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Pequeñas historias de cuarentena sin importancia III

No se acuerda de las semanas que han pasado ya. Este nuevo mundo convierte el tiempo en algo difuso difícil de cuantificar. Iván está varado en su casa, con Julia, su hija, Paula, de 17 años -Iván no era su padre, pero cada día que pasaba sentía que se acercaba a ser merecedor del título- y el pequeño Jon, nacido hacía ocho años. Los cuatro llevan el confinamiento bien, aunque la desgracia más nimia, puede desencadenar la mayor de las tormentas. En alguna de ellas, siente la necesidad de coger un velero, una camisa, un pantalón vaquero y una canción1, y salir a navegar. Leyó, en alguna parte, que esas tormentas son algo normal en situaciones de confinamiento, sobre todo en los niños. Iván cree que la situación, para su generación, tampoco era para tanto, no dejaba de pensar en aquellos que, también confinados, tenían que soportar bombardeos continuos, con el miedo de no saber si llegaría otro día, y con la esperanza continua de su llegada.

Ahora que pueden salir con el pequeño a dar paseos de una hora, Iván puede comprobar las consecuencias de la desaparición del ser humano y sus vehículos contaminantes. La visión de Madrid a lo lejos es limpia, sin esa especie de velo que se respiraba sin ser conscientes. ¿Durará? Él no lo cree, la vuelta al trabajo presencial será la vuelta de los atascos, el humo y el ruido, volverá a colocar ese velo en la silueta madrileña. Allí, en el pueblo, no se notará tanto, el aire puro es algo difícil de abandonar, ahora más que nunca. La contaminación volverá con más fuerza, pero también podría volver con timidez, si nos concienciásemos de ello. Cambiar nuestras costumbres es muy complicado, pero no imposible. Él tomó una decisión hace años, no volver a la ciudad y quedarse en el campo, con lo bueno y lo malo.

Ahora le preocupa su madre, ya pasa los 70 años y una enfermedad, como la que nos ataca, podría complicar su salud. Iván hace la compra para ella, limpia los envases y se los deja en la puerta, llama y se queda para darle un beso y una sonrisa de metro y medio, no se puede permitir otra cosa. Los abrazos se reducen a emoticonos y videollamadas. Estando tan cerca la siente muy lejos, espera que esto acabe pronto y bien. Echa de menos los cafés con su madre y Candela, su compañera de tertulias vintage.

Todo volverá, pero cómo, no lo sabe. Lo mejor es aprender de esta situación y sacar cosas positivas, no caer en los mismos errores. David Foster Wallace dijo que la tecnología e internet avanzarían de tal forma que sería tremendamente placentero sentarse solo. Antes de este virus Iván le daba la razón, ahora cree que siempre faltará algo, el contacto humano. Mientras, seguirá observando la luz enrejada que entra por la ventana del salón.

1Fragmento de la canción Un velero llamado libertad de José Luis Perales.

Entrada patrocinada por Compañíaespreso, un café de cine para la oficina.

  Pequeñas historias de cuarentena sin importancia III by Daniel Rodríguez Lorenzo is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License. Creado a partir de la obra en www.marionetaspensadoras.wordpress.com.

Autor:

Hablar sobre uno mismo siempre es complicado, la visión que uno tiene es subjetiva y para nada parecida a cómo te ven los demás. Puedo decir que me gusta el cine, la música y los libros. Eso rodea la vida que comparto con familia y amigos. No puedo añadir nada, el resto que lo digan los demás.

2 comentarios sobre “Pequeñas historias de cuarentena sin importancia III

  1. Creo más en la visión de Iván que en la de David Foster Wallace. Y me ha encantado la mención de ma canción, como una de las mayores señas de libertad!

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