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¿Por qué ahora los huesitos saben distinto?

El otro día, mientras me comía un huesito, estaba pensando en cómo veía la vida cuando era un niño. En todas esas sensaciones que hacían que la cosa más nimia fuese especial. Los nervios que pasaba esperando a que llegara la hora de ver “Bola de dragón” deseando saber si Goku conseguía las dichosas 7 bolas o aprendía a realizar la “onda vital”, la fascinación que sentía por los “Caballeros del Zodiaco” y sus armaduras de oro, la alegría que sentía cuando mi padre me llevaba al parque, la emoción que me invadía en el cine cuando salía el anuncio de “movierecord” y sus luces de neón, y cómo disfrutaba con mis “playmobil” imaginando que estaban librando una batalla crucial para nuestro planeta. Todo eso, y mucho más, lo vivía de otro modo, con imaginación y una pizca de ingenuidad. Por supuesto, nunca voy a reconocer que veía “Candy Candy”, ni que lloré viendo “Marco”, eso lo hacía un chico que conocía del colegio.

Cuando recuerdo los “Playmobil” se dibuja una sonrisa en mi cara. Disfrutaba muchísimo con ellos y, como todo niño, tenía a mi preferido, el héroe, al que siempre se recurría cuando la batalla estaba perdida y había que salvar a la chica. Pero eso ha cambiado, los niños de antes teníamos “Playmobil”, los niños de ahora tienen una “Play” y un “Móvil”, con todo lo que eso conlleva. Un día vi a dos niñas jugando en un parque -hasta aquí todo normal- pero cada una estaba con una videoconsola e iban comentando las pantallas que se pasaban. Algo está fallando, pero no seguiré con este tema, no quiero parecer un viejo gruñón.

Recuerdo que era capaz de levantarme a las 7 de la mañana de un Sábado para ver la película de “Popeye” protagonizada por un desconocido Robin Williams. Para mí era todo un acontecimiento: “¡La película de Popeye!”, mi hermano y yo estábamos entusiasmados con la idea de levantarnos a verla. Nunca me paré a pensar en el hecho de que la pusiesen tan pronto, ahora tengo claro que nadie en su sano juicio se levantaría a esas horas para ver semejante bodrio.

Pero quiero volver al origen de todos estos pensamientos -sin hacer girar la peonza de Leonardo Dicaprio-, el huesito que me estaba comiendo. Me tomaréis por loco, pero no sabía igual. No lo recordaba con esa textura, aunque cuando era pequeño dudo que supiese qué era la textura en un alimento, ni recordaba el ardor que tuve en el estómago cuando lo acabé. Era como si no fuese un huesito y se hubiese convertido en una chocolatina más del montón. Era una sensación parecida a cuando volví a probar el “palulu”, antes era un pequeño manjar, cuando me lo daban parecía el niño del anuncio de IKEA (¡un palo!¡un palo!), ahora solo veía un palo de madera. No sabía si era yo el que había cambiado o era el “Huesito”, así que decidí probar uno de mis bollos preferidos de la infancia, el “cuerno”. Pero solo hizo crearme más dudas, porque, como todos sabemos, el “cuerno”estaba relleno de un sabroso chocolate líquido que, además de estar delicioso, caía una y otra vez sobre nuestras camisetas de naranjito. Ahora ese chocolate había desaparecido y lo habían cambiado por otro parecido a la nocilla pero sin llegar a ser tan bueno, es más, empalaga una barbaridad. Estaba claro que el “cuerno” había cambiado.

En conclusión, todo cambia -nosotros, los huesitos, el cuerno-, pero esas sensaciones siempre permanecen en nuestra memoria, y en ocasiones, un simple huesito puede hacer que volvamos a ser los niños que fuimos un día.

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