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Pequeñas historias de cuarentena sin importancia V

María vivía sola en su piso de la calle Doctor Esquerdo, en Madrid. Disfrutaba de esa soledad, hacía mucho tiempo que había decidido no tener familia, nunca quiso y fue la mejor decisión. Mientras leía un libro a la luz de su lámpara de Ikea, recordó a Iván. Disfrutó mucho con él, tenían muchas cosas en común; la música, los libros, viajar… pero ella siempre supo que no podía darle el futuro que él quería. Tener hijos, formar una familia, la rutina, el coche grande y el perro no iban con ella. No se arrepintió de romper la relación, pero sí lamentaba la forma en que lo hizo. Debería haberlo hecho antes de conocer a Emilio, hubiese sido menos doloroso. Siempre que uno echa la vista atrás, encuentra esos momentos en los que las decisiones cambian el rumbo de la historia, intersecciones vitales que te llevan por caminos separados que en ocasiones se pueden volver a cruzar. Iván, Emilio, amigas y amigos se encontraban en caminos separados por el tiempo y la distancia. Los recuerdos y las sensaciones eran lo que quedaba.

María disfrutaba del tiempo en cuarentena, estaba leyendo mucho más y viendo películas aparcadas en el mueble del salón desde hacía años. Un día que se atrevió a ver las noticias, tuvo el impulso de ver una película, La jauría humana. La figura de Marlon Brando, como garante de la ley ante una masa enfervorecida que quería divertirse cazando a un ser humano, le encantaba, pero la película le recordaba el mundo en el que vivía, su degradación moral sigue en expansión, parece difícil detenerla, al igual que el cambio climático. Cambiar las cosas es siempre un deseo, pero, aunque ese cambio tiene que empezar por uno mismo, si se hace solo, no sirve para nada.

La soledad le gustaba, pero eso no era contradictorio con querer abrazar a las personas cercanas, y preguntarles qué tal estaban a menos de metro y medio. El teletrabajo ocupaba mucho la mente, más tiempo del horario laboral estipulado, pero cuando llegaba la calma de un día ajetreado delante del ordenador, los pensamientos aparecían de golpe, mezclados, impacientes y aglomerados por querer salir. Desgranarlos y procesarlos requería una copa de vino, Ben Harper, en el equipo de música, y mucha paciencia. Su mente seguía pensando en esas decisiones, María nunca se arrepintió de ellas, porque todo, mirado con el paso del tiempo, es mejorable, y ella prefiere no ceder al arrepentimiento, este solo produce dolor. Las decisiones tomadas son la sabiduría del futuro, sabes dónde te equivocaste, aprendes de ello y vas a otro lugar a comenzar de nuevo.

A veces, como diría Ben Harper, solo tienes que caminar lejos para dirigirte a la puerta. María seguía buscando esas puertas donde vivir y ser feliz, sin arrepentimientos, reproches ni dramas.

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Pequeñas historias de cuarentena sin importancia V by Daniel Rodríguez Lorenzo is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License. Creado a partir de la obra en www.marionetaspensadoras.wordpress.com.

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Pequeñas historia en cuarentena sin importancia IV

Las horas nocturnas son cortas, Julia necesita tiempo para ella. Lleva varios días con la idea de escribir algo, una fábula, un relato corto o cualquier cosa que le pase por la cabeza. Esta noche ha decidido que escribirá lo que siente. En una situación como esta, las sensaciones eran nuevas y extrañas, quiere expresarlas con palabras y así, de alguna manera, desahogarse. Iván estaba ya dormido, su respiración acompasada le da una idea para comenzar:

Atrapado por su almohada, se acompasa lento mientras surge un sueño, no es ella la que aparece y comienza a pensar que todo acabará bien. Las horas desgastadas se difuminan intentando volver a creer, oye un tren que pasa y siente que puede subir a él. Ve la puerta entornada, desde las vías, e ignora lo que puede esconder. Piensa que la vida solo pasa, se decide y siente miedo al subir, pero ahora realmente cree que todo acabará muy bien. Mira por la ventana mientras las vidas pasan a gran velocidad. Su mirada dibuja un atardecer lejano y se resigna al recuerdo de su piel, pensando que todo acabará bien.

Julia deja el lápiz en la mesa y mira por la ventana, la oscuridad invade el jardín de la casa, pero se ven luces que muestran las vidas ajenas. Le viene a la memoria la frase de una canción de Xoel, vivir es aprender a ver en la oscuridad. En esta situación, piensa que hay que aprender a vivir de manera diferente, adaptarse, y, cuando la luz vuelva, estaremos más preparados.

Una persona apareció en su mente, Candela, su compañera de mus infatigable. Todas las semanas se pasaba por su casa para llevarle la compra, así Candela no salía y se exponía al virus. Julia llevaba tiempo preocupada por ella, hace poco notó cómo su habitual lucidez había menguado, pero toda esta situación le había cogido por sorpresa y no pudieron ir a la cita que tenía Candela con su neurólogo. Julia es consciente ahora de lo terrible que es el paso del tiempo. Tiene muy presente las conversaciones que siempre había tenido con Iván sobre la vida y la muerte. Ahora, en la madurez, está más presente en el día a día, a su alrededor ve amigos y familiares apagándose poco a poco. Antes, era solo algo lejano que guardaba en un rincón de sus pensamientos, no dejándolo salir para que perturbase sus días. Julia piensa que, quizás, no tenía que haber apartado a la muerte de sus pensamientos, porque, es verdad, vivir es aprender a ver en la oscuridad… del futuro, para disfrutar mejor del presente.

Cierra el bloc donde había escrito, suspira, mira a Iván y sonríe.


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Pequeñas historias de cuarentena sin importancia III

No se acuerda de las semanas que han pasado ya. Este nuevo mundo convierte el tiempo en algo difuso difícil de cuantificar. Iván está varado en su casa, con Julia, su hija, Paula, de 17 años -Iván no era su padre, pero cada día que pasaba sentía que se acercaba a ser merecedor del título- y el pequeño Jon, nacido hacía ocho años. Los cuatro llevan el confinamiento bien, aunque la desgracia más nimia, puede desencadenar la mayor de las tormentas. En alguna de ellas, siente la necesidad de coger un velero, una camisa, un pantalón vaquero y una canción1, y salir a navegar. Leyó, en alguna parte, que esas tormentas son algo normal en situaciones de confinamiento, sobre todo en los niños. Iván cree que la situación, para su generación, tampoco era para tanto, no dejaba de pensar en aquellos que, también confinados, tenían que soportar bombardeos continuos, con el miedo de no saber si llegaría otro día, y con la esperanza continua de su llegada.

Ahora que pueden salir con el pequeño a dar paseos de una hora, Iván puede comprobar las consecuencias de la desaparición del ser humano y sus vehículos contaminantes. La visión de Madrid a lo lejos es limpia, sin esa especie de velo que se respiraba sin ser conscientes. ¿Durará? Él no lo cree, la vuelta al trabajo presencial será la vuelta de los atascos, el humo y el ruido, volverá a colocar ese velo en la silueta madrileña. Allí, en el pueblo, no se notará tanto, el aire puro es algo difícil de abandonar, ahora más que nunca. La contaminación volverá con más fuerza, pero también podría volver con timidez, si nos concienciásemos de ello. Cambiar nuestras costumbres es muy complicado, pero no imposible. Él tomó una decisión hace años, no volver a la ciudad y quedarse en el campo, con lo bueno y lo malo.

Ahora le preocupa su madre, ya pasa los 70 años y una enfermedad, como la que nos ataca, podría complicar su salud. Iván hace la compra para ella, limpia los envases y se los deja en la puerta, llama y se queda para darle un beso y una sonrisa de metro y medio, no se puede permitir otra cosa. Los abrazos se reducen a emoticonos y videollamadas. Estando tan cerca la siente muy lejos, espera que esto acabe pronto y bien. Echa de menos los cafés con su madre y Candela, su compañera de tertulias vintage.

Todo volverá, pero cómo, no lo sabe. Lo mejor es aprender de esta situación y sacar cosas positivas, no caer en los mismos errores. David Foster Wallace dijo que la tecnología e internet avanzarían de tal forma que sería tremendamente placentero sentarse solo. Antes de este virus Iván le daba la razón, ahora cree que siempre faltará algo, el contacto humano. Mientras, seguirá observando la luz enrejada que entra por la ventana del salón.

1Fragmento de la canción Un velero llamado libertad de José Luis Perales.

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Pequeñas historias de cuarentena sin importancia II

Santiago, Santi para los amigos, desde que comenzó el estado de alarma vive en un estado de semiconsciencia. Su bar, el Kamikaze, lleva cerrado ya dos meses, pero no es lo único que falta en su vida, Estefanía está en Madrid. Antes del estado de alarma se fue a su estudio del centro porque iba a tener una semana muy liada en el trabajo, así podría dormir un poco más y no tener que hacer el desplazamiento tedioso desde el pueblo. Las conversaciones tecnológicas sabían a poco, conseguía no sentirse solo mientras estas duraban, pero al finalizarlas, el silencio y el vacío inundaban el salón. Se podría pensar que viviendo en el campo era una persona afortunada, pero ver la naturaleza y no poder disfrutarla, le consumía. Cuando iba al supermercado las calles estaban abandonadas, le daban ganas de gritar: ¡¿hay alguien?! Como hacía Cillian Murphy en 28 días después.

Los días se planifican con calma, el estrés del día a día ha mutado a otro tipo de estrés, más tenso e irracional, nos marcamos pautas y metas para mantenernos ocupados -aplausos, caceroladas, conciertos vecinales, distancia de seguridad, compras distópicas, limpieza, juegos, Netflix, móvil, etc…- Santi, además de todo esto, tiene la necesidad de trabajar, lo ha hecho desde que tenía 16 años y este ostracismo le agobia y consume. Ha escrito ya varios listados de cambios que quiere realizar en el bar, ha ordenado los libros de casa por orden alfabético, los discos por estilo musical, las toallas y las camisas por colores, los calcetines por el tamaño de los tomates… Una lista interminable de tareas que en situaciones normales ni las habría pensado.

Ahora puede salir a ciertas horas, y las aprovecha para caminar por algún camino menos repleto de personas, los vecinos abarrotan las calles a las horas indicadas y es difícil guardar las distancias, aunque eso, en un pueblo pequeño, siempre es difícil. No les culpaba, salir era un premio para todos, pero también una obligación. La soledad es tecnológicamente soportable, pero Santi echa en falta la cercanía, el tú a tú, o el vis a vis, teniendo en cuenta el encierro preventivo, que aunque necesario, encierro al fin y al cabo.

Ir a caminar es un momento de calma para él. Sus pasos hacen crujir la hierba que ha crecido en sitios donde el ser humano no permitía. Animales que creía desaparecidos, por su mudanza forzosa, han reaparecido por los alrededores de su casa; una especie de reconquista animal. Ahora, sentarse en lo alto de la colina y observar su pueblo, el horizonte y las olas en la hierba, le transmite la serenidad que necesita. Comprende que toca esperar para reencontrarse con sus amigos y familiares. Iván siempre le dice que la próxima ola vendrá repleta de abrazos, sonrisas y buena compañía.

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Pequeñas historias de cuarentena sin importancia

Estefanía se ha levantado temprano un domingo. Su vida se ha vuelto más rutinaria desde que se confinó en su pequeño estudio del centro de Madrid. Ha decidido que saldrá a correr ahora que lo permiten, necesita salir y el no haber hecho deporte en años no es impedimento. Nadie le puede culpar.

Coge sus deportivas, las desempolva, las ata y comienza a bajar las escaleras de su edificio. Ya en la calle, estira sus músculos aletargados, todavía algo dormidos preguntándose qué pasará, que misterios habrá, todavía es de noche. Cuando sus zapatillas oxidadas golpean el asfalto, un sonido con eco llena las calles en calma. Todavía no ha salido el sol mientras Estefanía se siente atraída por la ciudad vacía, esta le invita a perderse por sus engranajes oxidados. Al doblar una esquina, ve a un matrimonio de ancianos observando su carrera, el marido abraza a su esposa y los dos miran con anhelo su carrera. Su mirada transmite miedo a lo desconocido, salir es un deseo peligroso para ellos.

Todo parece nuevo, una visión de calles desiertas que nunca ha vivido. Antes de esta situación, se encontraría con algún alma festiva volviendo a su casa tambaleante, quizás descargando sus penas y fracasos sobre la acera. Echó en falta a Lolo, un hombre sin hogar que siempre dormía en la puerta de una caja de ahorros abandonada desde 2009.

Su cuerpo comienza a protestar, no entiende por qué se le está castigando tanto después de semanas de encierro y Netflix, después de semanas recorriendo un triángulo vital de confinamiento: sofá, cocina y baño, con visitas esporádicas a la cama que a veces estaba demasiado solitaria.

Algunos dirán, claro, ahora todos salen a hacer deporte, y no les falta razón, lo que les falta es empatía, solidaridad y comprensión. En esta vida nunca se acierta para todos, lo importante es acertar para uno mismo respetando a los demás. Si quieres correr, corre, si quieres caminar, camina, si quieres montar en bicicleta, patinete o monociclo, hazlo, pero siempre con un metro y medio de respeto y, por qué no, alegría, que hace falta.