manga. Se levantó y dio un beso en la boca a la chica, por supuesto, ante la mirada atónita del musculitos. Este, con cara de pocos amigos, hizo ademán de irse, pero el supuesto novio de la chica le dijo que se quedase. Me imagino que el musculitos se sentía estafado y el novio no paraba de decir que él no le había mentido y que le consideraba un amigo -otra vez la cantinela de siempre, esa exaltación de la amistad en un día de borrachera-. En fin, que después de hacerle chantaje emocional, la parejita consiguió que el musculitos se quedara. Y cuando creía que ya no iba a haber más sorpresas, la pareja vuelve a darle la vuelta a la tortilla y le dicen que todo era broma, que no son pareja. Cualquier persona normal, o sobria, se habría ido, pero este chico debía ser boxeador, encajaba muy bien los golpes. Se quedó para ver como le volvían a decir que le consideraban un amigo y bla bla bla… La chica me vio mirando y se acercó. No es difícil saber lo que hizo, empezó a decirme que si lo que estaba mirando me gustaba, y su amigo -después novio y en esos momento amigo de nuevo- empezó a poner cara de pocos amigos. Me di cuenta que yo iba a ser el nuevo bufón para la parejita y decidí irme sin decir nada. Ya tenía bastantes problemas como para buscarme uno nuevo.

¿Qué le estaba pasando al mundo? ¿Tan aburrida es la vida que tenemos que hacer daño a los demás para sentirnos bien? Todo lo que me había pasado esa noche me hizo pensar. Decidí que no iba perder un segundo de mi vida en auto compadecerme. Quería hacer algo que me llenara y eso no pasaba por tener el mejor coche, la mejor casa, la mejor novia ni la mejor vida. John Lennon dijo: “La vida es lo que pasa mientras te empeñas en hacer otras cosas”, pues me iba a empeñar en vivir mi vida preocupándome de lo realmente importante y no ser una marioneta. Y si no lo consiguiese, por lo menos sería una marioneta pensadora.

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Lluvia

La lluvia caía a mi alrededor pero no sentía nada, ni frío ni calor, absolutamente nada. ¿Por qué me sentía así? Era como si el agua cayera a mi alrededor sin tocarme, sin mojarme, como si estuviese en una burbuja que me protegía de toda aquel agua que caía y de todo aquel mundo que me rodeaba. Un mundo que veía tan negro como el cielo, tan cerrado como las nubes y tan triste como yo. Posiblemente ese color me recordaba a su pelo, o simplemente me recordaba mi estado de ánimo. ¿Por qué mi mente no podía pensar en otra cosa? ¿Por qué no podía huir de esos pensamientos? Quizás era pronto para olvidar, o quizás no olvidaría nunca, pero aunque no olvides, el dolor pasa y llega un momento en el que esos recuerdos ya no duelen tanto. Ese dolor permanece, pero muy lejano, como si atormentase a otra persona. Pensándolo mejor, creo que hay dolores que no permanecen, simplemente los ves con otra perspectiva, desde otro punto de vista, y se convierten en un simple recuerdo que te hace sentir cosas que en el fondo no duelen. Es muy común escuchar que las cosas que duelen es mejor no olvidarlas porque te dan experiencia y forjan el caracter. Pero, si me lo permitís, prefiero ser un ignorante -en esto estaría de acuerdo conmigo Sócrates- y no recordar esas ocasiones en las que me han hecho daño, como me pasaba en ese momento. Dicen que un dolor desaparece cuando te invade otro mayor, debía ser por eso por lo que no me di cuenta del frío que estaba pasando mi cuerpo empapado. Llevaba horas caminado y no sé en qué momento decidí resguardarme de la lluvia. Entré en una cafetería, la única que encontré abierta a esas horas, y me senté a tomarme una taza de chocolate caliente para ver si así mi ánimo conseguía levantarse un poco.

Para las horas que eran la cafetería estaba a rebosar. Me senté en la única mesa libre y desde un primer momento supe que no había sido una buena idea.

Continuará….





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