Publicado en Fábula

Magnetismo estival

La tarde caía mientras las olas golpeaban las rocas de forma furiosa y contundente. Aunque era verano, en esa parte del mundo no hacía calor, por ese motivo habían ido allí Lidia y Jon con su furgoneta de doble función, era su casa y su vehículo. Aparcada junto a una pequeña playa, rodeada de rocas solitarias y acantilados gigantescos, había sido testigo de una discusión tan impetuosa como el oleaje que golpeaba la orilla. Lidia miraba su reflejo en un espejo diminuto, colgado en la puerta trasera del vehículo, con un dolor punzante. Había perdido los nervios por una situación nimia y ahora lo estaba digiriendo. Sus ojos arrepentidos se percataron de los restos de lágrimas que aún quedaban en sus mejillas y las limpió con delicadeza. Soltó su melena rubia de la goma que la recogía y se puso su sudadera favorita para estar más cómoda.

Las relaciones siempre tienen un proceso parecido, el primer año es fascinante, con conversaciones interminables, momentos íntimos que terminan en un sueño profundo y despreocupado, viajes donde todo parece la culminación de la felicidad… Pero todo tiene fecha de caducidad y la primera discusión comienza a marcar el límite de cada una de las partes implicadas. Da igual quién tenga razón, esta puede estar en posesión de cada uno o de ninguno, lo importante es que marca hasta dónde se está dispuesto a ceder, estableciendo un punto sin retorno. El amor puede ganar esas primeras batallas, pero el tiempo, las discusiones y los enfados van ganando terreno al amor idealizado de ese primer año.

Jon tenía un sabor desagradable después de la discusión con Lidia. Acostumbrado a vivir solo, nunca había llevado muy bien que le dijesen qué hacer con su ropa o sus cosas en general. Un comentario de Lidia, algo airado, sobre la ropa de Jon tirada en la furgoneta, había causado una reacción desagradable por su parte. Sentado en una silla mirando al mar, con la furgoneta a su espalda, reflexionaba sobre la discusión. Si pudiera volver atrás no habría contestado de aquella forma, los gritos habían logrado romper parte de su magnetismo y ahora se sentían un poco menos unidos. Miró la silla vacía a su izquierda y echó de menos a Lidia. El ruido de la puerta metálica le provocó un pinchazo en el estómago, los pasos de Lidia se acercaban a su espalda y él no sabía qué decir o esperar.

– No digas nada -dijo Lidia a su espalda mientras se inclinaba y le rodeaba con sus brazos-, te quiero -le susurró al oído.

Jon se sorprendió al notar una lágrima cayendo por su mejilla, su emoción era tan grande que no pudo contenerla. Jon le tomó de la mano guiándola hacia la arena y se sentaron junto al agua para ver el atardecer. El frío hizo las veces de elemento magnético y se abrazaron para calentarse mientras el día terminaba. Los motivos de la discusión ya no eran importantes, Jon sintió un escalofrío al abrazarla, Lidia exhaló un largo suspiro que aligeraba un peso invisible. Les rodeó una luz mezcla de naranjas, amarillos y violetas para despedir el día.

– Siento haberte gritado, no debí hacerlo -dijo Jon.

– Los dos nos arrepentimos. Como decían en una película, nadie es perfecto.

Fue un año de tantos, una de tantas peleas y, en definitiva, una historia de tantas.

Entrada patrocinada por Compañíaespreso, un café de cine para la oficina.

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