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Grita pero bonito

Siempre se ha dicho que todo depende de según cómo se mire… todo depende. Hoy nada depende de nada, hoy quiero gritar porque se ha ido una persona que solo transmitía optimismo -y eso en estos días se necesita más que nunca-, alegría y buen rollo. Todos, o la mayoría de nosotros, le conocimos como artista con la historia de una flaca mulata habanera que no regalaba sus besos, esta podría ser la canción favorita de muchos, yo me quedo con Grita, un canto a la amistad y a la empatía. Por esta canción me ganó, la aprendí, la canté y la grité. Gracias a esa canción, supe que un amigo de verdad te escucha y comparte tus penas al igual que tus alegrías.

Muchos dirán que tus canciones son simples, no voy a discutir sobre ello, porque siempre he pensado que en la simplicidad también hay belleza. Incluso cuando hablaste de un amor no correspondido, había belleza. Con Agua aprendimos a no enfadarnos aunque no nos quieran, a fluir como el agua y, aunque haya sed, que el agua corra, poner distancia y cantar Bonito celebrando volver a nacer cada día.

Este es mi humilde pequeño homenaje a un artista que me dio mucho, un artista con el que me hubiese gustado charlar, que se ha ido con una sonrisa y enseñándonos lo maravillosa que es la vida. Cuando escuché sobre su enfermedad quedé estupefacto, al escuchar cómo lo explicaba, me invadió una tranquilidad que no esperaba, vi su entereza y supe que había vivido como había cantado, con alegría.

Hoy te hice caso, desde ayer escucho tu voz diciéndome: suéltate ya y cuéntame, que aquí estamos para eso, pa’ lo bueno y pa’ lo malo, llora ahora y ríe luego. Así que me he puesto a escribir para gritar que la vida es dura, pero personas como tú hacen que sea bonita. Dejo, con mucho dolor, su último canto a la vida, Eso que tú me das, dedicado a su hija. Voy a comenzar a reír.

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Pequeñas historias de cuarentena sin importancia III

No se acuerda de las semanas que han pasado ya. Este nuevo mundo convierte el tiempo en algo difuso difícil de cuantificar. Iván está varado en su casa, con Julia, su hija, Paula, de 17 años -Iván no era su padre, pero cada día que pasaba sentía que se acercaba a ser merecedor del título- y el pequeño Jon, nacido hacía ocho años. Los cuatro llevan el confinamiento bien, aunque la desgracia más nimia, puede desencadenar la mayor de las tormentas. En alguna de ellas, siente la necesidad de coger un velero, una camisa, un pantalón vaquero y una canción1, y salir a navegar. Leyó, en alguna parte, que esas tormentas son algo normal en situaciones de confinamiento, sobre todo en los niños. Iván cree que la situación, para su generación, tampoco era para tanto, no dejaba de pensar en aquellos que, también confinados, tenían que soportar bombardeos continuos, con el miedo de no saber si llegaría otro día, y con la esperanza continua de su llegada.

Ahora que pueden salir con el pequeño a dar paseos de una hora, Iván puede comprobar las consecuencias de la desaparición del ser humano y sus vehículos contaminantes. La visión de Madrid a lo lejos es limpia, sin esa especie de velo que se respiraba sin ser conscientes. ¿Durará? Él no lo cree, la vuelta al trabajo presencial será la vuelta de los atascos, el humo y el ruido, volverá a colocar ese velo en la silueta madrileña. Allí, en el pueblo, no se notará tanto, el aire puro es algo difícil de abandonar, ahora más que nunca. La contaminación volverá con más fuerza, pero también podría volver con timidez, si nos concienciásemos de ello. Cambiar nuestras costumbres es muy complicado, pero no imposible. Él tomó una decisión hace años, no volver a la ciudad y quedarse en el campo, con lo bueno y lo malo.

Ahora le preocupa su madre, ya pasa los 70 años y una enfermedad, como la que nos ataca, podría complicar su salud. Iván hace la compra para ella, limpia los envases y se los deja en la puerta, llama y se queda para darle un beso y una sonrisa de metro y medio, no se puede permitir otra cosa. Los abrazos se reducen a emoticonos y videollamadas. Estando tan cerca la siente muy lejos, espera que esto acabe pronto y bien. Echa de menos los cafés con su madre y Candela, su compañera de tertulias vintage.

Todo volverá, pero cómo, no lo sabe. Lo mejor es aprender de esta situación y sacar cosas positivas, no caer en los mismos errores. David Foster Wallace dijo que la tecnología e internet avanzarían de tal forma que sería tremendamente placentero sentarse solo. Antes de este virus Iván le daba la razón, ahora cree que siempre faltará algo, el contacto humano. Mientras, seguirá observando la luz enrejada que entra por la ventana del salón.

1Fragmento de la canción Un velero llamado libertad de José Luis Perales.

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Pequeñas historias de cuarentena sin importancia II

Santiago, Santi para los amigos, desde que comenzó el estado de alarma vive en un estado de semiconsciencia. Su bar, el Kamikaze, lleva cerrado ya dos meses, pero no es lo único que falta en su vida, Estefanía está en Madrid. Antes del estado de alarma se fue a su estudio del centro porque iba a tener una semana muy liada en el trabajo, así podría dormir un poco más y no tener que hacer el desplazamiento tedioso desde el pueblo. Las conversaciones tecnológicas sabían a poco, conseguía no sentirse solo mientras estas duraban, pero al finalizarlas, el silencio y el vacío inundaban el salón. Se podría pensar que viviendo en el campo era una persona afortunada, pero ver la naturaleza y no poder disfrutarla, le consumía. Cuando iba al supermercado las calles estaban abandonadas, le daban ganas de gritar: ¡¿hay alguien?! Como hacía Cillian Murphy en 28 días después.

Los días se planifican con calma, el estrés del día a día ha mutado a otro tipo de estrés, más tenso e irracional, nos marcamos pautas y metas para mantenernos ocupados -aplausos, caceroladas, conciertos vecinales, distancia de seguridad, compras distópicas, limpieza, juegos, Netflix, móvil, etc…- Santi, además de todo esto, tiene la necesidad de trabajar, lo ha hecho desde que tenía 16 años y este ostracismo le agobia y consume. Ha escrito ya varios listados de cambios que quiere realizar en el bar, ha ordenado los libros de casa por orden alfabético, los discos por estilo musical, las toallas y las camisas por colores, los calcetines por el tamaño de los tomates… Una lista interminable de tareas que en situaciones normales ni las habría pensado.

Ahora puede salir a ciertas horas, y las aprovecha para caminar por algún camino menos repleto de personas, los vecinos abarrotan las calles a las horas indicadas y es difícil guardar las distancias, aunque eso, en un pueblo pequeño, siempre es difícil. No les culpaba, salir era un premio para todos, pero también una obligación. La soledad es tecnológicamente soportable, pero Santi echa en falta la cercanía, el tú a tú, o el vis a vis, teniendo en cuenta el encierro preventivo, que aunque necesario, encierro al fin y al cabo.

Ir a caminar es un momento de calma para él. Sus pasos hacen crujir la hierba que ha crecido en sitios donde el ser humano no permitía. Animales que creía desaparecidos, por su mudanza forzosa, han reaparecido por los alrededores de su casa; una especie de reconquista animal. Ahora, sentarse en lo alto de la colina y observar su pueblo, el horizonte y las olas en la hierba, le transmite la serenidad que necesita. Comprende que toca esperar para reencontrarse con sus amigos y familiares. Iván siempre le dice que la próxima ola vendrá repleta de abrazos, sonrisas y buena compañía.

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Pequeñas historias de cuarentena sin importancia

Estefanía se ha levantado temprano un domingo. Su vida se ha vuelto más rutinaria desde que se confinó en su pequeño estudio del centro de Madrid. Ha decidido que saldrá a correr ahora que lo permiten, necesita salir y el no haber hecho deporte en años no es impedimento. Nadie le puede culpar.

Coge sus deportivas, las desempolva, las ata y comienza a bajar las escaleras de su edificio. Ya en la calle, estira sus músculos aletargados, todavía algo dormidos preguntándose qué pasará, que misterios habrá, todavía es de noche. Cuando sus zapatillas oxidadas golpean el asfalto, un sonido con eco llena las calles en calma. Todavía no ha salido el sol mientras Estefanía se siente atraída por la ciudad vacía, esta le invita a perderse por sus engranajes oxidados. Al doblar una esquina, ve a un matrimonio de ancianos observando su carrera, el marido abraza a su esposa y los dos miran con anhelo su carrera. Su mirada transmite miedo a lo desconocido, salir es un deseo peligroso para ellos.

Todo parece nuevo, una visión de calles desiertas que nunca ha vivido. Antes de esta situación, se encontraría con algún alma festiva volviendo a su casa tambaleante, quizás descargando sus penas y fracasos sobre la acera. Echó en falta a Lolo, un hombre sin hogar que siempre dormía en la puerta de una caja de ahorros abandonada desde 2009.

Su cuerpo comienza a protestar, no entiende por qué se le está castigando tanto después de semanas de encierro y Netflix, después de semanas recorriendo un triángulo vital de confinamiento: sofá, cocina y baño, con visitas esporádicas a la cama que a veces estaba demasiado solitaria.

Algunos dirán, claro, ahora todos salen a hacer deporte, y no les falta razón, lo que les falta es empatía, solidaridad y comprensión. En esta vida nunca se acierta para todos, lo importante es acertar para uno mismo respetando a los demás. Si quieres correr, corre, si quieres caminar, camina, si quieres montar en bicicleta, patinete o monociclo, hazlo, pero siempre con un metro y medio de respeto y, por qué no, alegría, que hace falta.

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El increíble hombre, menguado y silencioso, en busca de una camiseta

Erase una vez, o dos, un hombrecillo triste, decaído, anodino, que iba a trabajar todos los días en silencio, tan en silencio que su tarjeta al fichar no se oía, tan anodino que su voz se apagaba antes de empezar. En el trabajo pasaba desapercibido, era una sombra más de la oficina, nadie sabía cómo era su vida, lo que pensaba, lo que anhelaba. Sus días pasaban consumiendo horas en su escritorio, con papeles, grapadoras que no funcionaban y el celo. Ese celo que ponía en todo lo que hacía, pero nadie conocía. Un perfeccionista nato, español nativo, europeo de adopción, que no se levantaba de su sitio sin haber acabado la tarea. Su mirada no se apartaba de la pantalla en 8 horas salvo para mirar a una persona, en realidad, más que a una persona, lo que miraba era su camiseta y el aura que le transmitía su compañero de trabajo con aquella vestimenta.

Pasaban las semanas y empezó a obsesionarse con esa camiseta, hasta tal punto que, extrañamente, vio cómo su compañero la llevaba puesta todos los días. ¿Lo haría para darle envidia?¿Había descubierto su obsesión por aquella camiseta y se la mostraba cada día para que viera su sueño inalcanzable? Nuestro hombrecillo pensaba que si poseyera esa prenda conseguiría también su aura y así no pasaría desapercibido en la oficina, y lo que es más importante, en su vida.

Un día salió pronto del trabajo, y recorrió la ciudad buscando su aura. La encontró en una tienda, esa camiseta deseada colgaba de un estante, paciente, esperando que unas manos la eligieran. La compró y al día siguiente fue con esa camiseta al trabajo, contento, con confianza, sentía un aura a su alrededor. Sus pasos sonaban, su tarjeta emitió un pitido al fichar y sentía a la gente observando sus movimientos. Se sentó en su cubículo, sintió la silla más ajustada que de costumbre, y vio pasar a su compañero. Una inquietud invadió su alma, no llevaba la misma camiseta, la había cambiado. En ese momento no sabía si los días anteriores había sido solo su imaginación la que le hizo ver esa camiseta. Sintió que su aura desaparecía y su asiento se agrandaba, sus pasos no se oían y su sombra desaparecía.

 

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Desventuras de un galleta en el Zenit

De un tiempo a esta parte me he pasado media vida en conciertos, la mayoría de Rock, reconozco que alguno de Pop, y en todos los casos me gusta disfrutar de la música. No soy de votar, bailar, darme codazos con la gente ni nada parecido. Por eso, cuando voy a un concierto me ubico en la “zona segura”, miro a mi alrededor y me cercioro de no estar cerca de ningún espécimen con tendencia al bailoteo desenfrenado. Si tengo que colocarme un poco más atrás, no tengo ningún problema, siempre y cuando pueda oír y ver el concierto con total comodidad. Siempre he conseguido mi propósito, como diría Hannibal: “Me encanta que los planes salgan bien”, pero hubo un concierto en el que mi ritual se fue al garete en la primera canción. Un verano, unos amigos y yo, cogimos una caravana y nos fuimos a ver a Limp  Bizkit a París, concretamente al Zenit. Podéis pensar que claro, ¿cómo no te van a empujar en un concierto de los “galletas flácidas”? Pues os informo que ya les había visto en dos ocasiones y el plan salió a la perfección. En París todo fue distinto.

Como mola tío juju

Fiel a mis principios, busqué una situación que a simple vista se ajustaba a mis necesidades. Estaba a una distancia prudencial del escenario y me rodeaban un gran número de parejas, agarradas y enamoradas, esperando impacientes el inicio del show. Nada hacía sospechar que estaba en el sitio equivocado, a mi alrededor solo veía arrumacos y caricias, parecía más un concierto de Amaral que de Limp Bizkit. De repente escuché que comenzaba una intro y después una voz: “If only we can fly” , comenzaba la primera canción, “My Generation”, sonaba solo la batería con los aullidos de la masa todavía controlada, movimientos de cabeza, arriba y abajo, pero todo tranquilo, una calma tensa que explotó con el grito de nuestro amigo Fred: “My Ge- Ge- Generation”, una explosión dio paso a golpes y empujones, noté que dos manos me empujaban hacia adelante, mi cuerpo fue en esa dirección pero mi cabeza quería quedarse en el mismo sitio a causa de la inercia, estuvieron a punto de separarse. Miré hacia atrás, pensando que el empujón venía de algún energúmeno y cual fue mi sorpresa cuando ví que había sido una chica que hacía unos instantes estaba abrazando melosamente  su pareja. Ahora, esa misma chica, parecía la niña del exorcista, su cabeza parecía que quería separarse del cuerpo y, como ella, vi a todas esas parejas, antes enamoradas, ahora en éxtasis. Parecía que estaban descargando toda su ira contenida, si lo piensas es una buena terapia de pareja. De repente vi que el empujón me había llevado justo en medio de una multitud de cachas con el torso desnudo salpicando alcohol, sudor y lágrimas. Realmente las lágrimas eran mías, pensé que no iba a salir vivo de allí, pero todo lo demás era de ellos. Por suerte la canción tiene una parte tranquila,  Who gets the blame”, esa era mi señal, tenía que escapar antes de que dijese “do you think we can fly”, el tiempo que tenía eran los pocos compases que separaban esas dos frases, no quería echar a volar. Me alejé de esa marabunta jadeante haciendo el paso de moonwalker, o algo parecido, y fui a parar cerca de un grupo de chicas que no parecía que hubiesen hecho ejercicio físico recientemente, jadear no jadeaban, así que me quedé. Las debí asustar al mirarlas tan fijamente porque me miraron con cara de pocos amigos, parecía que me iban a decir “contigo no, bicho”,  me gustaría haberlas tranquilizado y explicarles que estaba buscando un lugar seguro, pero mi francés era parecido a mi japonés, nulo. Resultó que ese sitio fue al fin el correcto, pude disfrutar de la música, eso sí, salí de allí con multitud de moratones.

Fue una experiencia inquietante, pero pude vivir para contarlo, desde ese día ya solo voy a conciertos de Vestusta Morla e Iván Ferrerio. Es que cuando haces POP, ya no hay STOP.

Una pequeña muestra:

Y el vídeo original, que se escucha mejor

http://www.youtube.com/watch?v=BE9CXWV1alg
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Despertar

Con el pelo alborotado, los ojos medio cerrados y las mejillas marcadas por la sábana, me sonreías. En mi regazo te sentaste como si tal cosa, mirando al infinito, despertándote poco a poco, volviendo al mundo despacio, sin prisa, pensando en el siguiente movimiento. Comencé a acariciarte la espalda, esta dibujó una ligera curva que mostraba tu satisfacción, te volviste y me miraste a los ojos con una sonrisa que nunca olvidaré, dabas tu aprobación y a la vez me transmitías gratitud, y en ese preciso instante hiciste algo que no me esperaba, te dejaste caer contra mi pecho, me abrazaste y te quedaste inmóvil, invitándome a que continuase. En ese momento sentí algo que nunca había sentido, continué acariciándote, lo hubiese hecho de todos modos, y notaba tu paz, tu calma y tu amor. Normalmente, cuando te tenía en mis brazos me abrazabas para que no te bajase, digamos que era por interés, o por protección, o porque sencillamente no querías bajarte. Ayer fue la primera vez que me abrazaste con ternura, porque lo sentías, por devolverme el cariño que yo te estaba dando con esas caricias. Es increíble ver cómo todas las cosas que nos hacen humanos van apareciendo en tu comportamiento, aunque realmente la ternura, la gratitud, los sentimientos etc… también los podemos ver en otros animales. Creo que la forma de comunicarnos nos hace distintos, y eso es lo que cada día cambia, vas adaptándote a tu entorno, asimilando información, aprendiendo y copiando. En solo 11 meses has dado ya tus primeros pasos, tanto en casa como en la vida. Descubres un mundo distinto todos los días y te sumerges en él sin ningún miedo. Te caes en infinidad de ocasiones pero te levantas acompañando el esfuerzo con algún gruñido de protesta.

Me encantará estar contigo mientras descubres la vida, seguro que gracias a ti yo también lo haré. Verte crecer va a ser la aventura más alucinante jamás contada, filmada y fotografiada…  y si me apuras… cantada.

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Cacahuetes

El otro día estaba comiendo unos cacahuetes mientras veía la película Immortals y me puse a pensar -eso no dice nada bueno del film-, siempre cogía los cacahuetes completos, como si por estar así supiesen mejor, y los que sólo eran su mitad los comía cuando no tenía más remedio. Eso me recordó la historia de la media naranja, siempre, cuando estás soltero, te dicen que tienes que encontrar tu media naranja para, se supone, ser una naranja completa -como lo era naranjito-. Pero, ¿Por qué siempre tienen que decir eso? ¿Acaso cuando vas a trabajar eres media persona? -yo no lo diría muy alto porque, con los tiempos que corren, nos tomarían la palabra y, sin ningún tipo de vergüenza, nos pagarían la mitad del salario-. Deberíamos encontrar una naranja completa, al igual que hacemos con la bolsa de cacahuetes, cogemos el que está entero y el incompleto lo dejamos para el final.

Toda esta historia de la media naranja seguro que es invención de El Corte Inglés y Hollywood, como el día de San Valentín. Cuánto daño han hecho en este caso las películas románticas, tenéis que saber que los finales felices no existen, cuando tu novia te deja, porque cree que no eres su media naranja, y le organizas una sorpresa -la tuna cantando Clavelitos al pié de su balcón y tú con un ramo de flores esperando impaciente a que aparezca-, es seguro que te quedes con cara de tonto y empapado por el agua que ha caido inexplicáblemente desde el balcón, de ahí creo que viene la expresión: “la noticia le cayó como un jarro de agua fría”. Si no fuese así y la novia vuelve contigo, sin lugar a dudas ha cogido el cacahuete que quedaba al final de la bolsa.

Creo que todos somos ese cacahuete completo, pero en el momento en el que creemos que necesitamos nuestra otra mitad, nos convertimos en ese medio cacahuete del final de la bolsa que necesita que le completen. Ya somos completos, lo que necesitamos es ese cacahuete, naranja, langosta… que nos complemente.

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El coche como medio de expresión

Es algo intrínsico en el ser humano el querer mostrar cómo somos con nuestras posesiones, ya sea con la casa, el móvil, la ropa… siempre lo retocamos todo para mostrarnos diferentes a los demás, exclusivos, es nuestra forma de comunicarnos con el mundo sin hablar, solo nos expresamos con lo que nos rodea y nuestro lenguaje no verbal. Quizás, el máximo exponente de esta forma de comunicación sea el coche.

Todos, en mayor o menor medida, nos expresamos con nuestro coche. Al principio, nada más aprobar el examen de conducir, utilizamos el coche de nuestros padres. Empezamos poniendo un muñeco por aquí y una pegatina por allá, para que tus amigos vean que empiezas a marcar tu territorio. Si eres chico quitas todos los muñecos y chuminadas que tiene el coche de tu madre, pones la funda en el volante y la pegatina de los Rolling Stones en la parte de atrás , si eres chica dejas los muñecos o, si es el coche del padre, añades unos cuantos para crear ambiente -los muñecos son un buen sustitutivo de las velas, ya que estas son un riesgo con el coche en marcha-, además de las pegatinas de margaritas al lado de la matrícula. Pero cuando realmente nos expresamos es con la compra de nuestro primer coche. Desde el momento en que lo elegimos dice algo de nosotros, el color, la forma, la marca, todos esos pequeños detalles que elegimos para decir al mundo “aquí estoy yo”. Algunos lo primero que hacen es poner en la parte trasera el toro de Osborne con la bandera de España, “¿por qué? Porque soy eggpañol“, aunque no creo que aparezcan ahora por Cataluña con el toro por razones obvias, hay que expresarse, pero con moderación. Todos recordaréis la famosa pegatina de la discoteca “Penélope”, todo joven de los 80 tenía que llevar una, aunque no hubiesen pisado esa discoteca. He de reconocer que hubo un tiempo en el que quise tener una de esas pegatinas. ¿Había estado en esa discoteca? No. ¿Sabía dónde estaba? No. ¿Tenía edad para entrar en discotecas? No, pero daba igual, si querías molar y ser “guay del paraguay” tenías que llevarla en tu Renault 5. Como todavía no podia conducir intenté que mi padre la pusiese en su coche, con la esperanza de que algún día lo conduciría… iluso.

Más tarde se inventó el “Tuning“, eso si que es expresarse y lo demás son tonterías. Cuanto más estrafalario y más llamativo mejor, es verdad que para gustos colores, pero ¿los tienen que utilizar todos? Además se inventaron eso de llevar equipos de música en el maletero, una forma más de expresarse con la música que escuchan, esto me parece bien, pero ¿es necesario utilizar los Watios de una discoteca? Es la evolución lógica del típico personajillo que iba por el barrio con su “4 latas” y la música altísima, escuchando a Kamela, con las ventanillas bajadas para que oigamos bien -que considerado-, ya sea invierno o verano le da lo mismo, no sé que tomarán para soportar las inclemencias del tiempo. Desde aquí realizo una petición a esa clase de gente: “Subid las ventanillas, no nos interesa la música que escucháis, Cuando zarpa el amor no es un hit y cuando el altavoz distorsiona es por algo”.  Esto me recuerda a los que van en el metro con la música del movil y sin cascos, estos son la cantera de aquellos, pero no voy a profundizar en este tema porque me irrita demasiado.

No quiero terminar sin comentar algo que me parece muy curioso, seguro que os habréis fijado cuando, esperando en un semáforo, se pone al lado vuestro un “todoterreno” enorme y al conductor casi ni se le ve. Es muy común ver a gente pequeña con coches enormes, no sé si será por algún complejo por el tamaño, pero hay algunos que solo ven la carretera a través del hueco del volante. Es verdad que también hay gente que no es pequeña y lleva coches grandes, para esta clase de gente tiene una teoría mi compañera Noemí, ella dice que el tamaño del coche es inversamente proporcional al tamaño de su… cerebro, dejémoslo ahí, no sé si mi compañera habrá tenido una mala experiencia con algún todoterreno, o con algún conductor de dicho vehículo. Hay muchos más ejemplos de cómo se expresa la gente con su coche, pero no me quiero extender más. Si se os ocurre alguna os invito a compartirlo, ya sea en facebook, twitter o aquí.

Hace unos cuantos miles de años, un filósofo llamado Protágoras decía que el hombre es la medida de todas las cosas, creo que se equivocaba, la medida de todas las cosas es su coche.

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Abuelos

Recostado en el frío respaldo de un banco, viendo el mundo pasar, con la mirada perdida y la vida casi consumida. Piensas en el pasado, crees que ya no queda nada bueno por venir, quizás esperas, apoyado en tus años, que alguien quiera saber algo más de la vida porque de eso vas sobrado.

Sería una conversación larga, de esas que nunca quieres terminar, sobre los amores, los amigos, las personas… Lo que antes te parecía importante, ahora son “paparruchas” y lo que antes era algo lejano, ahora está más presente que nunca. Con tu bastón dibujas círculos en el suelo, ya ni te acuerdas de la primera vez que lo utilizaste, ahora se ha convertido en tu inseparable compañero.

Qué momentos pasabas con tus nietos recitándoles los cuentos que te inventabas, ellos te miraban espectantes, con esa cara de inocencia que vamos perdiendo cuando nos hacemos mayores, esperando que les sorprendas con cada palabra. Siempre adornabas tus fábulas con la entonación perfecta en el momento preciso, haciendo pausas en los lugares oportunos mientras tus nietos, impacientes, te rogaban que continuases. Esas tardes en el Retiro comiendo barquillos, navegando en el lago y viendo a tus nietos crecer. El tiempo pasó muy deprisa y esas tardes fueron menguando hasta desaparecer. Puede parecer triste, pero lo afrontas con entereza y comprensión, sabes que tu familia tiene que vivir su vida como  lo hiciste tú. Aunque ahora, cuando sientes la soledad, te das cuenta de lo mucho que echas de menos a tus propios abuelos, sientes esa empatía que en el pasado quedaba en el olvido. Siempre nos ocurre lo mismo, debe ser ley de vida, no nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que lo perdemos.

¿Tienes abuelos? Pues escúchalos, quiérelos, comparte tu vida con ellos, porque sin darnos cuenta, nos olvidamos de ellos y después no hacemos más que recordarlos.

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Exnovi@s

Todos sabemos lo que es tener un ex-novi@, pero las causas para que aparezca el prefijo “ex” pueden ser diversas. Hay un momento clave en todas las relaciones, quizás no sepamos cuando llega, pero es una de las causas de la mayoría de las rupturas: cuando realmente conoces a tu pareja. Ese preciso instante en el que, sin darnos cuenta, dejamos de intentar actuar como si fuéramos perfectos y comenzamos a ser nosotros mismos, con nuestros defectos y nuestras virtudes. Llegados a ese punto, solo pueden pasar dos cosas, que aceptes esos defectos y sigas queriendo a tu pareja, o te des cuenta que nos es lo que parecía. Como cuando te pones a traducir tu canción favorita, que está en inglés, y te das cuenta que estabas cantando “debajo de mi paraguas, aguas, aguas”. Siempre me acordaré cuando traduje la frase “I feeling in my fingers…..”, siempre  ponía esa canción cuando editaba en video las bodas de mis amigos, que vergüenza!!!, no lo volví a hacer… Está claro que en este caso te conviertes irremediablemente en “EX”. Por supuesto que también hay personas que, aún así, siguen con su pareja, pero solo hasta que aparezca alguien que lo sustituya, esos son los peores, porque en el lapso de tiempo que no han encontrado a nadie se hacen la vida imposible. Me sucedió un caso parecido, lo malo para mí es que tardé año y medio en conocerla, lo bueno para ellos, mi ex-novia y el sustituto, es que solo tardaron 3 meses -quizá me alegré un poco-. De todo se aprende.

Lo que me deja realmente anonadado son las parejas que están juntas desde que tenían 15 años. Cómo es posible que lleguen a los 30 y sigan queriéndose. Creo que las personas evolucionamos de forma distinta, ya sea por los estudios que cursemos o por las relaciones sociales que vayamos teniendo, pero hay amigos que a los 15 años comparten intereses, aficiones etc, pero cuando tienen 30 años no tienen nada en común. Si esto lo extrapolamos a una relación de pareja, creo que sería increíble que siguiesen juntos. Pues esas relaciones “haberlas haylas”, como las meigas, sin ir más lejos, tengo unos amigos que llevan desde los 16 años juntos y son tal para cual, me recuerdan un poco a Chandler y Mónica de “Friends”. Pero creo que son de los pocos que han crecido juntos y han ido por el mismo camino. Lo normal es que cada uno crezca de una manera y su forma de pensar vaya en diferentes direcciones.

El otro día viendo una película, de cuyo nombre no puedo acordarme, había una escena en la que el protagonista le contaba a un amigo que en la vida hay ciclos de 5 años, en ese tiempo te das cuenta que eras un imbécil -esta no era la palabra exacta, pero dejadme que me tome la licencia de cambiar el adjetivo por si este blog lo leen niñ@s-. No le quito razón, pues siempre lo he pensado, aunque mi ciclo varía, a veces incluso de un año para otro. Por eso es bueno echar la vista atrás en tu vida y en tus relaciones, así conseguirás ver todo desde todos los ángulos posibles, a lo mejor te das cuenta que eres imbécil, o quizás veas que eres un gran tipo, pero merecerá la pena comprobarlo. Seguramente me comporte como un cobarde y no vuelva a leer este blog, no quiero que se me quiten las ganas de seguir escribiendo. Pero lo que sí haré siempre es seguir viendo la vida desde todos los puntos de vista que pueda, porque creo que es el mejor modo de tomar las decisiones correctas, aún así me equivocaré…. nadie es perfecto después del primer año.

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¿Por qué ahora los huesitos saben distinto?

El otro día, mientras me comía un huesito, estaba pensando en cómo veía la vida cuando era un niño. En todas esas sensaciones que hacían que la cosa más nimia fuese especial. Los nervios que pasaba esperando a que llegara la hora de ver “Bola de dragón” deseando saber si Goku conseguía las dichosas 7 bolas o aprendía a realizar la “onda vital”, la fascinación que sentía por los “Caballeros del Zodiaco” y sus armaduras de oro, la alegría que sentía cuando mi padre me llevaba al parque, la emoción que me invadía en el cine cuando salía el anuncio de “movierecord” y sus luces de neón, y cómo disfrutaba con mis “playmobil” imaginando que estaban librando una batalla crucial para nuestro planeta. Todo eso, y mucho más, lo vivía de otro modo, con imaginación y una pizca de ingenuidad. Por supuesto, nunca voy a reconocer que veía “Candy Candy”, ni que lloré viendo “Marco”, eso lo hacía un chico que conocía del colegio.

Cuando recuerdo los “Playmobil” se dibuja una sonrisa en mi cara. Disfrutaba muchísimo con ellos y, como todo niño, tenía a mi preferido, el héroe, al que siempre se recurría cuando la batalla estaba perdida y había que salvar a la chica. Pero eso ha cambiado, los niños de antes teníamos “Playmobil”, los niños de ahora tienen una “Play” y un “Móvil”, con todo lo que eso conlleva. Un día vi a dos niñas jugando en un parque -hasta aquí todo normal- pero cada una estaba con una videoconsola e iban comentando las pantallas que se pasaban. Algo está fallando, pero no seguiré con este tema, no quiero parecer un viejo gruñón.

Recuerdo que era capaz de levantarme a las 7 de la mañana de un Sábado para ver la película de “Popeye” protagonizada por un desconocido Robin Williams. Para mí era todo un acontecimiento: “¡La película de Popeye!”, mi hermano y yo estábamos entusiasmados con la idea de levantarnos a verla. Nunca me paré a pensar en el hecho de que la pusiesen tan pronto, ahora tengo claro que nadie en su sano juicio se levantaría a esas horas para ver semejante bodrio.

Pero quiero volver al origen de todos estos pensamientos -sin hacer girar la peonza de Leonardo Dicaprio-, el huesito que me estaba comiendo. Me tomaréis por loco, pero no sabía igual. No lo recordaba con esa textura, aunque cuando era pequeño dudo que supiese qué era la textura en un alimento, ni recordaba el ardor que tuve en el estómago cuando lo acabé. Era como si no fuese un huesito y se hubiese convertido en una chocolatina más del montón. Era una sensación parecida a cuando volví a probar el “palulu”, antes era un pequeño manjar, cuando me lo daban parecía el niño del anuncio de IKEA (¡un palo!¡un palo!), ahora solo veía un palo de madera. No sabía si era yo el que había cambiado o era el “Huesito”, así que decidí probar uno de mis bollos preferidos de la infancia, el “cuerno”. Pero solo hizo crearme más dudas, porque, como todos sabemos, el “cuerno”estaba relleno de un sabroso chocolate líquido que, además de estar delicioso, caía una y otra vez sobre nuestras camisetas de naranjito. Ahora ese chocolate había desaparecido y lo habían cambiado por otro parecido a la nocilla pero sin llegar a ser tan bueno, es más, empalaga una barbaridad. Estaba claro que el “cuerno” había cambiado.

En conclusión, todo cambia -nosotros, los huesitos, el cuerno-, pero esas sensaciones siempre permanecen en nuestra memoria, y en ocasiones, un simple huesito puede hacer que volvamos a ser los niños que fuimos un día.

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¿Por qué ahora los huesitos saben distinto? por Daniel Rodríguez Lorenzo se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

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Carta para los Reyes Magos

Hola majestades, este año solo escribo a Melchor y a Gaspar porque mi padre me ha dicho que Baltasar está en la puerta del supermercado, que necesita ahorrar.  Hoy le he visto cuando he ido a la compra con mi madre, y ya le he pedido un juego de la Playstation 3. Me ha dicho que no lo tenía pero que, si quería, podía ir a la Puerta del sol los Martes y los Jueves y así elegir entre todos los juegos que tiene en su alfombra. Debe ser mágica porque, además de tener juegos de videoconsolas, mi padre dice que vuela cuando viene la policía. Mi madre se enfadó mucho cuando me vio hablando con Baltasar y me llevó a casa, pero que conste que no he sido malo.

Mi madre me ha dicho -ella siempre me está diciendo cosas, es muy pesada- que no os pida muchas cosas porque, con la crisis, no estáis pasando por un buen momento. Pero como ella siempre me da todo lo que le pido, probaré con vosotros y os pediré una bicicleta, la Xbox porque con la Playstation 3 no tengo suficiente, un móvil con internet y un chandal nuevo, y para mi padre, una Nintendo DS, porque últimamente se pasa todo el día en casa y no puedo ver la tele. Para él todos los días son Domingo, y si no se pasa todo los Lunes al sol. Ya sé que son muchas cosas, pero le he dicho a mi hermana que este año no os mande la carta y que yo os pediría sus regalos. Pero como lo estáis pasando mal, no os pediré más cosas, soy así de generoso. Ya le dejaré jugar conmigo al juego que me dé Baltasar. Cuando ella sea mayor lo entenderá.

Espero que el año que viene hayáis solucionado vuestros problemas para poder pediros más cosas, y para que mi hermana os pueda escribir.

Felices Fiestas.

Daniel.

PD. Por cierto, mi madre dice que la crisis también les afecta a ellos, así que, cuando vengáis a dejar los regalos, no os comáis el turrón y los polvorones. Mi madre no puede comprar más y a mí me gustan mucho.

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Lluvia (continuación)

 
 Esa cafetería tenía ese olor característico, mezcla de fritanga y chocolate pero aderezado con un toque de alcohol, puesto que eran las 7 de la mañana del Domingo y la cafetería estaba a rebosar de gente que no era madrugadora precisamente. Aunque sí parecían algo enfermos. Debía ser la fiebre del sábado noche.

Puede sonar a tópico pero, allí sentado, entre tanta gente, me sentía terriblemente solo. De todas formas esa sensación no duró mucho porque los de la mesa de al lado hicieron que me sintiese como parte de su conversación, puesto que hablaban para que todo el bar les escuchase. Sin lugar a dudas lo estaban consiguiendo. Posiblemente era el efecto causado por haber pasado toda la noche escuchando música a un volumen brutal – como el disco de Barón Rojo -. Aunque no fuera muy apropiado, no tuve más remedio que escuchar lo que decían. Así estaría entretenido durante un rato y no dejaría volar mis pensamientos hasta sitios insospechados.

Se notaba que estaban algo bebidos -es un eufemismo,  estaban borrachos como cubas- o por lo menos eso quería pensar. Eran dos chicos y una chica. Ella estaba hablando sobre la frustración que sentía porque los hombres no le apreciaban por su interior. Para dar peso a sus argumentos se dedicaba a enseñar su cuerpo a los dos chicos, y a cualquier persona del bar que la mirase, con la excusa de enseñar algún tatuaje.  Conmigo había conseguido lo que quería, que la apreciase por su interior. Aprecié las palabras vacías que solo buscaban el piropo fácil de sus dos acompañantes babeantes, que por supuesto decían que sí a todo con la esperanza de intercambiar más que palabras con ella, y su propia satisfacción. Aprecié sus temas de conversación, perdón por la confusión, su tema de conversación. Y por supuesto, aprecié en ella a la chica con la que nunca querría estar, a pesar de sus maravillosos tatuajes. En definitiva, alguien con mucho qué decir sin decir nada.

Hubo un momento en el que creí ver lo que estaba pasando, uno de los chicos creía tener posibilidades con ella. ¿Cómo lo deduje? Pues me quedó bastante claro cuando empezó a emular a su partenaire femenina y se quitó la camiseta para enseñar sus músculos. No lo hizo porque sí, la chica estuvo especialmente convincente para conseguir que lo hiciese. Solo tuvo que rozarse un par de veces y enseñarle un par de tatuajes -la verdad es que hacían buena pareja-. El otro chico miraba la escena con una sonrisa algo maliciosa, como si estuviese saboreando el momento. Y así era, llegó el momento de descubrir su as en la manga. Se levantó y dio un beso en la boca a la chica, por supuesto, ante la mirada atónita del musculitos. Este, con cara de pocos amigos, hizo ademán de irse, pero el supuesto novio de la chica le dijo que se quedase. Me imagino que el musculitos se sentía estafado y el novio no paraba de decir que él no le había mentido y que le consideraba un amigo -otra vez la cantinela de siempre, esa exaltación de la amistad en un día de borrachera-. En fin, que después de hacerle chantaje emocional, la parejita consiguió que el musculitos se quedara. Y cuando creía que ya no iba a haber más sorpresas, la pareja vuelve a darle la vuelta a la tortilla y le dicen que todo era broma, que no son pareja. Cualquier persona normal, o sobria, se habría ido, pero este chico debía ser boxeador, encajaba muy bien los golpes. Se quedó para ver como le volvían a decir que le consideraban un amigo y bla bla bla… La chica me vio mirando y se acercó. No es difícil saber lo que hizo, empezó a decirme que si lo que estaba mirando me gustaba, y su amigo -después novio y en esos momento amigo de nuevo- empezó a poner cara de pocos amigos. Me di cuenta que yo iba a ser el nuevo bufón para la parejita y decidí irme sin decir nada. Ya tenía bastantes problemas como para buscarme uno nuevo.

¿Qué le estaba pasando al mundo? ¿Tan aburrida es la vida que tenemos que hacer daño a los demás para sentirnos bien? Todo lo que me había pasado esa noche me hizo pensar. Decidí que no iba perder un segundo de mi vida en auto compadecerme. Quería hacer algo que me llenara y eso no pasaba por tener el mejor coche, la mejor casa, la mejor novia ni la mejor vida. John Lennon dijo: “La vida es lo que pasa mientras te empeñas en hacer otras cosas”, pues me iba a empeñar en vivir mi vida preocupándome de lo realmente importante y no ser una marioneta. Y si no lo consiguiese, por lo menos sería una marioneta pensadora.

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Lluvia

La lluvia caía a mi alrededor pero no sentía nada, ni frío ni calor, absolutamente nada. ¿Por qué me sentía así? Era como si el agua cayera a mi alrededor sin tocarme, sin mojarme, como si estuviese en una burbuja que me protegía de toda aquel agua que caía y de todo aquel mundo que me rodeaba. Un mundo que veía tan negro como el cielo, tan cerrado como las nubes y tan triste como yo. Posiblemente ese color me recordaba a su pelo, o simplemente me recordaba mi estado de ánimo. ¿Por qué mi mente no podía pensar en otra cosa? ¿Por qué no podía huir de esos pensamientos? Quizás era pronto para olvidar, o quizás no olvidaría nunca, pero aunque no olvides, el dolor pasa y llega un momento en el que esos recuerdos ya no duelen tanto. Ese dolor permanece, pero muy lejano, como si atormentase a otra persona. Pensándolo mejor, creo que hay dolores que no permanecen, simplemente los ves con otra perspectiva, desde otro punto de vista, y se convierten en un simple recuerdo que te hace sentir cosas que en el fondo no duelen. Es muy común escuchar que las cosas que duelen es mejor no olvidarlas porque te dan experiencia y forjan el caracter. Pero, si me lo permitís, prefiero ser un ignorante -en esto estaría de acuerdo conmigo Sócrates- y no recordar esas ocasiones en las que me han hecho daño, como me pasaba en ese momento. Dicen que un dolor desaparece cuando te invade otro mayor, debía ser por eso por lo que no me di cuenta del frío que estaba pasando mi cuerpo empapado. Llevaba horas caminado y no sé en qué momento decidí resguardarme de la lluvia. Entré en una cafetería, la única que encontré abierta a esas horas, y me senté a tomarme una taza de chocolate caliente para ver si así mi ánimo conseguía levantarse un poco.

Para las horas que eran la cafetería estaba a rebosar. Me senté en la única mesa libre y desde un primer momento supe que no había sido una buena idea.

Continuará….





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