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Año nuevo, vida constante

Jon ya tiene 20 años y recibe la nueva década como la empezó. No es de los que piensa que el 2020 ha sido un año catastrófico, porque realmente otros años lo han sido para mucha gente que a él le tocaba muy de lejos, pero les sentía cerca; inundaciones, incendios, guerras, masacres, cambio climático, etc… son sucesos que pasan año tras año y no condenamos el año correspondiente por ello. El 2020 ha sido un año malo para gente que estaba más cerca, las desgracias si se viven y se sienten afectan más, claro, pero Jon no se ha olvidado de todo lo demás.

Por eso, Jon no espera nada nuevo del 2021, porque, aunque hayamos cambiado un poco nuestro comportamiento con la tierra, cree que será pasajero y los mismos vicios de siempre volverán. Y volverán porque nos olvidaremos de la desgracia que nos ha rodeado, pensaremos que ya estamos a salvo y que hemos vencido esta batalla de la vida, pero Jon piensa que vendrán muchas otras, ya sean ajenas o propias.

Muchos se maravillan de cómo la naturaleza se ha abierto paso ante nuestra ausencia. La vegetación se adueñó de las calles, de los parques, de los centros comerciales, incluso de algunas casas solitarias. Los animales estupefactos llegaron a lugares que para su generación eran desconocidos, porque ya no estábamos, nos ocultamos en casa por miedo y precaución, contaminamos menos, charlamos más y echamos de menos a otras personas.

Dicen que el mundo ha cambiado, que las personas somos más conscientes del daño que hacemos al planeta. Jon sí cree que hay un cambio, pero no cree que dure, sabe que el ser humano mira siempre por sí mismo, sin pensar en las consecuencias, es muy difícil que todos rememos para el mismo lado, y eso a la larga se nota. Echar la vista atrás es necesario para aprender de nuestros errores, pero si echas un vistazo a la historia, vislumbras que los errores se repiten cíclicamente.

No todo es negativo para él, ahora sabemos que nos necesitamos, descubrir la ausencia de los amigos, la familia, incluso el trabajo, nos ha hecho valorar cosas que dábamos por sentado. Jon solo espera que el recelo que ve en los ojos de la gente por la calle, no se convierta en distanciamiento perpetuo. Ya ha habido suficiente distanciamiento en 2020. Para las batallas futuras tenemos que estar juntos, hablarnos, escucharnos y sentirnos porque solos es todo mucho más complicado. Que la mirada de un niño nos ilumine para encontrar esa chispa que necesitamos.

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Resplandor

Jon llevaba una hora delante de la pantalla blanca. No conseguía centrarse en la escritura, la página en blanco se había convertido en su Everest personal. Siempre que se ponía a escribir, las palabras desordenadas bailaban por su mente y poco a poco se iban acompasando, formando ideas que comenzaban a bailar al mismo tempo y con la misma canción. A veces era un vals, otras veces folk, las más de las veces rock, pero ese día no conseguía que la música sonase cohesionada en su cabeza.

Jon ya había escrito varias novelas y sabía que el bloqueo del escritor siempre estaba latente. Solo esperaba que no le ocurriese como a Jack Torrance y le poseyese un alma maligna para liarse a martillazos con la gente. Por suerte, la casa estaba vacía, nadie corría peligro, hacía 4 años que se había divorciado y el único lazo que le unía a alguien era su hija.

Se levantó para no pensar en ella, le dolía no estar a su lado cada día, pero, paradójicamente, estar a su lado a cada momento había destrozado la relación con su madre. Puso una canción que siempre le inspiraba, I am the moon, de The white Buffalo, y se sentó mientras comenzaba el arpegio después de un órgano melancólico y distante. Se imaginó en el espacio, como si él fuera la luna persiguiendo al sol, un amor imposible que la luz separa y acaba sin final feliz. Comenzó a escribir una historia de amor… «no, eso ahora no va a funcionar, y menos con esta canción». Borró el párrafo que había escrito y comenzó de nuevo, seguía siendo la luna, pero sabía que nunca iba a conseguir alcanzar al sol «así mejor, es como me siento ahora», con el desamor estaba más a gusto, recordó el bulevar del desamor que aparecía en un libro de cuyo nombre no lograba acordarse. Las palabras comenzaron a bailar al son de la música, formaron ideas y los dedos de Jon no pararon. Tecleó durante horas y horas hasta que la mañana llegó tan pronto que hasta le dolió.

El sol iluminó su mirada a través de la ventana que se encontraba frente al escritorio. Quizás, por un momento, la luna y el sol sí estuvieron juntos.

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Senderos de gloria

Está muy generalizado pensar que la gloria se alcanza con hitos muy importantes; ser presidente del gobierno, un cirujano reconocido, el inventor de algo innovador, un futbolista que gana millones -en este caso la gloria puede ser extremadamente efímera- o descubrir América -si viajases en el tiempo, claro, aunque aquí tendrías dos hitos en uno-.

Para un servidor, la gloria es dejar huellas de simpatía y amor en los seres que importan, pero también en los que no conociste tanto. Si consigues que tu recuerdo arranque una sonrisa a una persona, habrás caminado por aquellos senderos de gloria que Kubrick nos mostró.

Pude ver esa gloria hace unos días, cuando una familia, entre vino y rosas, despedía a un hombre que caminó por aquellos senderos e inundó de recuerdos a las personas que le rodeaban. Recuerdos que perdurarán mientras dure la guerra que es la vida; una lucha constante donde la felicidad tiene que lidiar con batallas que en ocasiones pierde, pero si hasta el General Rommel aprendió de sus derrotas, ¿por qué no lo podemos hacer los demás?

Siempre he pensado que cuando alguien se va, el dolor que deja es proporcional al cariño que regaló. Lo importante, en ese momento, es no traspasar la delgada línea roja que delimita la cordura, asumir que una parte de ti se ha ido pero que queda una vida por delante para luchar como un infante de marina y disfrutar como un niño.

En definitiva, ponte la chaqueta metálica, lucha por la vida y ve abriendo senderos de gloria para los que vendrán y por los que se fueron. Este humilde escritor caminará por la vida y por la web intentando llenar de sensaciones las vidas ajenas, con mucho cariño y trabajo, y quizás algún día nos tomemos una copa de un vino llamado Sendero. Como diría mi hija: ¡Viva la vida!

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Olas de normalidad

Iván se levanta cada mañana con la certeza de la duda; cómo luchar contra el miedo de salir a la calle, la crítica gratuita a cómo llevas la mascarilla o si caminas lo suficientemente alejado de otro transeúnte. Son tiempos extraños en los que el miedo crea desconfianza y recelo -en ocasiones puedes ver a un ser humano dando un respingo al ver a otro ser humano por la calle, y alejarse como si su vida corriese peligro-, las personas se miran con incertidumbre, escudadas en una mascarilla que esconde sus expresiones.

El otro día, mientras pagaba en el supermercado, y daba las gracias a la cajera -ahora se sentía más agradecido que nunca al trabajo de las personas que sustentan la vida de los demás-, se dio cuenta que su sonrisa no había sido captada por la trabajadora. Es una pena haber perdido el contacto con las personas, incluso con los gestos, pero aún nos quedan las palabras, por eso Iván no perdía la oportunidad de ser amable, dar las gracias y pedir todo por favor. Ahora que es padre, quiere inculcar en sus retoños una forma respetuosa de vivir.

Sentado en el jardín, con un libro, música y el paisaje, del lugar que le había atrapado, esperaba a Julia, Paula y Jon de su paseo vespertino, lleno de colores naranjas, verdes oscuros, amarillos y rojos. Iván no quiso salir, estaba algo decaído, siempre le pasaba ese preciso día y no entendía cómo no conseguía controlarlo. Su padre había fallecido doce años atrás, pero el día de su muerte siempre se sentía un poco vacío. Su madre siempre le visitaba, sabía que esa fecha en el calendario era difícil para los dos y se distraían juntos con un café, charla y lectura. Esta vez, su madre le había llamado, la situación no era la más idónea para que ella saliese de casa y se juntase con los nietos, más valía prevenir.

Iván miró la portada del libro, 1984, de George Orwell, la edición que su padre le regaló a su madre. Antes del confinamiento su madre se lo dejó y aún lo tenía. Se lo había leído un par de veces, quería inspirarse para escribir alguna historia en el blog del periódico. Ahora trabajaba en un periódico nacional y la presión de la entrega era mayor que cuando trabajaba con Julia en el periódico del pueblo. Durante el confinamiento había escrito mucho y le pareció buena idea volver la vista a esta obra donde el control de la población es total, y así hacer una comparación con la situación mundial en la primavera de ese año. Lo hizo para que los lectores pudiesen ver que el confinamiento era por nuestro bien y que los límites a nuestra libertad no tenían nada que ver con el mundo de 1984, eso sí que es coartar la libertad.

Con todo lo que ha pasado, Iván espera que las personas se den cuenta que su libertad acaba cuando comienza la de otro, y si esa libertad tiene medida por ahora, pues habrá que respetarla, o ponerse mascarilla y así no asustarse cuando una persona dobla la esquina y se topa con otra. Si fuésemos responsables, aunque cometiésemos errores, todo iría mucho mejor, y así el estado no tendría que poner restricciones de las que nos quejaríamos. Aprendamos del pasado, un pasado que no sea de nadie y sí de todos, para que no pase como en 1984:

Quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado.

George Orwell, 1984

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Grita pero bonito

Siempre se ha dicho que todo depende de según cómo se mire… todo depende. Hoy nada depende de nada, hoy quiero gritar porque se ha ido una persona que solo transmitía optimismo -y eso en estos días se necesita más que nunca-, alegría y buen rollo. Todos, o la mayoría de nosotros, le conocimos como artista con la historia de una flaca mulata habanera que no regalaba sus besos, esta podría ser la canción favorita de muchos, yo me quedo con Grita, un canto a la amistad y a la empatía. Por esta canción me ganó, la aprendí, la canté y la grité. Gracias a esa canción, supe que un amigo de verdad te escucha y comparte tus penas al igual que tus alegrías.

Muchos dirán que tus canciones son simples, no voy a discutir sobre ello, porque siempre he pensado que en la simplicidad también hay belleza. Incluso cuando hablaste de un amor no correspondido, había belleza. Con Agua aprendimos a no enfadarnos aunque no nos quieran, a fluir como el agua y, aunque haya sed, que el agua corra, poner distancia y cantar Bonito celebrando volver a nacer cada día.

Este es mi humilde pequeño homenaje a un artista que me dio mucho, un artista con el que me hubiese gustado charlar, que se ha ido con una sonrisa y enseñándonos lo maravillosa que es la vida. Cuando escuché sobre su enfermedad quedé estupefacto, al escuchar cómo lo explicaba, me invadió una tranquilidad que no esperaba, vi su entereza y supe que había vivido como había cantado, con alegría.

Hoy te hice caso, desde ayer escucho tu voz diciéndome: suéltate ya y cuéntame, que aquí estamos para eso, pa’ lo bueno y pa’ lo malo, llora ahora y ríe luego. Así que me he puesto a escribir para gritar que la vida es dura, pero personas como tú hacen que sea bonita. Dejo, con mucho dolor, su último canto a la vida, Eso que tú me das, dedicado a su hija. Voy a comenzar a reír.

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Pequeñas historias de desescalada sin importancia I

Daniel siempre ha sido un auténtico ignorante en cuestiones de Jazz. Miles Davis, John Coltrane, Charlie Parker… eran nombres ensalzados por los entendidos y, por ende, admirados por los desconocedores de la materia. Daniel no era diferente, ponía discos de Jazz pero no era capaz de entender los matices, las melodías, los contratiempos… solo era capaz de disfrutar de la atmósfera que generaba en su pequeño salón.

La improvisación nunca ha sido su fuerte, por eso le daba miedo el Jazz; la sensación perpetua de equivocarse al tocar, el miedo a bloquearse y no seguir la armonía y, en definitiva, el pavor a saber que no sería capaz de tocar Jazz. Por eso abrazó el Rock, y en él estaba a gusto, se movía con la libertad del que se sabe seguro. Miles Davis diría que es un mediocre, y, si él lo decía de los rockeros de los años 70, por algo sería. El Jazz es la meta de cualquier músico, para Miles Davis fue su comienzo. Desde el Jazz fue evolucionando y combinando sonidos, estilos y melodías. Esto le hizo aún más especial, o eso decían los verdaderos entendidos.

Daniel ya podía salir a tomar algo a una terraza, encontrarse con los amigos, o eso creía, porque con las mascarillas casi no los reconocía, pero algo le impulsó a quedarse en casa, no estaba preparado. Llevaba dos meses sin salir, con el único acompañamiento de Miles Davis y sus discos más importantes, como Kind of blue, que le acompañaba en el desayuno, o Miles Ahead, que le acompañaba en la comida -este disco tuvo su polémica, en la portada aparecía una mujer blanca, en un barco, disfrutando de la brisa marina. A Miles no le gustó, así que cambiaron la portada con una foto de Miles y su trompeta-, y terminaba cenando con la banda sonora de la película francesa Ascensor al cadalso, donde la trompeta pausada de Davis acompañaba la tristeza de su protagonista, Jeanne Moreau. Todo fue improvisado mientras el genio del Jazz veía la película. Estas historias son las que realmente intimidaban a Daniel con respecto al Jazz.

De algún modo, Daniel no conseguía entender que la vida, al igual que el Jazz, es improvisación y, como tal, tienes derecho a equivocarte, solo tienes que volver a unirte con el contratiempo y acentuar las partes débiles del compás… o eso dicen.

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Pequeñas historias de cuarentena sin importancia V

María vivía sola en su piso de la calle Doctor Esquerdo, en Madrid. Disfrutaba de esa soledad, hacía mucho tiempo que había decidido no tener familia, nunca quiso y fue la mejor decisión. Mientras leía un libro a la luz de su lámpara de Ikea, recordó a Iván. Disfrutó mucho con él, tenían muchas cosas en común; la música, los libros, viajar… pero ella siempre supo que no podía darle el futuro que él quería. Tener hijos, formar una familia, la rutina, el coche grande y el perro no iban con ella. No se arrepintió de romper la relación, pero sí lamentaba la forma en que lo hizo. Debería haberlo hecho antes de conocer a Emilio, hubiese sido menos doloroso. Siempre que uno echa la vista atrás, encuentra esos momentos en los que las decisiones cambian el rumbo de la historia, intersecciones vitales que te llevan por caminos separados que en ocasiones se pueden volver a cruzar. Iván, Emilio, amigas y amigos se encontraban en caminos separados por el tiempo y la distancia. Los recuerdos y las sensaciones eran lo que quedaba.

María disfrutaba del tiempo en cuarentena, estaba leyendo mucho más y viendo películas aparcadas en el mueble del salón desde hacía años. Un día que se atrevió a ver las noticias, tuvo el impulso de ver una película, La jauría humana. La figura de Marlon Brando, como garante de la ley ante una masa enfervorecida que quería divertirse cazando a un ser humano, le encantaba, pero la película le recordaba el mundo en el que vivía, su degradación moral sigue en expansión, parece difícil detenerla, al igual que el cambio climático. Cambiar las cosas es siempre un deseo, pero, aunque ese cambio tiene que empezar por uno mismo, si se hace solo, no sirve para nada.

La soledad le gustaba, pero eso no era contradictorio con querer abrazar a las personas cercanas, y preguntarles qué tal estaban a menos de metro y medio. El teletrabajo ocupaba mucho la mente, más tiempo del horario laboral estipulado, pero cuando llegaba la calma de un día ajetreado delante del ordenador, los pensamientos aparecían de golpe, mezclados, impacientes y aglomerados por querer salir. Desgranarlos y procesarlos requería una copa de vino, Ben Harper, en el equipo de música, y mucha paciencia. Su mente seguía pensando en esas decisiones, María nunca se arrepintió de ellas, porque todo, mirado con el paso del tiempo, es mejorable, y ella prefiere no ceder al arrepentimiento, este solo produce dolor. Las decisiones tomadas son la sabiduría del futuro, sabes dónde te equivocaste, aprendes de ello y vas a otro lugar a comenzar de nuevo.

A veces, como diría Ben Harper, solo tienes que caminar lejos para dirigirte a la puerta. María seguía buscando esas puertas donde vivir y ser feliz, sin arrepentimientos, reproches ni dramas.

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Pequeñas historia en cuarentena sin importancia IV

Las horas nocturnas son cortas, Julia necesita tiempo para ella. Lleva varios días con la idea de escribir algo, una fábula, un relato corto o cualquier cosa que le pase por la cabeza. Esta noche ha decidido que escribirá lo que siente. En una situación como esta, las sensaciones eran nuevas y extrañas, quiere expresarlas con palabras y así, de alguna manera, desahogarse. Iván estaba ya dormido, su respiración acompasada le da una idea para comenzar:

Atrapado por su almohada, se acompasa lento mientras surge un sueño, no es ella la que aparece y comienza a pensar que todo acabará bien. Las horas desgastadas se difuminan intentando volver a creer, oye un tren que pasa y siente que puede subir a él. Ve la puerta entornada, desde las vías, e ignora lo que puede esconder. Piensa que la vida solo pasa, se decide y siente miedo al subir, pero ahora realmente cree que todo acabará muy bien. Mira por la ventana mientras las vidas pasan a gran velocidad. Su mirada dibuja un atardecer lejano y se resigna al recuerdo de su piel, pensando que todo acabará bien.

Julia deja el lápiz en la mesa y mira por la ventana, la oscuridad invade el jardín de la casa, pero se ven luces que muestran las vidas ajenas. Le viene a la memoria la frase de una canción de Xoel, vivir es aprender a ver en la oscuridad. En esta situación, piensa que hay que aprender a vivir de manera diferente, adaptarse, y, cuando la luz vuelva, estaremos más preparados.

Una persona apareció en su mente, Candela, su compañera de mus infatigable. Todas las semanas se pasaba por su casa para llevarle la compra, así Candela no salía y se exponía al virus. Julia llevaba tiempo preocupada por ella, hace poco notó cómo su habitual lucidez había menguado, pero toda esta situación le había cogido por sorpresa y no pudieron ir a la cita que tenía Candela con su neurólogo. Julia es consciente ahora de lo terrible que es el paso del tiempo. Tiene muy presente las conversaciones que siempre había tenido con Iván sobre la vida y la muerte. Ahora, en la madurez, está más presente en el día a día, a su alrededor ve amigos y familiares apagándose poco a poco. Antes, era solo algo lejano que guardaba en un rincón de sus pensamientos, no dejándolo salir para que perturbase sus días. Julia piensa que, quizás, no tenía que haber apartado a la muerte de sus pensamientos, porque, es verdad, vivir es aprender a ver en la oscuridad… del futuro, para disfrutar mejor del presente.

Cierra el bloc donde había escrito, suspira, mira a Iván y sonríe.


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Pequeñas historias de cuarentena sin importancia III

No se acuerda de las semanas que han pasado ya. Este nuevo mundo convierte el tiempo en algo difuso difícil de cuantificar. Iván está varado en su casa, con Julia, su hija, Paula, de 17 años -Iván no era su padre, pero cada día que pasaba sentía que se acercaba a ser merecedor del título- y el pequeño Jon, nacido hacía ocho años. Los cuatro llevan el confinamiento bien, aunque la desgracia más nimia, puede desencadenar la mayor de las tormentas. En alguna de ellas, siente la necesidad de coger un velero, una camisa, un pantalón vaquero y una canción1, y salir a navegar. Leyó, en alguna parte, que esas tormentas son algo normal en situaciones de confinamiento, sobre todo en los niños. Iván cree que la situación, para su generación, tampoco era para tanto, no dejaba de pensar en aquellos que, también confinados, tenían que soportar bombardeos continuos, con el miedo de no saber si llegaría otro día, y con la esperanza continua de su llegada.

Ahora que pueden salir con el pequeño a dar paseos de una hora, Iván puede comprobar las consecuencias de la desaparición del ser humano y sus vehículos contaminantes. La visión de Madrid a lo lejos es limpia, sin esa especie de velo que se respiraba sin ser conscientes. ¿Durará? Él no lo cree, la vuelta al trabajo presencial será la vuelta de los atascos, el humo y el ruido, volverá a colocar ese velo en la silueta madrileña. Allí, en el pueblo, no se notará tanto, el aire puro es algo difícil de abandonar, ahora más que nunca. La contaminación volverá con más fuerza, pero también podría volver con timidez, si nos concienciásemos de ello. Cambiar nuestras costumbres es muy complicado, pero no imposible. Él tomó una decisión hace años, no volver a la ciudad y quedarse en el campo, con lo bueno y lo malo.

Ahora le preocupa su madre, ya pasa los 70 años y una enfermedad, como la que nos ataca, podría complicar su salud. Iván hace la compra para ella, limpia los envases y se los deja en la puerta, llama y se queda para darle un beso y una sonrisa de metro y medio, no se puede permitir otra cosa. Los abrazos se reducen a emoticonos y videollamadas. Estando tan cerca la siente muy lejos, espera que esto acabe pronto y bien. Echa de menos los cafés con su madre y Candela, su compañera de tertulias vintage.

Todo volverá, pero cómo, no lo sabe. Lo mejor es aprender de esta situación y sacar cosas positivas, no caer en los mismos errores. David Foster Wallace dijo que la tecnología e internet avanzarían de tal forma que sería tremendamente placentero sentarse solo. Antes de este virus Iván le daba la razón, ahora cree que siempre faltará algo, el contacto humano. Mientras, seguirá observando la luz enrejada que entra por la ventana del salón.

1Fragmento de la canción Un velero llamado libertad de José Luis Perales.

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Pequeñas historias de cuarentena sin importancia II

Santiago, Santi para los amigos, desde que comenzó el estado de alarma vive en un estado de semiconsciencia. Su bar, el Kamikaze, lleva cerrado ya dos meses, pero no es lo único que falta en su vida, Estefanía está en Madrid. Antes del estado de alarma se fue a su estudio del centro porque iba a tener una semana muy liada en el trabajo, así podría dormir un poco más y no tener que hacer el desplazamiento tedioso desde el pueblo. Las conversaciones tecnológicas sabían a poco, conseguía no sentirse solo mientras estas duraban, pero al finalizarlas, el silencio y el vacío inundaban el salón. Se podría pensar que viviendo en el campo era una persona afortunada, pero ver la naturaleza y no poder disfrutarla, le consumía. Cuando iba al supermercado las calles estaban abandonadas, le daban ganas de gritar: ¡¿hay alguien?! Como hacía Cillian Murphy en 28 días después.

Los días se planifican con calma, el estrés del día a día ha mutado a otro tipo de estrés, más tenso e irracional, nos marcamos pautas y metas para mantenernos ocupados -aplausos, caceroladas, conciertos vecinales, distancia de seguridad, compras distópicas, limpieza, juegos, Netflix, móvil, etc…- Santi, además de todo esto, tiene la necesidad de trabajar, lo ha hecho desde que tenía 16 años y este ostracismo le agobia y consume. Ha escrito ya varios listados de cambios que quiere realizar en el bar, ha ordenado los libros de casa por orden alfabético, los discos por estilo musical, las toallas y las camisas por colores, los calcetines por el tamaño de los tomates… Una lista interminable de tareas que en situaciones normales ni las habría pensado.

Ahora puede salir a ciertas horas, y las aprovecha para caminar por algún camino menos repleto de personas, los vecinos abarrotan las calles a las horas indicadas y es difícil guardar las distancias, aunque eso, en un pueblo pequeño, siempre es difícil. No les culpaba, salir era un premio para todos, pero también una obligación. La soledad es tecnológicamente soportable, pero Santi echa en falta la cercanía, el tú a tú, o el vis a vis, teniendo en cuenta el encierro preventivo, que aunque necesario, encierro al fin y al cabo.

Ir a caminar es un momento de calma para él. Sus pasos hacen crujir la hierba que ha crecido en sitios donde el ser humano no permitía. Animales que creía desaparecidos, por su mudanza forzosa, han reaparecido por los alrededores de su casa; una especie de reconquista animal. Ahora, sentarse en lo alto de la colina y observar su pueblo, el horizonte y las olas en la hierba, le transmite la serenidad que necesita. Comprende que toca esperar para reencontrarse con sus amigos y familiares. Iván siempre le dice que la próxima ola vendrá repleta de abrazos, sonrisas y buena compañía.

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Pequeñas historias de cuarentena sin importancia

Estefanía se ha levantado temprano un domingo. Su vida se ha vuelto más rutinaria desde que se confinó en su pequeño estudio del centro de Madrid. Ha decidido que saldrá a correr ahora que lo permiten, necesita salir y el no haber hecho deporte en años no es impedimento. Nadie le puede culpar.

Coge sus deportivas, las desempolva, las ata y comienza a bajar las escaleras de su edificio. Ya en la calle, estira sus músculos aletargados, todavía algo dormidos preguntándose qué pasará, que misterios habrá, todavía es de noche. Cuando sus zapatillas oxidadas golpean el asfalto, un sonido con eco llena las calles en calma. Todavía no ha salido el sol mientras Estefanía se siente atraída por la ciudad vacía, esta le invita a perderse por sus engranajes oxidados. Al doblar una esquina, ve a un matrimonio de ancianos observando su carrera, el marido abraza a su esposa y los dos miran con anhelo su carrera. Su mirada transmite miedo a lo desconocido, salir es un deseo peligroso para ellos.

Todo parece nuevo, una visión de calles desiertas que nunca ha vivido. Antes de esta situación, se encontraría con algún alma festiva volviendo a su casa tambaleante, quizás descargando sus penas y fracasos sobre la acera. Echó en falta a Lolo, un hombre sin hogar que siempre dormía en la puerta de una caja de ahorros abandonada desde 2009.

Su cuerpo comienza a protestar, no entiende por qué se le está castigando tanto después de semanas de encierro y Netflix, después de semanas recorriendo un triángulo vital de confinamiento: sofá, cocina y baño, con visitas esporádicas a la cama que a veces estaba demasiado solitaria.

Algunos dirán, claro, ahora todos salen a hacer deporte, y no les falta razón, lo que les falta es empatía, solidaridad y comprensión. En esta vida nunca se acierta para todos, lo importante es acertar para uno mismo respetando a los demás. Si quieres correr, corre, si quieres caminar, camina, si quieres montar en bicicleta, patinete o monociclo, hazlo, pero siempre con un metro y medio de respeto y, por qué no, alegría, que hace falta.

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Sueño de neón

Oí una respiración, ¿Qué hora sería? No estaba seguro, me encontraba en ese instante donde se confunde la realidad con los sueños, ese preciso momento en el que un “beatle” imaginó la melodía de “Yesterday”. Todavía no veía con claridad, la persiana estaba casi cerrada, pero podía distinguir una silueta junto a mí, era ella, seguía durmiendo, la abracé y sentí su calidez, su respiración, oí su voz llamándome con un leve susurro.

Iván

Su corazón latía a un ritmo pausado pero firme, Bom… Bom… Bom… me dejé llevar por su sonido, al cabo de unos segundos el sonido fue cambiando, se hacía más metálico, con eco. Pasó solo un instante hasta que la realidad invadió toda la estancia, el sonido desveló su origen, las gotas cayendo en el fregadero y lo que abrazaba no era su cuerpo. Estaba solo con mis sueños, la almohada y la luz del cartel luminoso que dejaba entrar la persiana.

Es curioso lo que pueden llegar a transmitir las luces de neón, para los demás pueden ser un reclamo, una publicidad subliminal que atrae, cual mosquito, al ingenuo cliente. El efecto en mí era el contrario, siempre me ha parecido decadente, me recordaba al Nueva York de los años 70´, la calle 42 iluminada por neones mostraba, con un simple paseo, el lado salvaje de la ciudad -¿verdad sr. Lou?-. También me viene a la mente una novela de John Kenedy Toole, La biblia de neón, muestra una sociedad americana en decadencia, con prejuicios raciales, culturales y sexuales.

Todavía no había amanecido, ya no podía dormir, ese cruel sueño me había dejado peor de lo que me encontraba. Decidí salir de la ciudad, escapar de esos dioses de neón y disfrutar del sonido del silencio. Conduje sin rumbo hasta que un recuerdo de la infancia hizo que me encaminase a un lago donde mi padre me llevaba cuando era pequeño.

Pero eso es otra historia.

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El increíble hombre, menguado y silencioso, en busca de una camiseta

Erase una vez, o dos, un hombrecillo triste, decaído, anodino, que iba a trabajar todos los días en silencio, tan en silencio que su tarjeta al fichar no se oía, tan anodino que su voz se apagaba antes de empezar. En el trabajo pasaba desapercibido, era una sombra más de la oficina, nadie sabía cómo era su vida, lo que pensaba, lo que anhelaba. Sus días pasaban consumiendo horas en su escritorio, con papeles, grapadoras que no funcionaban y el celo. Ese celo que ponía en todo lo que hacía, pero nadie conocía. Un perfeccionista nato, español nativo, europeo de adopción, que no se levantaba de su sitio sin haber acabado la tarea. Su mirada no se apartaba de la pantalla en 8 horas salvo para mirar a una persona, en realidad, más que a una persona, lo que miraba era su camiseta y el aura que le transmitía su compañero de trabajo con aquella vestimenta.

Pasaban las semanas y empezó a obsesionarse con esa camiseta, hasta tal punto que, extrañamente, vio cómo su compañero la llevaba puesta todos los días. ¿Lo haría para darle envidia?¿Había descubierto su obsesión por aquella camiseta y se la mostraba cada día para que viera su sueño inalcanzable? Nuestro hombrecillo pensaba que si poseyera esa prenda conseguiría también su aura y así no pasaría desapercibido en la oficina, y lo que es más importante, en su vida.

Un día salió pronto del trabajo, y recorrió la ciudad buscando su aura. La encontró en una tienda, esa camiseta deseada colgaba de un estante, paciente, esperando que unas manos la eligieran. La compró y al día siguiente fue con esa camiseta al trabajo, contento, con confianza, sentía un aura a su alrededor. Sus pasos sonaban, su tarjeta emitió un pitido al fichar y sentía a la gente observando sus movimientos. Se sentó en su cubículo, sintió la silla más ajustada que de costumbre, y vio pasar a su compañero. Una inquietud invadió su alma, no llevaba la misma camiseta, la había cambiado. En ese momento no sabía si los días anteriores había sido solo su imaginación la que le hizo ver esa camiseta. Sintió que su aura desaparecía y su asiento se agrandaba, sus pasos no se oían y su sombra desaparecía.

 

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Desventuras de un galleta en el Zenit

De un tiempo a esta parte me he pasado media vida en conciertos, la mayoría de Rock, reconozco que alguno de Pop, y en todos los casos me gusta disfrutar de la música. No soy de votar, bailar, darme codazos con la gente ni nada parecido. Por eso, cuando voy a un concierto me ubico en la “zona segura”, miro a mi alrededor y me cercioro de no estar cerca de ningún espécimen con tendencia al bailoteo desenfrenado. Si tengo que colocarme un poco más atrás, no tengo ningún problema, siempre y cuando pueda oír y ver el concierto con total comodidad. Siempre he conseguido mi propósito, como diría Hannibal: “Me encanta que los planes salgan bien”, pero hubo un concierto en el que mi ritual se fue al garete en la primera canción. Un verano, unos amigos y yo, cogimos una caravana y nos fuimos a ver a Limp  Bizkit a París, concretamente al Zenit. Podéis pensar que claro, ¿cómo no te van a empujar en un concierto de los “galletas flácidas”? Pues os informo que ya les había visto en dos ocasiones y el plan salió a la perfección. En París todo fue distinto.

Como mola tío juju

Fiel a mis principios, busqué una situación que a simple vista se ajustaba a mis necesidades. Estaba a una distancia prudencial del escenario y me rodeaban un gran número de parejas, agarradas y enamoradas, esperando impacientes el inicio del show. Nada hacía sospechar que estaba en el sitio equivocado, a mi alrededor solo veía arrumacos y caricias, parecía más un concierto de Amaral que de Limp Bizkit. De repente escuché que comenzaba una intro y después una voz: “If only we can fly” , comenzaba la primera canción, “My Generation”, sonaba solo la batería con los aullidos de la masa todavía controlada, movimientos de cabeza, arriba y abajo, pero todo tranquilo, una calma tensa que explotó con el grito de nuestro amigo Fred: “My Ge- Ge- Generation”, una explosión dio paso a golpes y empujones, noté que dos manos me empujaban hacia adelante, mi cuerpo fue en esa dirección pero mi cabeza quería quedarse en el mismo sitio a causa de la inercia, estuvieron a punto de separarse. Miré hacia atrás, pensando que el empujón venía de algún energúmeno y cual fue mi sorpresa cuando ví que había sido una chica que hacía unos instantes estaba abrazando melosamente  su pareja. Ahora, esa misma chica, parecía la niña del exorcista, su cabeza parecía que quería separarse del cuerpo y, como ella, vi a todas esas parejas, antes enamoradas, ahora en éxtasis. Parecía que estaban descargando toda su ira contenida, si lo piensas es una buena terapia de pareja. De repente vi que el empujón me había llevado justo en medio de una multitud de cachas con el torso desnudo salpicando alcohol, sudor y lágrimas. Realmente las lágrimas eran mías, pensé que no iba a salir vivo de allí, pero todo lo demás era de ellos. Por suerte la canción tiene una parte tranquila,  Who gets the blame”, esa era mi señal, tenía que escapar antes de que dijese “do you think we can fly”, el tiempo que tenía eran los pocos compases que separaban esas dos frases, no quería echar a volar. Me alejé de esa marabunta jadeante haciendo el paso de moonwalker, o algo parecido, y fui a parar cerca de un grupo de chicas que no parecía que hubiesen hecho ejercicio físico recientemente, jadear no jadeaban, así que me quedé. Las debí asustar al mirarlas tan fijamente porque me miraron con cara de pocos amigos, parecía que me iban a decir “contigo no, bicho”,  me gustaría haberlas tranquilizado y explicarles que estaba buscando un lugar seguro, pero mi francés era parecido a mi japonés, nulo. Resultó que ese sitio fue al fin el correcto, pude disfrutar de la música, eso sí, salí de allí con multitud de moratones.

Fue una experiencia inquietante, pero pude vivir para contarlo, desde ese día ya solo voy a conciertos de Vestusta Morla e Iván Ferrerio. Es que cuando haces POP, ya no hay STOP.

Una pequeña muestra:

Y el vídeo original, que se escucha mejor

http://www.youtube.com/watch?v=BE9CXWV1alg
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Despertar

Con el pelo alborotado, los ojos medio cerrados y las mejillas marcadas por la sábana, me sonreías. En mi regazo te sentaste como si tal cosa, mirando al infinito, despertándote poco a poco, volviendo al mundo despacio, sin prisa, pensando en el siguiente movimiento. Comencé a acariciarte la espalda, esta dibujó una ligera curva que mostraba tu satisfacción, te volviste y me miraste a los ojos con una sonrisa que nunca olvidaré, dabas tu aprobación y a la vez me transmitías gratitud, y en ese preciso instante hiciste algo que no me esperaba, te dejaste caer contra mi pecho, me abrazaste y te quedaste inmóvil, invitándome a que continuase. En ese momento sentí algo que nunca había sentido, continué acariciándote, lo hubiese hecho de todos modos, y notaba tu paz, tu calma y tu amor. Normalmente, cuando te tenía en mis brazos me abrazabas para que no te bajase, digamos que era por interés, o por protección, o porque sencillamente no querías bajarte. Ayer fue la primera vez que me abrazaste con ternura, porque lo sentías, por devolverme el cariño que yo te estaba dando con esas caricias. Es increíble ver cómo todas las cosas que nos hacen humanos van apareciendo en tu comportamiento, aunque realmente la ternura, la gratitud, los sentimientos etc… también los podemos ver en otros animales. Creo que la forma de comunicarnos nos hace distintos, y eso es lo que cada día cambia, vas adaptándote a tu entorno, asimilando información, aprendiendo y copiando. En solo 11 meses has dado ya tus primeros pasos, tanto en casa como en la vida. Descubres un mundo distinto todos los días y te sumerges en él sin ningún miedo. Te caes en infinidad de ocasiones pero te levantas acompañando el esfuerzo con algún gruñido de protesta.

Me encantará estar contigo mientras descubres la vida, seguro que gracias a ti yo también lo haré. Verte crecer va a ser la aventura más alucinante jamás contada, filmada y fotografiada…  y si me apuras… cantada.

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