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Grietas

La grieta en la pared, con sus ramificaciones, avanzaba hacia el techo amenazando con quebrantarlo. Día a día, el miedo a perder su protección entre cuatro paredes crecía. Isabel llevaba meses recuperándose de las heridas, los moretones ya habían desaparecido, pero las heridas psicológicas seguían ahí, sujetando su corazón con fuerza hasta que le dolía, formando una grieta invisible que se extendía en su voluntad y le mantenía en un letargo peligroso. Al igual que la grieta del techo, su grieta interior no dejaba de crecer y crecer formando bifurcaciones, ella pensaba que sería al contrario, que menguaría hasta desaparecer, pero no sabía cómo detenerla.

Por las noches se despertaba creyendo que tenía un brazo alrededor de su cuello y no le dejaba respirar. Unos ojos llenos de vicio, pero también de remordimiento, le miraban deseosos para que se rindiese, en ocasiones recordaba su olor pulcramente sucio. En cierto modo ella se había rendido, los meses transcurrieron en aquella pequeña habitación que hacía las veces de cocina y salón, su sueldo de camarera solo le permitía vivir en un estudio con una ventana diminuta que alejaba aún más la vida exterior. Isabel se sentía segura en aquel mínimo espacio, tenía la situación controlada.

Durante la recuperación, Isabel había tenido varias sesiones virtuales con la psicóloga, la pandemia le había venido bien, así no tenía que salir para ir a la consulta. Esas sesiones no consiguieron cerrar la grieta, y dudaba que lo lograse en algún momento. «Necesito salir, pero tengo tanto miedo». Su hermano le llamaba todos los días, era un gran apoyo, junto a él se sentía en paz y conseguía dormir sin pesadillas. Él se quedaba y ella se dormía al compás de su respiración. «Quizás con Darío pueda salir algún día, me sentiría segura».

Una vibración metálica le arrancó de ese pensamiento, cogió el teléfono sin mirar la pantalla y respondió:

– ¿Sí? ¿Quién es?

– Hola Isa, soy tu hermano pequeño, pareces dormida.

– Perdona, estaba distraída y no he mirado el móvil al descolgar.

– Ya no se descuelga el teléfono, hermanita, te me haces mayor –Isabel sonrió, él lo conseguía-.

– Habló el adolescente…

– Hoy quiero proponerte algo –hubo un silencio que Darío lo interpretó como permiso para seguir hablando–. Me gustaría llevarte al parque, hace un bonito día y ya no voy a volver al trabajo –esperó expectante y algo nervioso, aunque había intentado decirlo sin ninguna carga de importancia e incertidumbre, como quien te invita a tomar un café en la oficina–.

– No sé, al decirlo he sentido una presión en el pecho –comenzó a respirar profundamente, después de unos segundos continuó–. Estaba justo pensando que si saliese, solo podría hacerlo contigo.

– Pues vamos, solo un paseo, te compraré un helado.

– Ayer te comenté que no me sentía preparada, ¿por qué me lo propones hoy?

– Porque mi trabajo es darte ese empujón que necesitas. En el fondo sabes que no puedes estar en casa eternamente. Yo seguiré intentándolo hasta que decidas hacerlo, no lo haremos si no quieres.

Isabel suspiró, se levantó y comenzó a caminar, tres pasos hacia la cocina y otros tres pasos hacia la ventana. Miró la calle y dio la razón a Darío, el día era precioso, y podría mejorarse con un helado y un paseo por el parque.

– Darío, ven a buscarme, pero tengo una condición.

– La que quieras –dijo decidido.

– El helado de dos bolas y virutas de chocolate.

– ¡Hecho! En quince minutos estoy allí.

Isabel sonrió al colgar, pero se dio cuenta que estaba nerviosa y notó el corazón atrapado otra vez. Pensó en su hermano y en el helado. El dolor fue desapareciendo. Su hermano sería ese cemento que necesitaba. La grieta se hizo más pequeña, seguro que un día desaparecería. Jon ya no estaría en un oscuro callejón esperándola.

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Viento (III)

Jon terminó el trabajo del día y se duchó de nuevo, la noche estaba cayendo y se sentía preparado, impaciente, un nerviosismo infantil le invadía. Preparó la casa para su futura invitada, todo en orden, limpio y plastificado, cogió las llaves de la furgoneta azul, su sudadera de capucha y, ahora sí, abrió la puerta. Escuchó el viento soplando con fuerza y le golpeó una bocanada de ansiedad al salir, quería llegar cuanto antes al callejón donde dejaría el vehículo, «ya queda poco».  

Al pasar por delante de la cafetería vio a Isabel limpiando el suelo, despreocupada y cansada, y unas mariposas le recorrieron el estómago. Aparcó a un par de manzanas, en un callejón perpendicular a la calle sin iluminación por donde Isabel se encaminaba a casa cada día. La furgoneta quedó a espaldas de la calle con las puertas abiertas, en cuanto le aplicara el sedante, podría introducir su cuerpo sin muchos problemas. Era una coreografía practicada al detalle; veía pasar a su víctima —un impulso que no podía controlar se adueñaba de él, al igual que un niño cuando ve una onza de chocolate y no puede resistirse a cogerla, no piensa en las consecuencias—, se acercaba por detrás e inyectaba el sedante, después de un forcejeo, llevaba el cuerpo a la furgoneta y desaparecía de la escena. Cierto es que en alguna ocasión tuvo que abortar la operación a causa de algún transeúnte inesperado, por eso estudiaba y elegía las zonas más tranquilas del recorrido.

Se parapetó en la oscuridad de la esquina del callejón a esperar. Dos esferas luminosas le miraban desde el fondo del callejón, mantuvo la mirada hasta que dos parpadeos después desaparecieron en la negrura nocturna. Preparó la aguja y la sostuvo en su mano derecha, en diez minutos llegaría y quería estar preparado. El tiempo viajó a cámara lenta.

Oyó unos tacones lejanos que se acercaban por la calle, esperó agazapado sintiendo los embates del viento en su cabeza, la tormenta estaba cerca, «tranquilo». El eco de los pasos cada vez más cercanos hicieron que emergiese un dolor punzante en el estómago. Isabel apareció en su campo visual y Jon se deslizó a su espalda, elevó su mano derecha descargando con un golpe seco la aguja en el cuello de su víctima. La aguja pinchó en algo duro, la oscuridad le impidió ver el collar, grueso y metálico, que Isabel llevaba. Ella, en pánico y gritando, se giró para golpearle. Jon esquivó el bolsazo de manera ágil —pudo oír el viento, que apartaba el arma improvisada, tocando su oreja—, haciendo que la víctima no encontrase dónde descargar el golpe y girase su cuerpo sin control dando la espalda a su agresor. Jon aprovechó para intentar minimizar el error y rodeó su cuello con el brazo, «así no tenía que ser». Comenzó a apretar y pudo comprobar que los gritos ya eran ahogados, «ya eres mía». La mujer buscaba algo en su bolso, pero todo era inútil, las fuerzas le estaban abandonando. Un grito detrás de ellos hizo que Jon aflojase la presión en el cuello y mirase en la dirección del sonido, momento que aprovechó Isabel para extraer algo del bolso. Jon sintió un golpe en el costado, ella se zafó de su abrazo mortal y corrió hacia la voz que había interrumpido el momento. Jon se sentó aturdido mientras tocaba el lugar donde había sentido el golpe, estaba húmedo y comprobó que la noche daba un color tenebroso a su mano ensangrentada. Se sentó mirando cómo Isabel se alejaba, «Clara no te vayas… pero no es ella ¡idiota!». Le rodearon rostros amenazantes, le sujetaron brazos y piernas, quedó tendido boca abajo. No tenía fuerzas para resistirse, la tormenta había sido imperfecta. Mientras la vida se escapaba supo que esa era la única forma de curar su mal, ya no haría daño a nadie, se dio cuenta que ese era el primer y último pensamiento empático que había tenido en toda su vida. La muerte le revelaba que otro mundo era posible, pero ya era algo efímero, el viento se detuvo y todo quedó en calma.

FIN

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Viento (II)

A la hora de comer, Jon puso música. Solía escuchar a John Coltrane mientras comía, su saxo le relajaba, y a Miles Davis, más impulsivo, por la noche, dando paso al viento que soplaba en su cabeza antes de desatarse la tormenta criminal que invadía su cerebro primitivo, liberando así sus deseos enfermizos. Observó su plato, comenzó a cortar un filete poco hecho rezumando sangre y como un flash le vino la imagen de Sofía, una mujer rubia, menuda y tímida. Recordó cómo su vida se apagó lentamente mientras se desangraba en el sótano. No sintió pena, más bien anhelo, y reapareció ese deseo canino, «ahora no, esta noche, espera».

Cuando recogía la mesa, vio por la ventana a su vecina, Clara. La única vez que intentó hablar con ella había comenzado una charla trivial para él, pero poco amable para ella. Se encontraron paseando por el bosque cercano a sus casas. Ella era muy amable y comentó que acababa de ver una ardilla. Él, nervioso y con una expresión poco corriente, dijo que le encantaba cazarlas de pequeño y diseccionarlas. El gesto de Clara cambió y la conversación continuó con monosílabos e incomodidad. Con solo una conversación le había perdido. La historia de su vida era cíclica, siempre recibía rechazo, el evento con Clara le enfureció, pero continuó amándola en secreto. Se obsesionó con ella hasta tal punto que, cuando dejaba escapar a su otro yo, elegía mujeres con su mismo pelo rubio, sus mismos ojos azules y su mismo estilo vistiendo.

Al ver cómo desaparecía caminando por el sendero que llevaba al bosque donde se conocieron, sintió un impulso irrefrenable. Quería salir, dejarse empujar por el viento que continuaba soplando y dar rienda suelta a su fatal obsesión, «sí, ahora». Se levantó como si alguien le hubiera dado impulso, fue hacia la puerta, pero su mano se detuvo al tocar el pomo, «a ella no. No puedo, no ahora». Apartó la mano y dando un giro de 180 grados se apoyó con su espalda emitiendo un suspiro de frustración. Retomó el trabajo para apartar la mente de esa frustración que sentía. Esa noche tenía una cita con Isabel, la camarera de la cafetería que había visitado las últimas semanas. Sabía su horario, el camino que seguía para volver a casa cada noche, incluso dónde vivía. La preparación había sido concienzuda y medida hasta el más mínimo detalle. Una copia exacta de Clara saciaría su hambre homicida y guardaría con mimo ese recuerdo hasta que necesitase un estímulo mayor. Se acordaba de todas las mujeres, sus nombres, sus casas y dónde descansaban ahora. Sus fotos estaban guardadas en un cajón del sótano y cuando el viento soplaba con fuerza bajaba a visitarlas.

Continuará…

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Viento (I)

La mañana llegó demasiado pronto, Jon observaba la luz cambiante del amanecer mientras el olor a café invadía toda su cocina, transmitiendo la noción de un nuevo día. El viento golpeaba su casa con fuerza, intentando arrancar su paz matinal, y las hojas de los árboles, que rodean la parcela, hacían sonar el viento haciéndolo corpóreo. Jon piensa que el viento solo se oye gracias al contacto con otros elementos, ya sea la casa, las hojas, una ventana o el cuerpo de un caminante. Le gusta sentir el viento en su piel mientras camina por la vida imaginando el futuro, imaginando que el doloroso pasado no existía o imaginándose otra persona. A veces siente que los demás no le escuchan, puede ser que él mismo sea como el viento y no consiga hacerse oír por falta de contacto. Quizás necesite más conexión emocional con los demás —en ocasiones se sorprende de lo distante que puede llegar a ser— o quizás solo necesite colocarse a favor del viento y conseguir ese pequeño empujón para dar el paso. En el fondo él sabe que no lo conseguirá, sus deseos primarios le arrastran a aquello que prefiere no recordar, desea tenerlo escondido en un lugar secreto de su mente y dejarlo salir solo cuando caiga la noche, donde se puede esconder sin ser visto, donde sus impulsos quedan camuflados por la oscuridad de calles silenciosas y vacías. Con este pensamiento dejó la taza en el lavavajillas, limpió los desperdicios del desayuno y fue a la ducha. Su pulcritud devenía en obsesión enfermiza, tres duchas diarias lo atestiguaban. El orden era también algo que no le dejaba descansar, todo debía estar en su sitio y podía notar si algo se había movido solo con un vistazo de la habitación.

Mientras secaba su cuerpo enfermizo en una neblina vaporosa, el espejo del baño reflejaba su rostro fino, con una nariz aguileña que acababa en punta afilada, amenazante y cortante. Ojos pequeños y analizadores comprobaban la extensión del mechón de pelo cano que no paraba de crecer desde que apareció a temprana edad, además constató las arrugas que ya se formaban en el perfil de sus helados ojos azules. Su tez lechosa compartía espacio con pecas que parecían emulsiones en su piel. Se vistió con la ropa habitual; camisa blanca, corbata, ropa interior y calcetines rojos, chaleco gris y pantalón liso del mismo color —su armario solo contenía esas mismas prendas repetidas en línea recta, tanto en el cajón como colgadas de perchas, clasificadas por cada tipo: pantalones, camisas, corbatas, ropa interior, calcetines y chalecos—. De esta guisa se encaminó a su ordenador, trabajar era lo único que evadía su mente lejos de sus impulsos más primarios, «la noche queda todavía muy lejos». Se concentró en las cifras, las inversiones, los gráficos y en el dinero de otros, jugar con la riqueza ajena le estimulaba de una forma algo inadecuada, por suerte trabajaba en casa y sus abultadas sensaciones quedaban bajo el escritorio.

Continuará…


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Magnetismo estival

La tarde caía mientras las olas golpeaban las rocas de forma furiosa y contundente. Aunque era verano, en esa parte del mundo no hacía calor, por ese motivo habían ido allí Lidia y Jon con su furgoneta de doble función, era su casa y su vehículo. Aparcada junto a una pequeña playa, rodeada de rocas solitarias y acantilados gigantescos, había sido testigo de una discusión tan impetuosa como el oleaje que golpeaba la orilla. Lidia miraba su reflejo en un espejo diminuto, colgado en la puerta trasera del vehículo, con un dolor punzante. Había perdido los nervios por una situación nimia y ahora lo estaba digiriendo. Sus ojos arrepentidos se percataron de los restos de lágrimas que aún quedaban en sus mejillas y las limpió con delicadeza. Soltó su melena rubia de la goma que la recogía y se puso su sudadera favorita para estar más cómoda.

Las relaciones siempre tienen un proceso parecido, el primer año es fascinante, con conversaciones interminables, momentos íntimos que terminan en un sueño profundo y despreocupado, viajes donde todo parece la culminación de la felicidad… Pero todo tiene fecha de caducidad y la primera discusión comienza a marcar el límite de cada una de las partes implicadas. Da igual quién tenga razón, esta puede estar en posesión de cada uno o de ninguno, lo importante es que marca hasta dónde se está dispuesto a ceder, estableciendo un punto sin retorno. El amor puede ganar esas primeras batallas, pero el tiempo, las discusiones y los enfados van ganando terreno al amor idealizado de ese primer año.

Jon tenía un sabor desagradable después de la discusión con Lidia. Acostumbrado a vivir solo, nunca había llevado muy bien que le dijesen qué hacer con su ropa o sus cosas en general. Un comentario de Lidia, algo airado, sobre la ropa de Jon tirada en la furgoneta, había causado una reacción desagradable por su parte. Sentado en una silla mirando al mar, con la furgoneta a su espalda, reflexionaba sobre la discusión. Si pudiera volver atrás no habría contestado de aquella forma, los gritos habían logrado romper parte de su magnetismo y ahora se sentían un poco menos unidos. Miró la silla vacía a su izquierda y echó de menos a Lidia. El ruido de la puerta metálica le provocó un pinchazo en el estómago, los pasos de Lidia se acercaban a su espalda y él no sabía qué decir o esperar.

– No digas nada -dijo Lidia a su espalda mientras se inclinaba y le rodeaba con sus brazos-, te quiero -le susurró al oído.

Jon se sorprendió al notar una lágrima cayendo por su mejilla, su emoción era tan grande que no pudo contenerla. Jon le tomó de la mano guiándola hacia la arena y se sentaron junto al agua para ver el atardecer. El frío hizo las veces de elemento magnético y se abrazaron para calentarse mientras el día terminaba. Los motivos de la discusión ya no eran importantes, Jon sintió un escalofrío al abrazarla, Lidia exhaló un largo suspiro que aligeraba un peso invisible. Les rodeó una luz mezcla de naranjas, amarillos y violetas para despedir el día.

– Siento haberte gritado, no debí hacerlo -dijo Jon.

– Los dos nos arrepentimos. Como decían en una película, nadie es perfecto.

Fue un año de tantos, una de tantas peleas y, en definitiva, una historia de tantas.

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Año nuevo, vida constante

Jon ya tiene 20 años y recibe la nueva década como la empezó. No es de los que piensa que el 2020 ha sido un año catastrófico, porque realmente otros años lo han sido para mucha gente que a él le tocaba muy de lejos, pero les sentía cerca; inundaciones, incendios, guerras, masacres, cambio climático, etc… son sucesos que pasan año tras año y no condenamos el año correspondiente por ello. El 2020 ha sido un año malo para gente que estaba más cerca, las desgracias si se viven y se sienten afectan más, claro, pero Jon no se ha olvidado de todo lo demás.

Por eso, Jon no espera nada nuevo del 2021, porque, aunque hayamos cambiado un poco nuestro comportamiento con la tierra, cree que será pasajero y los mismos vicios de siempre volverán. Y volverán porque nos olvidaremos de la desgracia que nos ha rodeado, pensaremos que ya estamos a salvo y que hemos vencido esta batalla de la vida, pero Jon piensa que vendrán muchas otras, ya sean ajenas o propias.

Muchos se maravillan de cómo la naturaleza se ha abierto paso ante nuestra ausencia. La vegetación se adueñó de las calles, de los parques, de los centros comerciales, incluso de algunas casas solitarias. Los animales estupefactos llegaron a lugares que para su generación eran desconocidos, porque ya no estábamos, nos ocultamos en casa por miedo y precaución, contaminamos menos, charlamos más y echamos de menos a otras personas.

Dicen que el mundo ha cambiado, que las personas somos más conscientes del daño que hacemos al planeta. Jon sí cree que hay un cambio, pero no cree que dure, sabe que el ser humano mira siempre por sí mismo, sin pensar en las consecuencias, es muy difícil que todos rememos para el mismo lado, y eso a la larga se nota. Echar la vista atrás es necesario para aprender de nuestros errores, pero si echas un vistazo a la historia, vislumbras que los errores se repiten cíclicamente.

No todo es negativo para él, ahora sabemos que nos necesitamos, descubrir la ausencia de los amigos, la familia, incluso el trabajo, nos ha hecho valorar cosas que dábamos por sentado. Jon solo espera que el recelo que ve en los ojos de la gente por la calle, no se convierta en distanciamiento perpetuo. Ya ha habido suficiente distanciamiento en 2020. Para las batallas futuras tenemos que estar juntos, hablarnos, escucharnos y sentirnos porque solos es todo mucho más complicado. Que la mirada de un niño nos ilumine para encontrar esa chispa que necesitamos.

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Resplandor

Jon llevaba una hora delante de la pantalla blanca. No conseguía centrarse en la escritura, la página en blanco se había convertido en su Everest personal. Siempre que se ponía a escribir, las palabras desordenadas bailaban por su mente y poco a poco se iban acompasando, formando ideas que comenzaban a bailar al mismo tempo y con la misma canción. A veces era un vals, otras veces folk, las más de las veces rock, pero ese día no conseguía que la música sonase cohesionada en su cabeza.

Jon ya había escrito varias novelas y sabía que el bloqueo del escritor siempre estaba latente. Solo esperaba que no le ocurriese como a Jack Torrance y le poseyese un alma maligna para liarse a martillazos con la gente. Por suerte, la casa estaba vacía, nadie corría peligro, hacía 4 años que se había divorciado y el único lazo que le unía a alguien era su hija.

Se levantó para no pensar en ella, le dolía no estar a su lado cada día, pero, paradójicamente, estar a su lado a cada momento había destrozado la relación con su madre. Puso una canción que siempre le inspiraba, I am the moon, de The white Buffalo, y se sentó mientras comenzaba el arpegio después de un órgano melancólico y distante. Se imaginó en el espacio, como si él fuera la luna persiguiendo al sol, un amor imposible que la luz separa y acaba sin final feliz. Comenzó a escribir una historia de amor… «no, eso ahora no va a funcionar, y menos con esta canción». Borró el párrafo que había escrito y comenzó de nuevo, seguía siendo la luna, pero sabía que nunca iba a conseguir alcanzar al sol «así mejor, es como me siento ahora», con el desamor estaba más a gusto, recordó el bulevar del desamor que aparecía en un libro de cuyo nombre no lograba acordarse. Las palabras comenzaron a bailar al son de la música, formaron ideas y los dedos de Jon no pararon. Tecleó durante horas y horas hasta que la mañana llegó tan pronto que hasta le dolió.

El sol iluminó su mirada a través de la ventana que se encontraba frente al escritorio. Quizás, por un momento, la luna y el sol sí estuvieron juntos.

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  Senderos de gloria by Daniel Rodríguez Lorenzo is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License. Creado a partir de la obra en www.marionetaspensadoras.wordpress.com.

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Senderos de gloria

Está muy generalizado pensar que la gloria se alcanza con hitos muy importantes; ser presidente del gobierno, un cirujano reconocido, el inventor de algo innovador, un futbolista que gana millones -en este caso la gloria puede ser extremadamente efímera- o descubrir América -si viajases en el tiempo, claro, aunque aquí tendrías dos hitos en uno-.

Para un servidor, la gloria es dejar huellas de simpatía y amor en los seres que importan, pero también en los que no conociste tanto. Si consigues que tu recuerdo arranque una sonrisa a una persona, habrás caminado por aquellos senderos de gloria que Kubrick nos mostró.

Pude ver esa gloria hace unos días, cuando una familia, entre vino y rosas, despedía a un hombre que caminó por aquellos senderos e inundó de recuerdos a las personas que le rodeaban. Recuerdos que perdurarán mientras dure la guerra que es la vida; una lucha constante donde la felicidad tiene que lidiar con batallas que en ocasiones pierde, pero si hasta el General Rommel aprendió de sus derrotas, ¿por qué no lo podemos hacer los demás?

Siempre he pensado que cuando alguien se va, el dolor que deja es proporcional al cariño que regaló. Lo importante, en ese momento, es no traspasar la delgada línea roja que delimita la cordura, asumir que una parte de ti se ha ido pero que queda una vida por delante para luchar como un infante de marina y disfrutar como un niño.

En definitiva, ponte la chaqueta metálica, lucha por la vida y ve abriendo senderos de gloria para los que vendrán y por los que se fueron. Este humilde escritor caminará por la vida y por la web intentando llenar de sensaciones las vidas ajenas, con mucho cariño y trabajo, y quizás algún día nos tomemos una copa de un vino llamado Sendero. Como diría mi hija: ¡Viva la vida!

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Olas de normalidad

Iván se levanta cada mañana con la certeza de la duda; cómo luchar contra el miedo de salir a la calle, la crítica gratuita a cómo llevas la mascarilla o si caminas lo suficientemente alejado de otro transeúnte. Son tiempos extraños en los que el miedo crea desconfianza y recelo -en ocasiones puedes ver a un ser humano dando un respingo al ver a otro ser humano por la calle, y alejarse como si su vida corriese peligro-, las personas se miran con incertidumbre, escudadas en una mascarilla que esconde sus expresiones.

El otro día, mientras pagaba en el supermercado, y daba las gracias a la cajera -ahora se sentía más agradecido que nunca al trabajo de las personas que sustentan la vida de los demás-, se dio cuenta que su sonrisa no había sido captada por la trabajadora. Es una pena haber perdido el contacto con las personas, incluso con los gestos, pero aún nos quedan las palabras, por eso Iván no perdía la oportunidad de ser amable, dar las gracias y pedir todo por favor. Ahora que es padre, quiere inculcar en sus retoños una forma respetuosa de vivir.

Sentado en el jardín, con un libro, música y el paisaje, del lugar que le había atrapado, esperaba a Julia, Paula y Jon de su paseo vespertino, lleno de colores naranjas, verdes oscuros, amarillos y rojos. Iván no quiso salir, estaba algo decaído, siempre le pasaba ese preciso día y no entendía cómo no conseguía controlarlo. Su padre había fallecido doce años atrás, pero el día de su muerte siempre se sentía un poco vacío. Su madre siempre le visitaba, sabía que esa fecha en el calendario era difícil para los dos y se distraían juntos con un café, charla y lectura. Esta vez, su madre le había llamado, la situación no era la más idónea para que ella saliese de casa y se juntase con los nietos, más valía prevenir.

Iván miró la portada del libro, 1984, de George Orwell, la edición que su padre le regaló a su madre. Antes del confinamiento su madre se lo dejó y aún lo tenía. Se lo había leído un par de veces, quería inspirarse para escribir alguna historia en el blog del periódico. Ahora trabajaba en un periódico nacional y la presión de la entrega era mayor que cuando trabajaba con Julia en el periódico del pueblo. Durante el confinamiento había escrito mucho y le pareció buena idea volver la vista a esta obra donde el control de la población es total, y así hacer una comparación con la situación mundial en la primavera de ese año. Lo hizo para que los lectores pudiesen ver que el confinamiento era por nuestro bien y que los límites a nuestra libertad no tenían nada que ver con el mundo de 1984, eso sí que es coartar la libertad.

Con todo lo que ha pasado, Iván espera que las personas se den cuenta que su libertad acaba cuando comienza la de otro, y si esa libertad tiene medida por ahora, pues habrá que respetarla, o ponerse mascarilla y así no asustarse cuando una persona dobla la esquina y se topa con otra. Si fuésemos responsables, aunque cometiésemos errores, todo iría mucho mejor, y así el estado no tendría que poner restricciones de las que nos quejaríamos. Aprendamos del pasado, un pasado que no sea de nadie y sí de todos, para que no pase como en 1984:

Quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado.

George Orwell, 1984

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Grita pero bonito

Siempre se ha dicho que todo depende de según cómo se mire… todo depende. Hoy nada depende de nada, hoy quiero gritar porque se ha ido una persona que solo transmitía optimismo -y eso en estos días se necesita más que nunca-, alegría y buen rollo. Todos, o la mayoría de nosotros, le conocimos como artista con la historia de una flaca mulata habanera que no regalaba sus besos, esta podría ser la canción favorita de muchos, yo me quedo con Grita, un canto a la amistad y a la empatía. Por esta canción me ganó, la aprendí, la canté y la grité. Gracias a esa canción, supe que un amigo de verdad te escucha y comparte tus penas al igual que tus alegrías.

Muchos dirán que tus canciones son simples, no voy a discutir sobre ello, porque siempre he pensado que en la simplicidad también hay belleza. Incluso cuando hablaste de un amor no correspondido, había belleza. Con Agua aprendimos a no enfadarnos aunque no nos quieran, a fluir como el agua y, aunque haya sed, que el agua corra, poner distancia y cantar Bonito celebrando volver a nacer cada día.

Este es mi humilde pequeño homenaje a un artista que me dio mucho, un artista con el que me hubiese gustado charlar, que se ha ido con una sonrisa y enseñándonos lo maravillosa que es la vida. Cuando escuché sobre su enfermedad quedé estupefacto, al escuchar cómo lo explicaba, me invadió una tranquilidad que no esperaba, vi su entereza y supe que había vivido como había cantado, con alegría.

Hoy te hice caso, desde ayer escucho tu voz diciéndome: suéltate ya y cuéntame, que aquí estamos para eso, pa’ lo bueno y pa’ lo malo, llora ahora y ríe luego. Así que me he puesto a escribir para gritar que la vida es dura, pero personas como tú hacen que sea bonita. Dejo, con mucho dolor, su último canto a la vida, Eso que tú me das, dedicado a su hija. Voy a comenzar a reír.

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Pequeñas historias de desescalada sin importancia I

Daniel siempre ha sido un auténtico ignorante en cuestiones de Jazz. Miles Davis, John Coltrane, Charlie Parker… eran nombres ensalzados por los entendidos y, por ende, admirados por los desconocedores de la materia. Daniel no era diferente, ponía discos de Jazz pero no era capaz de entender los matices, las melodías, los contratiempos… solo era capaz de disfrutar de la atmósfera que generaba en su pequeño salón.

La improvisación nunca ha sido su fuerte, por eso le daba miedo el Jazz; la sensación perpetua de equivocarse al tocar, el miedo a bloquearse y no seguir la armonía y, en definitiva, el pavor a saber que no sería capaz de tocar Jazz. Por eso abrazó el Rock, y en él estaba a gusto, se movía con la libertad del que se sabe seguro. Miles Davis diría que es un mediocre, y, si él lo decía de los rockeros de los años 70, por algo sería. El Jazz es la meta de cualquier músico, para Miles Davis fue su comienzo. Desde el Jazz fue evolucionando y combinando sonidos, estilos y melodías. Esto le hizo aún más especial, o eso decían los verdaderos entendidos.

Daniel ya podía salir a tomar algo a una terraza, encontrarse con los amigos, o eso creía, porque con las mascarillas casi no los reconocía, pero algo le impulsó a quedarse en casa, no estaba preparado. Llevaba dos meses sin salir, con el único acompañamiento de Miles Davis y sus discos más importantes, como Kind of blue, que le acompañaba en el desayuno, o Miles Ahead, que le acompañaba en la comida -este disco tuvo su polémica, en la portada aparecía una mujer blanca, en un barco, disfrutando de la brisa marina. A Miles no le gustó, así que cambiaron la portada con una foto de Miles y su trompeta-, y terminaba cenando con la banda sonora de la película francesa Ascensor al cadalso, donde la trompeta pausada de Davis acompañaba la tristeza de su protagonista, Jeanne Moreau. Todo fue improvisado mientras el genio del Jazz veía la película. Estas historias son las que realmente intimidaban a Daniel con respecto al Jazz.

De algún modo, Daniel no conseguía entender que la vida, al igual que el Jazz, es improvisación y, como tal, tienes derecho a equivocarte, solo tienes que volver a unirte con el contratiempo y acentuar las partes débiles del compás… o eso dicen.

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Pequeñas historias de cuarentena sin importancia V

María vivía sola en su piso de la calle Doctor Esquerdo, en Madrid. Disfrutaba de esa soledad, hacía mucho tiempo que había decidido no tener familia, nunca quiso y fue la mejor decisión. Mientras leía un libro a la luz de su lámpara de Ikea, recordó a Iván. Disfrutó mucho con él, tenían muchas cosas en común; la música, los libros, viajar… pero ella siempre supo que no podía darle el futuro que él quería. Tener hijos, formar una familia, la rutina, el coche grande y el perro no iban con ella. No se arrepintió de romper la relación, pero sí lamentaba la forma en que lo hizo. Debería haberlo hecho antes de conocer a Emilio, hubiese sido menos doloroso. Siempre que uno echa la vista atrás, encuentra esos momentos en los que las decisiones cambian el rumbo de la historia, intersecciones vitales que te llevan por caminos separados que en ocasiones se pueden volver a cruzar. Iván, Emilio, amigas y amigos se encontraban en caminos separados por el tiempo y la distancia. Los recuerdos y las sensaciones eran lo que quedaba.

María disfrutaba del tiempo en cuarentena, estaba leyendo mucho más y viendo películas aparcadas en el mueble del salón desde hacía años. Un día que se atrevió a ver las noticias, tuvo el impulso de ver una película, La jauría humana. La figura de Marlon Brando, como garante de la ley ante una masa enfervorecida que quería divertirse cazando a un ser humano, le encantaba, pero la película le recordaba el mundo en el que vivía, su degradación moral sigue en expansión, parece difícil detenerla, al igual que el cambio climático. Cambiar las cosas es siempre un deseo, pero, aunque ese cambio tiene que empezar por uno mismo, si se hace solo, no sirve para nada.

La soledad le gustaba, pero eso no era contradictorio con querer abrazar a las personas cercanas, y preguntarles qué tal estaban a menos de metro y medio. El teletrabajo ocupaba mucho la mente, más tiempo del horario laboral estipulado, pero cuando llegaba la calma de un día ajetreado delante del ordenador, los pensamientos aparecían de golpe, mezclados, impacientes y aglomerados por querer salir. Desgranarlos y procesarlos requería una copa de vino, Ben Harper, en el equipo de música, y mucha paciencia. Su mente seguía pensando en esas decisiones, María nunca se arrepintió de ellas, porque todo, mirado con el paso del tiempo, es mejorable, y ella prefiere no ceder al arrepentimiento, este solo produce dolor. Las decisiones tomadas son la sabiduría del futuro, sabes dónde te equivocaste, aprendes de ello y vas a otro lugar a comenzar de nuevo.

A veces, como diría Ben Harper, solo tienes que caminar lejos para dirigirte a la puerta. María seguía buscando esas puertas donde vivir y ser feliz, sin arrepentimientos, reproches ni dramas.

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Pequeñas historias de cuarentena sin importancia V by Daniel Rodríguez Lorenzo is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License. Creado a partir de la obra en www.marionetaspensadoras.wordpress.com.

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Pequeñas historia en cuarentena sin importancia IV

Las horas nocturnas son cortas, Julia necesita tiempo para ella. Lleva varios días con la idea de escribir algo, una fábula, un relato corto o cualquier cosa que le pase por la cabeza. Esta noche ha decidido que escribirá lo que siente. En una situación como esta, las sensaciones eran nuevas y extrañas, quiere expresarlas con palabras y así, de alguna manera, desahogarse. Iván estaba ya dormido, su respiración acompasada le da una idea para comenzar:

Atrapado por su almohada, se acompasa lento mientras surge un sueño, no es ella la que aparece y comienza a pensar que todo acabará bien. Las horas desgastadas se difuminan intentando volver a creer, oye un tren que pasa y siente que puede subir a él. Ve la puerta entornada, desde las vías, e ignora lo que puede esconder. Piensa que la vida solo pasa, se decide y siente miedo al subir, pero ahora realmente cree que todo acabará muy bien. Mira por la ventana mientras las vidas pasan a gran velocidad. Su mirada dibuja un atardecer lejano y se resigna al recuerdo de su piel, pensando que todo acabará bien.

Julia deja el lápiz en la mesa y mira por la ventana, la oscuridad invade el jardín de la casa, pero se ven luces que muestran las vidas ajenas. Le viene a la memoria la frase de una canción de Xoel, vivir es aprender a ver en la oscuridad. En esta situación, piensa que hay que aprender a vivir de manera diferente, adaptarse, y, cuando la luz vuelva, estaremos más preparados.

Una persona apareció en su mente, Candela, su compañera de mus infatigable. Todas las semanas se pasaba por su casa para llevarle la compra, así Candela no salía y se exponía al virus. Julia llevaba tiempo preocupada por ella, hace poco notó cómo su habitual lucidez había menguado, pero toda esta situación le había cogido por sorpresa y no pudieron ir a la cita que tenía Candela con su neurólogo. Julia es consciente ahora de lo terrible que es el paso del tiempo. Tiene muy presente las conversaciones que siempre había tenido con Iván sobre la vida y la muerte. Ahora, en la madurez, está más presente en el día a día, a su alrededor ve amigos y familiares apagándose poco a poco. Antes, era solo algo lejano que guardaba en un rincón de sus pensamientos, no dejándolo salir para que perturbase sus días. Julia piensa que, quizás, no tenía que haber apartado a la muerte de sus pensamientos, porque, es verdad, vivir es aprender a ver en la oscuridad… del futuro, para disfrutar mejor del presente.

Cierra el bloc donde había escrito, suspira, mira a Iván y sonríe.


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Pequeñas historias de cuarentena sin importancia III

No se acuerda de las semanas que han pasado ya. Este nuevo mundo convierte el tiempo en algo difuso difícil de cuantificar. Iván está varado en su casa, con Julia, su hija, Paula, de 17 años -Iván no era su padre, pero cada día que pasaba sentía que se acercaba a ser merecedor del título- y el pequeño Jon, nacido hacía ocho años. Los cuatro llevan el confinamiento bien, aunque la desgracia más nimia, puede desencadenar la mayor de las tormentas. En alguna de ellas, siente la necesidad de coger un velero, una camisa, un pantalón vaquero y una canción1, y salir a navegar. Leyó, en alguna parte, que esas tormentas son algo normal en situaciones de confinamiento, sobre todo en los niños. Iván cree que la situación, para su generación, tampoco era para tanto, no dejaba de pensar en aquellos que, también confinados, tenían que soportar bombardeos continuos, con el miedo de no saber si llegaría otro día, y con la esperanza continua de su llegada.

Ahora que pueden salir con el pequeño a dar paseos de una hora, Iván puede comprobar las consecuencias de la desaparición del ser humano y sus vehículos contaminantes. La visión de Madrid a lo lejos es limpia, sin esa especie de velo que se respiraba sin ser conscientes. ¿Durará? Él no lo cree, la vuelta al trabajo presencial será la vuelta de los atascos, el humo y el ruido, volverá a colocar ese velo en la silueta madrileña. Allí, en el pueblo, no se notará tanto, el aire puro es algo difícil de abandonar, ahora más que nunca. La contaminación volverá con más fuerza, pero también podría volver con timidez, si nos concienciásemos de ello. Cambiar nuestras costumbres es muy complicado, pero no imposible. Él tomó una decisión hace años, no volver a la ciudad y quedarse en el campo, con lo bueno y lo malo.

Ahora le preocupa su madre, ya pasa los 70 años y una enfermedad, como la que nos ataca, podría complicar su salud. Iván hace la compra para ella, limpia los envases y se los deja en la puerta, llama y se queda para darle un beso y una sonrisa de metro y medio, no se puede permitir otra cosa. Los abrazos se reducen a emoticonos y videollamadas. Estando tan cerca la siente muy lejos, espera que esto acabe pronto y bien. Echa de menos los cafés con su madre y Candela, su compañera de tertulias vintage.

Todo volverá, pero cómo, no lo sabe. Lo mejor es aprender de esta situación y sacar cosas positivas, no caer en los mismos errores. David Foster Wallace dijo que la tecnología e internet avanzarían de tal forma que sería tremendamente placentero sentarse solo. Antes de este virus Iván le daba la razón, ahora cree que siempre faltará algo, el contacto humano. Mientras, seguirá observando la luz enrejada que entra por la ventana del salón.

1Fragmento de la canción Un velero llamado libertad de José Luis Perales.

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Pequeñas historias de cuarentena sin importancia II

Santiago, Santi para los amigos, desde que comenzó el estado de alarma vive en un estado de semiconsciencia. Su bar, el Kamikaze, lleva cerrado ya dos meses, pero no es lo único que falta en su vida, Estefanía está en Madrid. Antes del estado de alarma se fue a su estudio del centro porque iba a tener una semana muy liada en el trabajo, así podría dormir un poco más y no tener que hacer el desplazamiento tedioso desde el pueblo. Las conversaciones tecnológicas sabían a poco, conseguía no sentirse solo mientras estas duraban, pero al finalizarlas, el silencio y el vacío inundaban el salón. Se podría pensar que viviendo en el campo era una persona afortunada, pero ver la naturaleza y no poder disfrutarla, le consumía. Cuando iba al supermercado las calles estaban abandonadas, le daban ganas de gritar: ¡¿hay alguien?! Como hacía Cillian Murphy en 28 días después.

Los días se planifican con calma, el estrés del día a día ha mutado a otro tipo de estrés, más tenso e irracional, nos marcamos pautas y metas para mantenernos ocupados -aplausos, caceroladas, conciertos vecinales, distancia de seguridad, compras distópicas, limpieza, juegos, Netflix, móvil, etc…- Santi, además de todo esto, tiene la necesidad de trabajar, lo ha hecho desde que tenía 16 años y este ostracismo le agobia y consume. Ha escrito ya varios listados de cambios que quiere realizar en el bar, ha ordenado los libros de casa por orden alfabético, los discos por estilo musical, las toallas y las camisas por colores, los calcetines por el tamaño de los tomates… Una lista interminable de tareas que en situaciones normales ni las habría pensado.

Ahora puede salir a ciertas horas, y las aprovecha para caminar por algún camino menos repleto de personas, los vecinos abarrotan las calles a las horas indicadas y es difícil guardar las distancias, aunque eso, en un pueblo pequeño, siempre es difícil. No les culpaba, salir era un premio para todos, pero también una obligación. La soledad es tecnológicamente soportable, pero Santi echa en falta la cercanía, el tú a tú, o el vis a vis, teniendo en cuenta el encierro preventivo, que aunque necesario, encierro al fin y al cabo.

Ir a caminar es un momento de calma para él. Sus pasos hacen crujir la hierba que ha crecido en sitios donde el ser humano no permitía. Animales que creía desaparecidos, por su mudanza forzosa, han reaparecido por los alrededores de su casa; una especie de reconquista animal. Ahora, sentarse en lo alto de la colina y observar su pueblo, el horizonte y las olas en la hierba, le transmite la serenidad que necesita. Comprende que toca esperar para reencontrarse con sus amigos y familiares. Iván siempre le dice que la próxima ola vendrá repleta de abrazos, sonrisas y buena compañía.

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