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Magnetismo primaveral

Lidia se despertó con el sonido de la lluvia cayendo sobre el tejado de la cabaña. Ella ya sabía que ese sonido le encantaba a Jon. Para él, la lluvia en el bosque era como una sonata natural. Las gotas creaban ritmos primigenios al golpear sobre diferentes superficies dando sintonía y armonía al bosque. Decidió despertarle con una leve caricia en la cabeza. Jon despertó con una mirada interrogante y somnolienta, ella le señaló la lluvia que se veía tras la ventana.

– Es un buen momento para hacer café y ver llover, ¿verdad? -dijo ella-.

– Eso parece -dijo entre un bostezo sonriente.

Hicieron café y salieron al jardín trasero, una zona techada les resguardaba de la lluvia para disfrutar de su olor mezclado con café y el frescor que emanaba del bosque. Lidia se sentó a la izquierda de Jon de forma simétrica, la taza en el brazo dominante de cada uno -Lidia era zurda y Jon diestro- y el brazo libre de los dos caía lacio por el borde de la silla, uno junto al otro, y poco a poco un fuerte magnetismo iba uniendo sus dos manos, un movimiento lento y constante que llegaría a la meta con una caricia de Lidia y un estremecimiento de los dos.

– Podría estar así siempre -dijo Jon.

– Creo que esa frase es muy manida y ha perdido ya su significado, al final te aburrirías -contestó Lidia. Jon se dio cuenta de su torpeza e intentó arreglarlo.

– Espera que me explique mejor -Lidia sonrió de forma cómplice esperando a que él se explicase, sabía que le había metido en un aprieto y quería ver cómo salía de él-. Antes venía a esta casa sólo y me encantaba. Sabes que estar solo nunca ha sido un problema para mí, disfrutaba de la tranquilidad de la casa y el bosque, me dedicaba a escribir, leer, escuchar música, etc… pero ahora sé que no podría disfrutarlo igual sin ti.

Lidia le miró como si él fuera la única persona que amara en el mundo. Le apretó la mano y sonrió tiernamente. Ella recordaba esos días pasados de soledad e inquietud. Tiempo atrás parecía una sirena varada en silencio, esperando a su héroe desconocido para que le librase de la soledad de su canto. Jon no era así y eso le gustaba, junto a él, paradójicamente, estaba aprendiendo a disfrutar de la soledad. ¿Qué pasaría en un futuro si la relación terminase? Ella creía que los días de sirena ya no volverían.

Mientras Jon disfrutaba de la caricia de Lidia, sentía un miedo cada vez mayor por perderla, la vida estaba llena de incertidumbre, lidiar con ella nos da la madurez que necesitamos para afrontar los desafíos, tanto en las derrotas como en las victorias. Jon, en ese instante, solo pensaba en Lidia, las derrotas ahora no eran tan amargas.

Un tímido sol buscaba una grieta entre las nubes, cuando lo consiguió comenzó a moverse entre las ramas creando sombras cambiantes. Jon cogió su cuaderno de notas ante una breve inspiración, escribió:

Veo la luz, pero no sé si podré alcanzarla. Unas veces es un resplandor que al poco se esconde entre las ramas, otras es un reflejo que ilumina las sombras.

El día despertaba por fin en mitad de una de tantas historias de amor. El bosque era testigo de un amor que crecía alimentado por la naturaleza, un café y una pequeña conversación. Ella zurda, él diestro. Ella ahora podía disfrutar de la soledad, él ya no tanto. Ella era más de ciudad, él de campo. Lidia quería estar con Jon, Jon quería estar con Lidia, un imán invisible les mantenía unidos.

Entrada patrocinada por Compañíaespreso, un café de cine para la oficina.

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Magnetismo invernal

Los días pasan y algo ha cambiado. Las hojas del suelo han desaparecido dando paso a un frío algo tibio y llevadero. Los días pasan y son más cortos mientras en el ambiente flotan ilusiones renovadas, fruto de la novedad de conocerse y amarse, fruto de un proceso químico del cerebro que filtra todos esos detalles que después comienzan a molestarnos de la otra persona, incluso el filtro funciona para uno mismo, no dejando pasar todo aquello que nos hace irritantes para otros. Para todo esto ya llegará su momento, todo en esta vida es transitorio, prepararse para ello conlleva un entrenamiento de risas, lloros, discusiones y lamentos con diferentes parejas. Jon y Lidia tenían su primera cita un sábado por la tarde. Ella quiso ser original e invitar a Jon a la mejor tarta de zanahoria al este de Chamartín. Jon no quiso discrepar y se adaptó a sus deseos, las tartas no eran lo suyo, hubiese preferido cena romántica con vino.

Semanas antes se habían conocido en accidentadas circunstancias. Ese momento dio comienzo a una conversación que llevó a un café, una llamada al trabajo de Jon para decir que estaba enfermo, otro café, y un paseo por el centro de la ciudad. Jon constató que no quería estar solo y propuso, con timidez y algo de incertidumbre, tomar algo otro día. Lidia accedió con algo de preocupación -¿estaría arrojándose a lo desconocido por el mero hecho de sentirse sola?¿No sería mejor estar sola un tiempo para centrarse en ella?-. Las dudas hicieron que ese segundo encuentro se alargase en el espacio y el tiempo, con la excusa manida de problemas de agenda. Compensaron esto con largas conversaciones a través de Zoom, Whatsapp y la ya anticuada llamada telefónica. Esto hizo que Lidia aparcase sus dudas y Jon sufriese la soledad con entereza digital y algo de Netflix.

Lidia fue caminando a la cafetería, le gustaba pasear por el barrio, las aceras amplias, los comercios abiertos y los árboles torcidos por la edad hacían que se sintiese como en casa. Jon fue en moto, disfrutaba callejeando con ella por la ciudad, y aparcó en la puerta de Mr. Carrot Cake, el lugar elegido por Lidia. Jon estaba nervioso, quería dar la mejor versión de sí mismo. Desde que esos ojos azules le miraron por primera vez, no pudo dejar de pensar en ella. Lidia repasó cada día la sonrisa que le había conquistado y recordó esos ojos tristones que sugerían una segunda cita, pero en realidad estaba cansada de mostrarse mejor de lo que era y había decidido ser ella misma en esa primera cita, sin vino pero con cafeína y mucho azúcar.

Se encontraron en la entrada, varios quiebros eligiendo la mejilla correcta precedieron un beso en los labios sin querer evitarlo. Ese primer beso se alargó con un abrazo y unos segundos de calidez que les hizo olvidar el frío tibio de ese invierno que comenzaba.

– ¿Entramos? –dijo él.

– Para eso hemos venido –dijo ella con una leve sonrisa ladeada.

Otro beso impidió su entrada, una mirada mutua a los ojos, una sonrisa de Jon que recorrió todas las partes del cuerpo de Lidia.

–¿Vais a entrar? –una voz desconocida, que intentaba entrar en el establecimiento, rompió el momento y estallaron risas nerviosas de la pareja.

– Sí, perdone –dijo Lidia cogiendo de la mano a Jon y entrando al maravilloso mundo de las tartas.

La tarde sería una de tantas y tantas otras que vinieron y se fueron, pero eso, queridos lectores, es otra historia de tantas.

Entrada patrocinada por Compañíaespreso, un café de cine para la oficina.

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